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Por Erin Griffith

En las sedes de WeWork en la Ciudad de Nueva York, los cojines decorativos imploran a los ocupados arrendatarios “Haz lo que te encanta”, letreros de luz neón exigen “Échale todos los kilos” y murales propagan el evangelio de #ThankGodIt’sMonday (#GraciasaDiosEsLunes).

Hasta los pepinos en los enfriadores de agua tienen una agenda. “No te detengas cuando te canses”, esculpió alguien en la pulpa de los vegetales flotantes. “Detente cuando termines”.

Bienvenidos a la cultura del ajetreo. Está obsesionada con el esfuerzo, es implacablemente positiva, está desprovista de sentido del humor y es imposible escapar de ella.

“Rise and Grind” (Levántate y a Darle) es tanto el tema de una campaña publicitaria de Nike como el título de un libro. Advenedizos de los medios como Hustle, que produce un popular boletín de negocios y series de conferencias, y One37pm, compañía de contenido creada por el santo patrono del ajetreo, Gary Vaynerchuk, glorifican la ambición no como un medio para llegar a un fin, sino como un estilo de vida.

“El estado actual del emprendedurismo es más grande que la profesión”, reza el apartado “Sobre Nosotros” del sitio en internet de One37pm. “Es ambición, aguante y ajetreo. Es una actuación en vivo que enciende tu creatividad... una sesión agotadora que libera tus endorfinas”.

No sólo uno nunca deja de ajetrearse, uno nunca sale de una especie de embeleso laboral, en el que el principal propósito de hacer ejercicio o asistir a un concierto es obtener inspiración que lleve de regreso al escritorio.

En la nueva cultura laboral, soportar o incluso simplemente que nos guste nuestro trabajo no basta. Los trabajadores deben amar lo que hacen y luego promover ese amor en las redes sociales, fusionando así sus identidades con las de sus patrones.

Éste es el glamour del trabajo duro, y se está volviendo lo convencional. Más visiblemente, WeWork —que proporciona espacios de trabajo compartidos para empresas de arranque tecnológicas y que los inversionistas recientemente valuaron en 47 mil millones de dólares— ha exportado su marca de adicción al trabajo a 27 países, con 400 mil arrendatarios.

Adam Neumann, fundador de WeWork, anunció en enero que su startup se estaba renombrando como We Company, para reflejar la expansión a los bienes raíces residenciales y la educación. Al describir el cambio, la revista de negocios Fast Company escribió: “En lugar de sólo rentar escritorios, la compañía busca abarcar todos los aspectos de la vida de la gente, tanto en el mundo físico como en el digital”.

‘Es triste y explotador’

Hay quienes creen que el trabajo arduo no necesariamente resulta en trabajadores felices.

David Heinemeier Hansson, cofundador de Basecamp, compañía de software, y autor del libro “It Doesn’t Have to Be Crazy at Work”, dijo: “La mayoría de la gente que vende la idea de la obsesión con el ajetreo no es la gente que hace el trabajo real. Son los gerentes, los financieros y los dueños”.

Heinemeier Hansson señaló que a pesar de que los datos muestran que las largas jornadas no mejoran la productividad ni la creatividad, los mitos sobre el trabajo excesivo persisten porque justifican la riqueza creada para la élite tecnológica. “Es triste y explotador”, dijo.

Elon Musk, que recibirá una compensación accionaria superior a los 50 mil millones de dólares si su compañía, Tesla, cumple con ciertos niveles de desempeño, es un excelente ejemplo del elogio al trabajo realizado por muchos que principalmente lo beneficiará a él. Musk tuiteó en noviembre que hay lugares más fáciles para trabajar que Tesla, “pero nadie jamás cambió al mundo trabajando 40 horas a la semana”. El número correcto de horas “varía por persona”, pero es “de unas 80 sostenidas, llegando a veces a 100”.

Se puede argumentar que la industria de la tecnología inició esta cultura cuando compañías como Google empezaron a alimentar, dar masajes y hacerle al doctor con su empleados.

Las prestaciones tenían la intención de ayudar a las compañías a atraer al mejor talento y mantener a los empleados en sus escritorios por más tiempo.

En San Francisco, el concepto de productividad ha adquirido una dimensión casi espiritual. Los expertos en tecnología allí han absorbido el concepto de que el trabajo no es algo que uno hace para obtener lo que uno quiere; el trabajo en sí lo es todo. Por lo tanto, cualquier truco útil o prestación de una compañía que les optimice el día para hacer lugar para aún más trabajo es inherentemente bueno.

