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Por Aurora Almendral

MANILA — Para algunos reos de la Cárcel Municipal de Manila, preparar la cama significa trapear charcos fangosos, extender un cuadro de cartón sobre el piso y acostarse para dormir en un pequeño baño sin ventanas, apretujado entre seis hombres y un sanitario.

En una noche reciente en la cárcel, en el Dormitorio 5, el aire era sofocante y putrefacto con el sudor de 518 hombres arremolinados en un espacio concebido para 170. Los presos estaban apretujados unos con otros, con las extremidades tendidas sobre la cintura o rodilla de un vecino, los pies doblados contra la cabeza de alguien más, demasiado apretados para darse vuelta en el calor abrasador.

Desde que empezó la campaña antidrogas del Presidente Rodrigo Duterte en el 2016, las cárceles de Filipinas han estado más hacinadas, llevando al sistema penitenciario a la cima de la lista de los sistemas más sobrepoblados del mundo recopilada por la base de datos World Prison Brief.

En la Cárcel Municipal de Manila, el sueño es el lujo más valioso, hallado en el piso, en un baño, o incluso en unas escaleras.

Pocos han sido sentenciados —la mayoría está detenida previo a juicio— pero muchos pasarán meses o incluso años en la prisión porque el sistema de tribunales está muy sobrecargado.

La sobrepoblación se ha prolongado por tanto tiempo y los detenidos superan en número a los guardias por tanto, que un acuerdo tácito entre funcionarios y bandas criminales de la cárcel se ha vuelto la regla.

Las bandas son técnicamente ilegales, pero evitan que las cosas caigan en el caos y con frecuencia ayudan a extender los escasos recursos de la cárcel para mantener alimentados a los reos, señalaron funcionarios y presos.

El sistema judicial de Filipinas está repleto de ineficiencia, y hay una cultura de sobornos e incentivos estructurales para que jueces y abogados actúen con lentitud, a pesar del derecho constitucional a un juicio rápido, dijo Raymund Narag, de la Universidad del Sur de Illinois.

Un reo, un chico que abandonó su hogar luego de que su familia lo repudió por ser gay, fue arrestado en el 2017 acusado de gritar en público y portar una navaja oculta.

Tenía 15 años, dijo, pero los oficiales apuntaron una fecha de nacimiento que sugería que era mayor de 18 años, y fue llevado a la Cárcel Municipal de Manila. Actualmente de 16 años, su caso fue resuelto dos meses después de su arresto, cuando el fiscal solicitó su liberación después de que un examen dental demostró que era menor de edad.

Pero la prisión no ha recibido una orden final para su liberación por parte del Departamento de Bienestar Social.

Perdido en medio de una cultura de indiferencia institucional, ha estado preso durante más de un año y nueve meses, superando por mucho la sentencia que habría recibido si hubiera sido encontrado culpable, que habría sido de apenas una multa de 4 dólares o 15 días de prisión.

El chico dijo que deseaba ser liberado, por supuesto, pero que no sabía cómo hacer que eso sucediera.

“Nadie me ayuda”, declaró. Narag dijo que las cárceles se han vuelto comunales, “así que la celda se vuelve una familia en el interior”.

Las bandas criminales son esas familias, y los funcionarios reconocen que un acuerdo informal para compartir la gobernanza evita que pierdan el control de la cárcel.

En un turno en la Cárcel Municipal de Manila, había un oficial por cada 528 internos. (Se supone que debe haber uno por cada siete).

“Hay un equilibrio de paz y orden aquí”, dijo el Capitán Jayrex Bustinera, vocero y jefe de registros para la prisión. “Formalmente, no permitimos que los reos vigilen a otros reos. Informalmente, sí lo hacemos por la falta de recursos”.

Un interno, Buboy Mendiola, de 37 años, lidera la pandilla Sigue Sigue Sputnik y supervisa una economía informal de la cárcel, donde las ganancias son acumuladas para financiar las necesidades de su banda —una de las cinco que gobiernan la cárcel desde el interior.

Bajo las reglas de la banda, participar en una pelea será castigado con cinco latigazos; si alguien saca sangre, eso sube a 15 o 20. Quien se acerque al visitante de otro reo sin invitación recibe 20 latigazos.

“Es el tipo de cosa que provoca peleas masivas”, explicó Mendiola.

Después de seis años, el abogado de Mendiola le dijo recientemente que su tiempo en la cárcel llegaría a su fin en unos cuantos meses y que sería absuelto de su delito.

Está trabajando con sus subalternos para encontrar al siguiente comandante.

“Alguien que se preocupe por la gente, quiera hacer lo correcto y sea sensato en su disciplina”, dijo Mendiola.

The New York Times