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Por Frances Robles

El patio está lleno de colchones y maletas, con ropa desbordándose de ellas. Las mujeres cocinan sobre una fogata porque la cocina en esta modesta casa en el campo costarricense no puede dar cabida a la preparación de alimentos para 50 fugitivos.

Es una casa de seguridad secreta para manifestantes nicaragüenses. Aunque el rancho está al otro lado de una frontera internacional, quienes viven aquí se turnan para hacer guardias nocturnas, preocupados de que agentes de Nicaragua infiltren su refugio.

La mujer que dirige el refugio, conocida como “la Madrina”, miró a su alrededor mientras un compatriota golpeaba el tocón de un árbol con un machete para cortar más leña. “Consideramos que nuestra estancia aquí es temporal”, expresó. “Ya estamos cansados. Queremos irnos a casa”.

El nombre verdadero de la Madrina es Lisseth Valdivia, de 39 años. Era propietaria de tres tiendas de ropa en Matagalpa, una ciudad al norte de Managua, la Capital de Nicaragua. Madre de dos hijos, tenía ingresos decentes.

Luego las vidas de decenas de miles de nicaragüenses fueron puestas de cabeza en abril, cuando primero las personas de la tercera edad y luego los jóvenes salieron a las calles a exigir la destitución del Presidente, Daniel Ortega, y su esposa, la Vicepresidenta Rosario Murillo. Muchos tenían tiempo de ver a Ortega, en el cargo desde el 2007, como cada vez más dictatorial.

Pero lo que finalmente sacó a los manifestantes a las calles fueron los recortes a la seguridad social. La Policía y las turbas pro Gobierno respondieron con fuerza letal, incluso contra manifestantes desarmados, de acuerdo con observadores de los derechos humanos, matando a gente en toda la nación.

Valdivia pasó dos meses dando primeros auxilios a los manifestantes que bloqueaban el tráfico con barricadas improvisadas.

Aprendió a usar morteros de fabricación casera, comentó. Luego un pariente le llamó por teléfono con una advertencia: “hay unos 25 oficiales de Policía en tu casa, y la están destruyendo”.

Huyó, dejando atrás, por su seguridad, a su hijo de 7 años, que dejó al cuidado de su padre, quien se ha alineado con el Gobierno.

“Por ahora, tengo que estar con mi gente”, dijo, en referencia a los fugitivos. “En el futuro, cuando Nicaragua esté libre, mi hijo va a disfrutar todo eso”.

Ahora Valdivia vive con su hija adolescente y docenas de personas a quienes apenas conoció recientemente. Está a cargo de aprobar a los recién llegados, rechazando a quienes han estado en la cárcel, porque teme que hayan sido liberados como informantes.

Con cientos de miles de personas en las calles, muchos observadores pensaban que Ortega —que también dirigió a Nicaragua durante la mayor parte de los años 80— sería obligado a dejar el cargo.

Pero la respuesta brutal parece haber solidificado su poder. De las 322 personas ultimadas desde que empezó la revuelta, 22 eran oficiales de Policía y unas 50 estaban afiliadas con el partido Frente Sandinista de izquierda del Gobierno, señala una organización de los derechos humanos nicaragüense que el Gobierno ahora ha prohibido.

Los manifestantes creen que muchas de esas personas murieron como resultado de las acciones del propio Gobierno.

En julio, la Policía nicaragüense demolió más de 100 barricadas en las calles. Al menos 565 personas siguen encarceladas, algunas bajo cargos de asesinato y otras por lo que el Gobierno califica como terrorismo.

Otras 23 mil huyeron a Costa Rica. Valdivia, escondida al principio en las montañas de Nicaragua, escapó a través de la frontera en agosto después de una llamada telefónica inesperada. “Voy a ayudarte a salir”, dijo la voz al otro lado de la línea.

Era Jorge Estrada, que había huido a Costa Rica tres años antes luego de que el Gobierno confiscó un desarrollo habitacional que construía. Ha dispuesto la salida de unas 600 personas, afirmó, y paga la renta de tres casas de seguridad, incluyendo ésta.

Los fugitivos lo llaman “Comando”. “Sabes lo que pasa cuando son atrapados: los torturan y asesinan”, dijo Estrada. “¿Cómo le das la espalda a algo así?”.

Un día de diciembre, Estrada llegó a la casa con unas bandejas de huevos. Dijo que gasta unos 200 dólares al día tan sólo en comida. Todo mundo se apiñó alrededor de él, ansioso de oír noticias.

El Presidente Donald J. Trump acababa de firmar la Ley de Condicionalidad de la Inversión Nicaragüense, que promete presionar a Nicaragua con sanciones hasta que se restablezca el Estado de Derecho.

“Si todo esto que está haciendo EU, toda esta presión, no funciona para que este señor Ortega reaccione y se vaya, entonces viene una de las guerras más sangrientas que Nicaragua jamás haya visto”, dijo Estrada.

Es decir, si la Oposición tan sólo tuviera armas. Si la ayuda internacional no se concreta, a los nicaragüenses no les interesa el asilo político en Costa Rica, aseguró Valdivia. “Casi todo mundo va a volver, aunque sea sólo con piedras”, dijo.

Alfonso Flores Bermúdez contribuyó con reportes.

The New York Times