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Por Julia Wallace

PHNOM PENH, Camboya — Primero fue el pastel de arroz de 4 toneladas, relleno de frijoles chinos y carne de cerdo, proclamado como “oficialmente increíble” por los Récords Mundiales Guinness.

Luego llegó la bufanda más larga del mundo (1.15 kilómetros), tejida en el curso de seis meses y desfilada por las calles de Phnom Penh, la Capital camboyana. Y en noviembre, el barco dragón más largo del mundo (87 metros) fue botado al Río Mekong y remado por 179 personas.

Esta racha de logros extraños es parte del esfuerzo del Primer Ministro Hun Sen para hacer que los jóvenes se entusiasmen respecto a su régimen envejeciente, que él parece considerar esencial para mantener su dominio en el poder.

“Las intenciones del Gobierno aquí son bastante transparentes: quieren crear imágenes de entusiasmo visible por el País y su liderazgo”, apuntó Katrin Travouillon, catedrática de política camboyana en la Universidad Nacional Australiana.

La campaña inicial fue el coloso de arroz y puerco, develado en Angkor Wat en el 2015, y publicitado como una maravilla de la era moderna por el autoritario Hun Sen, ahora de 66 años, y su hijo Hun Many, de 36 años, quien concibió la idea como un proyecto para su nuevo grupo juvenil progubernamental.

Las multitudes vitorearon al tiempo que un representante de los Récords Mundiales Guinness certificaba que el pastel de arroz ocuparía un lugar en el libro de récords junto a Angkor Wat, la estructura religiosa más grande del mundo y fuente de orgullo nacional.

Dos terceras partes de la población de Camboya son menores de 30 años, sin recuerdo alguno del régimen sangriento del Jemer Rojo en los 70, o la guerra civil que le siguió.

Son menos susceptibles al mensaje tradicional de Hun Sen de que los líderes de su partido son héroes nacionales, merecedores de legitimidad perpetua porque ayudaron a expulsar al Jemer Rojo del poder en 1979.

En el 2013, Hun Sen estuvo cerca de perder contra un partido político insurgente. Ha pasado los últimos cinco años apuntalando sus esfuerzos para atraer a los jóvenes del País.

Kim Sok, quien huyó del País el año pasado tras purgar una condena en prisión por criticar al Primer Ministro, dijo que no podía entender por qué Guinness certificaría récords obtenidos por agentes de gobiernos autoritarios.

Hun Many rechazó solicitudes de entrevistas, pero en un discurso defendió la búsqueda de los récords como crucial para promover el espíritu camboyano, en casa y en el extranjero.

Travouillon señaló que la retórica en torno a estos proyectos era reveladora por su enfoque en la unidad. La bufanda gigante fue promocionada en una campaña de medios dirigida a estudiantes universitarios, quienes fueron alentados a tejer unas cuantas vueltas en nombre de la solidaridad nacional.

El pastel de arroz se dio tras meses de manifestaciones y un boicot parlamentario por los resultados de las elecciones del 2013. En su develación, Hun Many proclamó que había sido logrado a través de “un espíritu singular”.

Su padre entonces partió el pastel con Sam Rainsy, el líder de Oposición quien había contendido en el 2013. Le dieron una mordida y proclamaron un acercamiento.

Sin embargo, tras un breve periodo de colaboración, Hun Sen inició una serie de demandas contra Sam Rainsy que lo llevaron a abandonar Camboya. Más tarde declaró como ilegal al partido de Oposición en su totalidad, encarceló a muchos políticos y activistas y ganó las elecciones nacionales del 2018 sin una verdadera competencia.

Aunque los camboyanos de mayor edad parecían mostrarse escépticos, varios jóvenes dijeron que las marcas mundiales hacían eco en ellos.

“Nunca había visto hazañas así”, dijo Man Nisa, una alumna de 19 años que había salido de su universidad para recoger un nuevo álbum de K-pop que le entregó un repartidor en motocicleta.

Sin embargo, el repartidor, Yin Hong, de 35 años, un migrante de la zona rural, discrepó.

“¡Creo que son tonterías!”, exclamó. “Es un desperdicio de dinero y no genera empleos para nadie”.

 The New York Times