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Por Andrew E. Kramer

MAGNITOGORSK, Rusia — Un fuerte estallido sobresaltó y despertó a Anna P. Timofeyeva. Extendió una mano para encender la luz, pero no había electricidad. En la oscuridad, ella y su esposo vistieron rápido a su hijo de 2 años y se prepararon para huir. “Entendimos que algo estaba mal”, dijo.

Pero cuando abrieron la puerta principal de su departamento en el séptimo piso, se detuvieron en seco. Desde la puerta, señaló, podían ver los escombros directamente abajo, todo lo que quedaba de 25 departamentos vecinos.

La explosión que derrumbó el edificio de departamentos de Timofeyeva el 31 de diciembre en la ciudad de Magnitogorsk, en el sur de Rusia, mató a 39 personas e inicialmente suscitó temores de terrorismo.

Pero desde entonces, las autoridades han culpado a un peligro aún mayor: una infraestructura en vías de desmoronarse, incluyendo edificios de departamentos de la era soviética.

Durante una década o más, al tiempo que los ingresos petroleros ensancharon sus arcas, el Kremlin ha vertido recursos en sus fuerzas armadas, renovando y profesionalizando su Ejército, sus fuerzas armadas y su agencia de inteligencia militar.

Los resultados han reforzado la campaña del Presidente Vladimir V. Putin para devolver a Rusia el estatus de una gran potencia. Pero el colapso de los departamentos y un recorte anterior muy impopular a las pensiones estatales sirven como un recuerdo de las penurias persistentes que se les pide a los rusos comunes que soporten, particularmente los que viven en el interior del País.

En el caso del accidente en Magnitogorsk, lo que se dijo fue una explosión de gas natural destruyó una sección del edificio, aplastando a docenas de departamentos, pero dejando el de Timofeyeva intacto.

En la extensa ciudad industrial construida alrededor de una gigantesca fábrica siderúrgica, la vivienda, como en gran parte de Rusia, ha sido un problema apremiante durante mucho tiempo.

Magnitogorsk —que significa Montaña Magnética y fue bautizada en honor a unos depósitos masivos de mineral de hierro en las cercanías— fue conjurada de la estepa vacía por un decreto de Joseph Stalin y diseñada como una ciudad comunista modelo.

Sus alrededor de 415 mil residentes hoy ganan un salario mensual promedio de 360 dólares. La Planta Siderúrgica de Magnitogorsk se convirtió en el orgullo de la Unión Soviética, mientras que los trabajadores vivían en chozas de barro en los primeros años y en viviendas escasas y de mala calidad desde entonces.

Hoy, la mayoría de los residentes vive en edificios de departamentos tipo vecindad de concreto como el que se colapsó.

Construido en 1973 y alojando a unas mil 300 personas, era de una clase de vivienda utilitaria producida en masa y vista en todo el antiguo Bloque del Este.

Pero incluso después del desastre, los residentes mayores aún elogiaban la estructura cuadrada, ya que se mudaron allí desde barracas o departamentos comunales.

Lejos de exigir un edificio nuevo y más seguro, muchos de ellos pasaron la semana suplicando a las autoridades que los dejaran quedarse en la parte del edificio que seguía de pie. Sin embargo, otros se mostraron más escépticos.

Yulia V. Skalvysh, una contadora en la planta siderúrgica, comentó que le dijeron que tendría que regresar a su departamento de dos habitaciones a algunos metros del colapso.

A las autoridades aparentemente no les preocupaba una grieta en la pared revestida de azulejos de su cocina que, afirmó ella, se alargaba cada día. “Me dicen, ‘es seguro, puedes volver’, pero no quiero”, indicó. “Quiero vivir sin peligro”

The New York Times