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Por Li Yuan

En el curso de tres décadas, Shao Chunyou ascendió de obrero de línea de ensamblaje a dueño de negocio, a la par con el ascenso de China de retrógrada económico a la segunda economía más grande del mundo. Ahora él es dueño de dos fábricas y emplea a más de 2 mil trabajadores.

Ahora, a medida que China cambia, Shao debe reinventarse una vez más. El rápido crecimiento va a la baja y la competencia se ha intensificado.

“Había más trabajadores y menos fábricas entonces”, dijo Shao, en referencia a los viejos tiempos. “Ahora tenemos que suplicar a los trabajadores”.

La economía de China está en desaceleración y las políticas del Gobierno han hecho más difíciles los negocios. Pero hay fuerzas más amplias en acción. China ha avanzado en la cadena de valor y su gente desea salarios más altos y una vida mejor. Ahora debe acoger la manufactura, la automatización y la innovación de alto valor, si es que espera seguir creciendo.

El éxito depende de la habilidad de personas como Shao para alejarse de sus métodos tradicionales de hacer negocios.

Shao está reemplazando a gente con robots. Está haciendo gadgets más sofisticados que son más difíciles de copiar, pero que también podrían ser desastrosamente caros si fracasan. Y, por primera vez, está aceptando ayuda directa del Gobierno.

Todos llaman “jefe” a Shao, incluso su esposa, Yu Youfu. Es propietario de una compañía electrónica llamada Quankang. Yu supervisa las operaciones de la fábrica, las finanzas y la administración. Su hijo de 27 años, Shao Qiang, dirige el nuevo Departamento de Investigación y Desarrollo.

Durante años, la pareja durmió en la oficina junto a la fábrica, y Yu aún lo hace a veces. “Duermo mejor con el ruido de las máquinas”, afirmó. “Si hacen ruido, significa que están funcionando”.

Shao nació en Jiujiang, una ciudad mediana en el interior de China. A los 16 años, se convirtió en aprendiz de carpintero, ganando 60 centavos de dólar al día, apenas suficiente para comer.

En 1989, Shao, entonces de 20 años, se fue al sur. Deng Xiaoping, entonces líder de China, había abierto zonas económicas especiales en ciudades del sur como Shenzhen y Zhuhai.

Las nuevas fábricas de allí estaban contratando. Shao dejó su hogar con 5 dólares en su bolsillo. Encontró empleo como aprendiz, ganando menos de 1 dólar al día. A los tres años, fue promovido a supervisor y ganaba 375 dólares mensuales.

En el 2004, Shao fundó una pequeña compañía de moldeado de metales. Yu trataba con los clientes y llevaba la contabilidad. Dos años después, se mudaron de Shenzhen a la vecina Dongguan, una ciudad de edificios de fábricas baratos.

Comenzaron a hacer partes de metal para reproductores de MP3, luego fundas para teléfonos celulares. Gastaron 13 mil dólares en una máquina pulidora, una fortuna para la mayoría de los chinos en esa época. “Si fracasábamos, perdíamos todo”, dijo Shao. No fracasaron.

Pero el entorno de negocios se puso más difícil. Surgieron competidores. Shao y Yu se dieron cuenta de que tenían que evolucionar. En el 2015, la pareja empezó a trabajar con fabricantes chinos como Xiaomi y Huawei para hacer partes de metal claves para sus audífonos.

Pidieron millones de dólares en préstamos e invirtieron en máquinas. La apuesta rindió frutos hasta que la competencia se volvió demasiado férrea y empezaron a considerar productos más difíciles de replicar, como enseres domésticos.

“En China, una vez que tienes un producto que se vende bien, muchas compañías se apresurarán a hacer lo mismo”, dijo Shao.

El problema más grande que enfrentan muchos fabricantes chinos es el creciente costo de la mano de obra y la escasez de trabajadores.

Después de la crisis financiera, muchos de los competidores y amigos de la pareja cerraron sus fábricas. En el 2017, idearon un ambicioso plan de supervivencia: mudarse, ascender en la cadena de valor y automatizarse.

Quankang está trabajando con Xiaomi para diseñar y hacer electrodomésticos inteligentes. Planean construir tres plantas completamente automatizadas.

La campaña de modernización de Shao se dará en más de 12 hectáreas en la vecina provincia de Hunan. El Gobierno local le está dando casi gratis el terreno a Quankang. Hasta ahora, él ha gastado casi 12 millones de dólares en la planta de Hunan.

El auge de China inició cuando el Partido Comunista dio rienda suelta a los emprendedores del País. Esta siguiente etapa de crecimiento podría no ser tan fácil. Para ayudar, el Gobierno central está gastando enormes cantidades para modernizar el proceso de manufactura.

“Seguiremos adelante, porque detrás de nosotros hay un precipicio. Caeremos si damos un paso atrás”, expresó Yu.

 The New York Times