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Por Viet Thanh Nguyen

(Opinión)

¿Será verdad que los asiáticoestadounidenses no pueden decir ‘te amo’? El llamativo título de las memorias del escritor Lac Su es “I Love Yous Are for White People” (Los Te Amo son para Gente Blanca), que explora la desolación emocional infligida a una familia vietnamita por sus experiencias como refugiados.

Comparto algo de los antecedentes étnicos de Lac Su y ha sido un esfuerzo de toda la vida aprender a decir, sin incomodidad, “te amo”.

Puedo decírselo a mi hijo, y me sale del corazón, pero conlleva un esfuerzo derivado de la inseguridad que aún siento cuando se lo digo a mi padre o a mi hermano.

Así, cuando la actriz Sandra Oh ganó un Globo de Oro a Mejor Actriz en un drama de televisión, por “Killing Eve”, quizás la parte más potente de su discurso de aceptación para muchos de nosotros que somos asiáticoestadounidenses fue cuando agradeció a sus padres. Mirándolos fijamente en el público, les dijo, en coreano, “los amo”.

Estaba conmovida, sus padres estaban orgullosos y no pude evitar proyectar en ellos uno de los dramas centrales de la vida de los inmigrantes y refugiados asiáticos: el sacrificio silencioso de los padres, la gratitud incómoda de los hijos, girando en torno a una expresión desgarbada de amor.

Muchos de nuestros padres asiáticos han batallado, sufrido y padecido en formas que son inimaginables para sus hijos nacidos o criados en el confort estadounidense.

Este sacrificio era la manera en que los padres de familia asiáticos dicen “te amo” sin tener que decirlo. Y tampoco se espera que lo digamos muchos de los hijos, sino que en vez de ello se espera que expresemos amor a través de la gratitud, que significa obedecer a nuestros padres y respetar sus deseos.

Nuestros padres, en gran medida, nos dijeron que debíamos tener una buena preparación académica, conseguir un buen empleo y no alzar la voz, las cosas que ellos tuvieron que hacer para sobrevivir.

Nos han animado, o forzado, a muchos a convertirnos en médicos, abogados e ingenieros, y a sentirnos avergonzados si no lo logramos. Lo que estos padres omitieron fue decirnos que podíamos ser artistas, actores o narradores de historias, gente involucrada en profesiones aparentemente triviales, inseguras e inestables.

Es por eso que ha sido tan inusual para mí, al tiempo que dicto conferencias por todo EU, toparme con padres de familia asiáticos que aceptan con agrado a los hijos que no se convierten en la “minoría modelo”.

A veces desearía que mis padres hubieran sido así. Sin embargo, me convertí en escritor a pesar, y quizás a causa de, su oposición a la idea, mis deseos incoherentes resistiéndose a su sacrificio mal articulado, todo ello con la vida de refugiados como telón de fondo. Fui criado en la Ciudad relativamente diversa de San José, California, en los 80.

Mis vecinos eran adultos mayores blancos de clase trabajadora, inmigrantes mexicanos y refugiados vietnamitas.

Luego asistí a una preparatoria en su mayoría blanca, con sólo un puñado de alumnos de ascendencia asiática. Sabíamos que éramos diferentes, pero hallamos que nuestra diferencia era un poco difícil de expresar con palabras.

Nos hacíamos llamar “la invasión asiática”. Nos reímos de ese término, pero al mirar atrás, estaba claro que habíamos interiorizado el racismo de la sociedad estadounidense. En mi caso, tuve suerte de que nunca me hayan lanzado un insulto racial de frente.

Pero todos sabíamos que, en cierta forma, éramos vistos por otros estadounidenses como invasores de su País, aún si resultaba ser también nuestro País. La ironía era que no habíamos invadido EU. EU nos había invadido a nosotros.

Estábamos aquí porque EU estaba allá. De lo que me di cuenta sólo de forma tardía era que necesitaba —todos necesitábamos— más historias que nos incluyeran. Más voces que nos pertenecieran. Más defensores que contaran nuestras historias a nuestra manera con nuestros rostros, inflexiones, inquietudes e intuiciones.

Simplemente necesitábamos estar al centro de una historia, que incluyera todas las complejidades de la subjetividad humana, no sólo lo bueno, sino también lo malo, la plenitud tridimensional que la gente blanca daba por sentada con el privilegio de ser individuos. Cuando se trataba de nuestros retratos a manos de los medios masivos, recibíamos sólo lo malo. Colectivamente éramos los villanos, los sirvientes, los enemigos, las amantes, los mozos, los invasores.

Como resultado, muchos de nosotros que veíamos esas imágenes distorsionadas y escuchábamos los chistes tontos aprendimos a sentiros avergonzados de nosotros mismos. Aprendimos a sentirnos avergonzados de nuestros padres.

Y esa vergüenza agravó la incapacidad de decir “te amo”, una frase que pertenecía al maravilloso mundo de gente blanca que veíamos en el cine y la televisión. Tuvimos que aprender que no era así, pero la verdad es que los padres asiáticos también tienen que hacerlo. No puedes sentirte orgulloso de tus hijos artistas o narradores de historias sólo cuando ganan Globos de Oro. Honramos su sacrificio por nosotros, pero también tienen que exhortar a sus hijos a defenderse, a reclamar su voz, a arriesgarse a la mediocridad y el fracaso, a contar sus historias y las historias de ustedes.

Por lo menos, no pueden interponerse en su camino. A los ojos de muchos, aún somos la invasión asiática, y si no somos tan aterradores ahora como antes, se debe al menos en parte a que muchos estadounidenses blancos temen más a las invasiones de musulmanes, mexicanos y centroamericanos.

Mucha gente que podría no querer ser nuestros vecinos al menos nos preferiría más que a los afroestadounidenses.

No podemos aceptar esto como nuestro precio de entrada a la sociedad estadounidense. Y eso lo logramos desafiando y cambiando la narrativa estadounidense. Lo hacemos al tomar el escenario y contar nuestras propias historias, lo que, a final de cuentas, es realmente nuestra forma de decir “te amo” a nuestros padres, nuestras familias, nuestras comunidades y nuestro País. 

Viet Thanh Nguyen es el autor de “The Refugees” y editor de “The Displaced: Refugee Writers on Refugee Lives”. Imparte Lengua Inglesa en la Universidad del Sur de California.

 The New York Times