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Por Jeffrey Moyo y Norimitsu Onishi

HARARE, Zimbabwe — Tal vez la bufanda era sólo una bufanda después de todo.
Al poco tiempo de deponer a Robert Mugabe, Emmerson Mnangagwa, el Presidente de Zimbabwe, comenzó a usar una colorida bufanda.

Claro, Mnangagwa había fungido durante mucho tiempo como el asistente principal de Mugabe y encabezado algunos de los ataques más feroces contra opositores políticos. Pero la bufanda, con los colores de la bandera del País, parecía señalar un líder más moderado.

Mnangagwa ahora está mostrando su verdadera naturaleza, dicen muchos en Zimbabwe.

Cuando manifestantes llenaron las calles de Harare, la capital, en enero para protestar por el deterioro de la economía, Mnangagwa desplegó a soldados y la Policía para tomar medidas enérgicas, lo que resultó en hasta una docena de individuos muertos y cientos de heridos de bala, de acuerdo con organizaciones de la sociedad civil.

La violencia remató un esfuerzo poco exitoso de un año de duración emprendido por Mnangagwa y su Gobierno del partido ZANU-PF para convencer a extranjeros de que el nuevo Zimbabwe era diferente.

Al tiempo que la violencia ahuyentaba a los inversionistas extranjeros y socavaba la credibilidad del nuevo Gobierno ante los prestamistas internacionales, la debilitada economía de Zimbabwe se deterioró aún más.

Un incremento del 150 por ciento en los precios de la gasolina desató la ronda más reciente de protestas.

En noviembre del 2017, respaldado por Generales, Mnangagwa realizó un golpe de Estado contra Mugabe.

Con su colorida bufanda, Mnangagwa inició una campaña en el extranjero para granjeárselos. Hubo gente que se mostró receptiva, en especial los británicos. Pero había una condición: el Gobierno tenía que realizar elecciones justas.

Las cosas marcharon bien al principio. Pero después de que el principal partido de Oposición, el Movimiento por el Cambio Democrático, afirmó que los comicios habían sido manipulados y exhortó a los manifestantes a lanzarse a las calles, soldados y oficiales de Policía aplicaron mano dura, matando a media docena de manifestantes.

Sin dinero nuevo entrando a Zimbabwe, el Gobierno de Mnangagwa tuvo que tomar decisiones económicas poco populares, entre ellas imponer un impuesto del 2 por ciento sobre transferencias electrónicas de dinero.

En años recientes, las transferencias electrónicas se convirtieron en la única forma de hacer pagos debido a una crisis de efectivo que también hizo que los subsidios a la gasolina fueran cada vez más costosos para el Gobierno —lo que resultó en el reciente aumento de precios a la gasolina.

El 21 de enero, Mnangagwa, quien realizaba un viaje oficial a Rusia durante las recientes acciones violentas contra los manifestantes, regresó a Harare tras abortar un viaje a Davos, Suiza, donde había planeado promocionar al nuevo Zimbabwe como listo para hacer negocios.

Lucía su característica bufanda.

The New York Times