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Por Amanda Lucier y Amy Chozick

Cientos de años antes de que Hollywood proporcionara una versión del Oeste estadounidense con los hombres como los custodios rudos y de piel curtida de las tierras, las ganaderas estaban presentes en la región.

Eran indígenas de las tribus navajo, cheyenne y otras, y granjeras mexicanas de ascendencia española, que atendían y domaban enormes campos, atravesaban paisajes accidentados con sus perros, cazaban y criaban ganado.

Los descendientes de los colonos europeos llevaron consigo ideas sobre los roles de los hombres y las mujeres, y durante décadas las granjas y los ranchos familiares eran heredados a los hombres.

Ahora que la mecanización y la tecnología transforman la ganadería, haciendo que el trabajo del vaquero se trate menos de la fuerza física —aunque las ganaderas tienen eso en abundancia— y más de los negocios, la cría de animales y el medio ambiente, las mujeres han reclamado sus vínculos con la tierra.

Al mismo tiempo, los hermanos, hijos y nietos varones que históricamente habrían heredado un rancho familiar han optado en la última década por dedicarse al trabajo menos duro.

En el 2012, el 14 por ciento de las 2.1 millones de granjas de Estados Unidos tenía una propietaria, de acuerdo con el Departamento de Agricultura de EU.

Esa proporción puede subir, ya que se prevé que más de la mitad de las granjas y los ranchos en EU cambie de manos en los próximos 20 años.

Creciendo en el rancho de su familia en Kremmling, Colorado, Caitlyn Taussig vio a su madre hacer toda la comida y las tareas de la casa aun mientras ayudaba a cuidar del ganado y los caballos.

Hoy, Taussig, de 32 años, ayuda a administrar el rancho con un equipo de vaqueras, entre ellas su madre y hermana.

Sólo dependen realmente de los hombres cuando tienen que marcar al ganado Angus cruzado. “Como que simplemente nos tratamos de forma distinta”, dijo Taussig poco después de que una vaca pateó una reja que le cortó la frente.

Recibió seis puntos y estuvo de vuelta en el trabajo esa tarde. “Hay menos ego”, afirmó.

Las ganaderas han hallado la misma independencia y aventura que atrajeron por primera vez a sus homólogos del sexo masculino, pero también están forjando un camino nuevo.

Las mujeres lideran la tendencia de la ganadería sustentable y la crianza de razas de ganado alimentado con pasto en maneras compasivas y ecológicas.

Junto al Río Missouri en el centro-norte de Dakota del Sur, Kelsey Ducheneaux, de 25 años, cría ganado para carne de res sustentable en la tierra que generaciones de la Nación Lakota han cultivado.

Para los indígenas estadounidenses, el concepto de mujeres trabajando en el rancho de la familia no es revolucionario, sino un regreso al orden natural. No fue hasta que murió la abuela de Ducheneaux que entendió la importancia del papel de las mujeres en el rancho.

“Fue el verdadero pilar de la familia”, expresó. “Así somos las familias lakota. Somos una sociedad matriarcal, siempre lo hemos sido”.

Beth Robinette, de 31 años, es la propietaria y operadora de cuarta generación del Lazy R Ranch en Cheney, Washington.

Dirige el New Cowgirl Camp, un curso de cinco días que capacita a las mujeres en la cría de animales, la administración de ranchos, la planeación financiera, el monitoreo ecológico y el pastoreo regenerativo. Le espanta la versión chillona tipo country-pop de la vaquera exageradamente feminizada, y califica su programa como una “zona libre de pedrería”.

Cory Carman, de 39 años, ha convertido el rancho de su familia en Wallowa, Oregon, en un destacado proveedor local de carne de res alimentada con pasto.

“Pasé por un periodo de sentirme un poquito enojada por los retos de no ser tomada en serio”, dijo Carman, graduada de la Universidad de Stanford, en California. “Muchas veces he entrado a una junta y la gente me decía, ‘no pareces ganadera’”.

Pero la misma opinión también resultó liberadora. “Si no parezco ganadera no tengo que actuar como una todo el tiempo, ¿verdad?”, indicó.

Cuando Amy Eller, de 33 años, asumió un papel importante en el rancho de su familia, chocó con su padre sobre cómo tratar al ganado. “Me dijo, ‘ah, estás perdiendo tu tiempo poniendo ese heno allí’. Y yo pensé, ‘los tranquiliza’”, comentó.

Hoy, tres generaciones de mujeres Eller trabajan en el rancho. Amy dijo que simplemente hay algo diferente, incluso espiritual, cuando las mujeres labran la tierra solas.

“Cuando se trata del trabajo cotidiano, como alimentar a las vacas, prefería mucho más ir con mi mamá, porque podemos realmente disfrutarlo”, expresó. “Ambas decimos, ‘ah, ¿no es hermoso aquí afuera hoy?’ Nos damos cuenta de lo bello que es cuando brilla el sol sobre la nieve”.

The New York Times