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Por Rod Norland

KABUL, Afganistán — El niño de 14 años se puso en cuclillas en el piso de la prisión y comenzó a cantar los versos de un poema en pashtun, con una voz aguda y hermosa. Era una elegía en la que un prisionero le implora a su familia que no lo visite en la festividad musulmana de Eid.

No vengan a nosotros en Eid; no somos libres para darles la bienvenida.

No quiero que vean mi pecho, pues no hay bo-tones en mi camisa.

No vengan a este manicomio, pues todos estamos locos aquí.

El niño, llamado Muslim, era uno de 47 menores de edad detenidos en el centro juvenil de Badam Bagh, en Kabul, por ser considerados amenazas para la seguridad nacional de Afganistán.

La mayoría fue acusado de plantar, cargar o portar bombas y muchos de ellos, como Muslim, fueron imputados por tratar de convertirse en atacantes suicidas.

Ninguno de los familiares de Muslim lo visitó durante Eid el verano pasado. “Están enojados”, dijo. “No los culpo”.

Para las autoridades, los niños como él presentan un dilema: qué hacer con ellos cuando terminan de purgar sus sentencias, que con frecuencia van de 2 a 10 años. Muchos quedarán en libertad justo al convertirse en adultos.

El Ministerio de Justicia de Afganistán hizo arreglos para que un reportero de The New York Times visitara la prisión en agosto. Debido a su edad, los menores son identificados solamente por su primer nombre y únicamente si tenían nombres que son comunes en Afganistán.

Los menores en lo que los funcionarios de Badam Bagh llaman el ala de los atacantes suicidas tenían entre 12 y 17 años.

Algunos ya habían recibido sentencias que estaban cumpliendo, mientras que otros aún esperaban su juicio.
Compartían una queja: no había potenciales bombarderos suicidas en el ala de los atacantes suicidas.

Muslim, quien proviene de la provincia de Kunar en el este de Afganistán, dijo que fue reclutado a la fuerza por los talibanes. “No soy un atacante suicida”, dijo. “Los talibanes me obligaron a luchar en su nombre”.
Pero luego agregó con una expresión burlona, “En prisión, todos mienten”.

Shakur, un niño de 14 años de la provincia de Kunduz, tenía una semana en prisión cuando fue entrevistado. Su cuerpo, ya de 1.80 metros de estatura, tenía cortadas y moretones en la cabeza y los brazos, causados por una bomba que accidentalmente le estalló en la cara. Dijo que estaba con otra persona que activó la bomba y después escapó.

Atiqullah, de 16 años, tenía 7 meses encarcelado tras activar una bomba que mató a seis personas y dejó ocho heridos. La policía dijo que Atiqullah sobrevivió porque la bomba explotó antes de tiempo, pero que tenía la intención de morir en el ataque. “Lo hice”, dijo. “Pero no era un atacante suicida”.

Mohammad Aman Riazat, funcionario del Ministerio de Justicia, rechazó esas afirmaciones. “En la cárcel, todos dicen ser inocentes. Muchos de estos chicos son bombarderos suicidas”, dijo.

Los ataques suicidas con bombas son endémicos en Afganistán. De acuerdo con informes recabados por The New York Times, en 2017 hubo por lo menos 67 ataques suicidas en el País y en ellos participaron unos 150 atacantes.

Es difícil recabar estadísticas de la cantidad de niños que llevan a cabo estos ataques, pero se cree que muchos son niños o jóvenes varones.

La mayoría de los jóvenes extremistas en Badam Bagh insistió que había sido convencido por los consejeros de rechazar el talibán. No es una conversión que sus carceleros tomen en serio. Sólo uno de una docena de niños entrevistados dijo que aún apoyaba al talibán; incluso los encontrados culpables de intentar ataques suicidas rehúsan reconocerlos.

Abdul Baseer Anwar, el Ministro de Justicia del País, dijo que las sentencias de los criminales juveniles a menudo son indulgentes, pero que el Ministerio no contaba con el financiamiento ni los centros para proporcionarles asesoría y apoyo con el fin de alejarlos de enseñanzas extremistas.

“La mayoría regresa a la pelea contra el Gobierno cuando son liberados”, comentó Anwar.

Fatima Faizi contribuyó con reportes a este artículo.

The New York Times