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Por Azam Ahmed y Meredith Kohut

FALFURRIAS, Texas — A una hora y media en auto del cruce fronterizo más cercano se encuentra la ciudad de Falfurrias, sede del Condado de Brooks, Texas.

Desde la carretera, Texas se despliega en amplias sábanas de matorrales y densos sotobosques de pequeños árboles y espinosos arbustos que se elevan en nudosos rodales a lo largo de las arenosas llanuras. Enjambres de mezquite y huizache tapizan el horizonte.

La frontera está a unos 125 kilómetros de distancia, y más de 700 personas han muerto de calor y deshidratación en su paso por el Condado de Brooks en los últimos 15 años. El número real seguramente es mayor. Benny Martínez, el sheriff, cree que sólo una de cada cinco personas es encontrada.

Durante años, los restos eran trasladados al cementerio del condado en Falfurrias, y luego enterrados en el espacio a lo largo de sus periferias.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántos fueron enterrados; hasta el 2013, el condado no llevaba ningún registro.

Pero Eddie Canales, del Centro de Derechos Humanos del Sur de Texas, ha sacado a la luz estos restos, con la esperanza de rescatarlos del anonimato.

Desde el 2013, antropólogos han llegado con estudiantes para exhumar los cuerpos y extraer muestras de ADN.

Cavan estrechas zanjas guiados por los recuerdos de los sepultureros locales. Luego comparan las muestras con bases de datos de personas desaparecidas.

De los más de 150 restos desenterrados en este cementerio, 30 han sido identificados.

“Es por las familias de los desaparecidos”, dijo Kate Spradley, antropóloga forense de la Universidad Estatal de Texas.

Los cuerpos cuentan sus propias historias, explicó Spradley. Un hombre llevaba fotocopias de dinero en los bolsillos para confundir a los ladrones.

A otros los sepultaron con animales de peluche. Algunos fueron enterrados vestidos; otros como esqueletos, habiendo muerto mucho antes de que los encontraran.

A pocos les importaba la situación, hasta el 2013, cuando encontraron 130 cuerpos. No es que ese año hubieran muerto 130 personas, sino que, ya fuera por la sequía o por mera casualidad, todos esos restos fueron encontrados ese año.

El debate político en torno a la seguridad fronteriza importa poco a quienes llaman a este lugar su hogar.

“Definitivamente aquí no hay crisis ni estado de emergencia”, dijo Phillip Gómez.

Spradley sólo quiere brindar consuelo, de ser posible. “Siempre pienso, ¿qué pasaría si uno de mis familiares se fuera a otro país y nunca volviera?”, dijo. “¿Alguien levantaría el teléfono para ayudarme? Y si lo levantaran, ¿les importaría lo suficiente para ayudarme?”.

The New York Times