Aidan Harper, creador de una campaña europea llamada Semana de 4 Días, argumenta que esto es deshumanizante y tóxico. “Crea la suposición de que el único valor que tenemos como seres humanos es nuestra capacidad de productividad —nuestra habilidad para trabajar, más que nuestra humanidad”, dijo.

Es como un culto, añadió Harper, convencer a los trabajadores de apoyar su propia explotación con un mensaje de “cambien al mundo”. “Está creando la idea de que Elon Musk es tu sumo sacerdote”, indicó.

Dedicarle tiempo a cualquier cosa que no esté relacionada con el trabajo se ha convertido en una razón para sentir culpa. Jonathan Crawford, un emprendedor de San Francisco, dijo que sacrificó sus relaciones y subió casi 20 kilos de peso mientras trabajaba en Storenvy, su startup de comercio electrónico. Si socializaba era en un evento de networking. Si leía, era un libro de negocios.

Crawford cambió su estilo de vida tras darse cuenta de que lo hacía sentirse miserable. Ahora dice a sus colegas fundadores que busquen actividades, como leer ficción, ver películas y distraerse con juegos.

Trampas del logro excesivo

El final lógico del trabajo excesivamente ávido es el agotamiento. Ése es el tema de un ensayo viral realizado por Anne Helen Petersen, la crítica cultural de BuzzFeed, el cual aborda una de las incongruencias de la obsesión con el ajetreo en los jóvenes. Concretamente: si los millennials son presuntamente perezosos y sienten tener derecho a todo, ¿cómo pueden también estar obsesionados con sus empleos?

Los millennials, argumenta Petersen, se están esforzando desesperadamente por cumplir con sus propias altas expectativas. Una generación fue criada para esperar que las buenas calificaciones y los logros extracurriculares los recompensarían con empleos satisfactorios que alimentarían sus pasiones.

En lugar de ello, terminaron con un empleo inseguro e insignificante y una deuda por el préstamo estudiantil. Así que aparentar ser alguien que “se levanta y empieza a darle”, ansioso por que llegue el lunes, empieza a tener sentido como un mecanismo de defensa.

La mayoría de los empleos está lleno de monotonía sin sentido. La mayoría de las corporaciones nos decepciona de alguna manera. Y, sin embargo, muchas compañías aún promueven las virtudes del trabajo con mensajes moralistas. Spotify, compañía que permite escuchar música, dice que su misión es “liberar el potencial de la creatividad humana”.

¿Un error de cálculo?

Las compañías de internet podrían haber cometido un error de cálculo al animar a los empleados a equiparar su trabajo con su valor intrínseco como seres humanos. Tras una larga era de disfrutar de una estima positiva, la industria tecnológica experimenta un contragolpe en temas desde conducta monopolista hasta propagación de desinformación e incitación a la violencia racial. Y los trabajadores están descubriendo cuánto poder ejercen.

En noviembre, unos 20 mil empleados de Google participaron en una huelga en protesta por la forma en que la compañía manejaba a quienes cometían abuso sexual. Otros empleados de la empresa cancelaron un contrato de inteligencia artificial con el Departamento de Defensa de EU que habría ayudado a que los drones militares se volvieran más letales.

Heinemeier Hansson citó las protestas de los empleados como evidencia de que los trabajadores millennials a la larga se levantarían contra la cultura del trabajo excesivo.

“La gente no va a soportar esto, ni comprará la propaganda de que la dicha eterna se halla en monitorear tus propias idas al baño”, dijo. Se refería a una entrevista que Marissa Mayer, ex directora ejecutiva de Yahoo, concedió en el 2016, en la que dijo que trabajar 130 horas a la semana era posible “si eres estratégico respecto a cuándo duermes, cuándo te bañas y con qué frecuencia vas al baño”.

Los comentarios de Mayer fueron muy criticados en las redes sociales, pero desde entonces, algunos han compartido con entusiasmo sus propias estrategias para imitar la agenda de ella. Asimismo, los tuits de Musk provocaron críticas, pero también causaron elogios y solicitudes de empleo.

La triste realidad del 2019 es que suplicarle empleo a un multimillonario vía Twitter no es considerado vergonzoso, sino una forma perfectamente factible de avanzar.

 The New York Times