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Por Raphael Minder

MADRID — El Prado no fue diseñado para ser una de las galerías de arte más importantes del mundo.

Sin embargo, al celebrar su bicentenario este año, el museo nacional de España puede presumir de recibir a casi tres millones de visitantes al año en la que se ha convertido en una de las colecciones pictóricas de mayor calidad en Europa.

Cuando el Rey Carlos III de España encargó la construcción del edificio, en la década de 1780, quería un museo de ciencias naturales para celebrar el espíritu de la Ilustración.

Pero cuando su nieto ultraconservador, Fernando VII, ascendió al trono tres décadas más tarde, le puso un alto a todo eso. “Quería mostrar la riqueza de su colección en vez de hacer algún tipo de contribución al progreso científico”, comentó Javier Portús, curador de una exposición que celebra el bicentenario del Prado.

“La ironía es que el Prado abrió en un periodo de pensamiento claramente regresivo en España”, agregó.
La exposición, titulada “Un Lugar de Memoria”, que permanecerá hasta el 10 de marzo, muestra cómo el Prado sorteó la política española, mientras el País pasaba de ser una potencia imperial a una nación dividida por una Guerra Civil, y luego atravesar por una dictadura hasta la democracia de la actualidad.

El Prado habitualmente era amenazado por la zozobra nacional España, particularmente durante la Guerra Civil en la década de 1930, cuando las pinturas fueron sacadas del museo y llevadas a Suiza.

Pero a lo largo de dos siglos de políticas cambiantes, el Prado mantuvo su lugar como un símbolo de la riqueza cultural de España.

“Pienso que el Prado representa la mejor imagen de España, porque es un lugar que de alguna manera siempre ha logrado mantenerse por encima de nuestras divisiones políticas”, dijo Antonio Muñoz Molina, escritor y miembro de la Real Academia Española.

Para muchos visitantes, “probablemente es una sorpresa escuchar que el Prado tiene sólo 200 años, porque con mucha frecuencia pensamos en su gran colección del siglo 16”, señaló Taco Dibbits, director del Rijksmuseum.

Entre los tesoros de este periodo se encuentran los retratos elaborados por Tiziano y otros artistas del emperador Carlos V, cuyo territorio abarcaba más de 3 millones de kilómetros cuadrados, incluyendo gran parte de Europa occidental desde Flandes, donde nació, hasta España occidental, donde murió.

Los retratos se convirtieron en parte de la colección real de España y con el tiempo llegaron al Prado.

En comparación con algunos otros museos nacionales, el Prado es “realmente singular como la colección de un emperador que tuvo lo mejor de los países europeos sobre los que reinó España alguna vez”, dijo Dibbits. “Es especial por ser muy internacional pero, por otro lado, también tiene una identidad nacional muy clara”.

La exposición bicentenaria se centra en pintores extranjeros que visitaron el Prado para descubrir a Diego Velázquez y los otros grandes maestros españoles. Entre esos visitantes figuraron artistas como Édouard Manet de Francia y los estadounidenses William Merritt Chase y John Singer Sargent.

La muestra también resalta algunos de los periodos más innovadores del Prado, incluyendo durante la Segunda República, cuando el museo tuvo un papel crucial en un programa de educación para introducir la cultura a los ciudadanos.

En esa campaña, una muestra itinerante llevó copias de las obras maestras del Prado a 170 pueblos de toda España, muchos en regiones agrícolas aisladas. Una fotografía de 1932 en “Un Lugar de Memoria” muestra a una multitud de gente rural viendo una copia de “Las Hilanderas” de Velázquez.

“Personas analfabetas que nunca habían salido de su pueblo de pronto descubrieron a Velázquez y la increíble riqueza artística de España”, afirmó Portús.

Mientras que el museo se ha convertido en un imán turístico internacional para Madrid, la institución “sigue contribuyendo mucho a la autoestima de los españoles, a nuestra pompa nacionalista como democracia y monarquía, en el mejor sentido”, señaló Manuel Gutiérrez Aragón, director español de cine y ex miembro del patronato del museo.

 The New York Times