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Por David D. Kirkpatrick

JARTUM, Sudán — La guerra civil en Darfur le robó a Hager Shomo Ahmed prácticamente toda esperanza. Ladrones se habían llevado el ganado de su familia y 12 años de derramamiento de sangre habían dejado a sus padres en el desamparo.

Luego, alrededor de finales del 2016, Arabia Saudita ofreció un salvavidas: el reino pagaría hasta 10 mil dólares si Hager se unía a sus fuerzas que luchaban a mil 900 kilómetros de distancia, en Yemen.

Hager, en ese entonces de 14 años, no podía ubicar a Yemen en un mapa, y su madre estaba horrorizada. El chico había sobrevivido una terrible guerra civil —¿cómo podrían sus padres enviarlo a otra?

No obstante, prevaleció la voluntad del resto de la familia. “Las familias saben que la única manera en que cambiarán sus vidas es si sus hijos van a la guerra y les traen dinero de vuelta”, explicó Hager en diciembre, en Jartum, unos días después de su cumpleaños 16.

La Organización de las Naciones Unidas ha llamado a la guerra en Yemen la peor crisis humanitaria del mundo. Un bloqueo intermitente por los sauditas y sus aliados en los Emiratos Árabes Unidos ha llevado a 12 millones de personas al borde de la hambruna, cobrando las vidas de alrededor de 85 mil niños, reportaron grupos de ayuda humanitaria.

Encabezados por el Príncipe heredero Mohammed bin Salman, los sauditas afirman que están luchando para rescatar a Yemen de una facción hostil apoyada por Irán.

Pero para lograrlo, los sauditas están echando mano de su enorme riqueza petrolera para delegar la guerra, principalmente al contratar lo que soldados sudaneses dicen que son decenas de miles de sobrevivientes desesperados del conflicto en Darfur, muchos de ellos niños.

En cualquier momento, durante casi cuatro años, hasta 14 mil milicianos sudaneses han estado peleando en Yemen junto con la milicia local alineada con los sauditas, de acuerdo con varios combatientes sudaneses que han vuelto y legisladores sudaneses. Por lo menos cientos de ellos han muerto allí.

Casi todos los combatientes sudaneses parecen provenir de la región empobrecida y golpeada por la guerra de Darfur, donde unas 300 mil personas fueron asesinadas y 1.2 millones fueron desplazadas durante los años del conflicto.

La mayoría pertenece a las Fuerzas de Apoyo Rápido, una milicia tribal. El grupo paramilitar fue culpado de la violación sistemática de mujeres y niñas, matanza indiscriminada y otros crímenes de guerra durante el conflicto de Darfur, y veteranos involucrados en estos horrores ahora encabezan su despliegue a Yemen.

Algunas familias están tan ansiosas por recibir el dinero que sobornan a oficiales milicianos para que dejen que sus hijos vayan a pelear. Muchos de ellos tienen entre 14 y 17 años. Cinco combatientes que han vuelto de Yemen y otro a punto de partir revelaron que los niños componían al menos el 20 por ciento de sus unidades.

Para mantener una distancia segura de las líneas de batalla, sus supervisores sauditas o emiratíes dirigían a los combatientes sudaneses a distancia, ordenándoles que atacaran o se retiraran vía auriculares de radio y sistemas GPS proporcionados a los oficiales sudaneses, afirmaron los combatientes.

Un vocero para la coalición militar encabezada por Arabia Saudita aseguró que se respetaban todas las leyes internacionales humanitarias y de derechos humanos, incluyendo “abstenerse de reclutar niños”.

Los sudaneses a veces defienden los flancos de los milicianos yemeníes que encabezan ataques. Pero los combatientes sudaneses insisten que también son la barrera principal contra los enemigos yemeníes de los sauditas, los hutíes.

Hager, de 16 años, quien regresó de Yemen a finales del 2017, narró que su unidad había perdido 180 hombres en seis meses.

Había estado aterrado a diario, recordó. Pero sus oficiales sudaneses le permitían llamar a sus padres de vez en cuando, y ahora están felices. Además de una casa, le compró a la familia 10 cabezas de ganado.

Declan Walsh y Saeed al-Batati contribuyeron con reportes.

The New York Times