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Por Madison Mainwaring

Un día hace poco en la compañía de danza American Ballet Theater, en Nueva York, el maestro de ballet Vladilen Semenov se mostraba relativamente callado, explicando una combinación antes de dar un paso atrás para observar una clase mixta de hombres y mujeres.

Pero los bailarines tenían sus propias agendas, al poner a prueba sus cuerpos en experimentos de fuerza y flexibilidad. Un puñado de las mujeres se quedó en zapatillas de media punta para probar los pasos de los hombres.

El ballet es ampliamente visto como una disciplina que pone a las mujeres en un pedestal —los hombres las levantan, literalmente, sobre sus cabezas— reforzando las convencionales sobre masculinidad y femineidad. El pas de deux, o dueto romántico hombre-mujer, es considerado el eje de la forma artística, pero puede parecer sentimental o, peor, sexista.

Sin embargo, estos estereotipos se ven desafiados en los estudios de las compañías, al tiempo que bailarines de ballet de todas partes preguntan por qué debería su identidad de género determinar su forma de bailar.

Las mujeres pueden saltar más alto y completar más giros que nunca antes, habilidades tradicionalmente asociadas con bailarines hombres. Por su parte, los hombres se entrenan para incorporar la extensión y delicadeza que han sido desde hace mucho el estándar para las bailarinas.

Las posiciones codificadas del ballet tal vez no cambien, pero esta tendencia aporta una nueva dinámica a sus viejos pasos.

Ashley Bouder, primera bailarina del Ballet de la Ciudad de Nueva York, adjudica el crédito a los maestros que tuvo de niña de dar un sentido expansivo de sus capacidades. “No veían por qué yo no podía hacer lo que hacían los chicos”, dijo.

Para Bouder, esta práctica ha ayudado a hacer que sus saltos sean famosos, al desafiar la gravedad al tiempo que parece suspenderse en el aire. Las clases de los hombres, con su música más lenta (para que los bailarines puedan practicar levantamientos), han sido el suplemento crucial para pulir esta técnica.

Muchas primeras bailarinas de su compañía van a la clase de los hombres. Y esos números están aumentando en todas partes, sobre todo en compañías con talento de primer nivel como el Royal Ballet, el Bolshoi y Miami City Ballet.

La llegada del entrenamiento de fuerza para las bailarinas hace más o menos dos décadas les dio nuevo alcance en el estudio. Lo que es más importante, el debate continuo sobre género las ha llevado a replantear lo que pueden hacer con sus cuerpos, bajo sus propios términos.

“Ha hecho sentirme libre”, dijo Katherine Williams, solista del American Ballet Theater, sobre asistir a las clases de los hombres, “menos confinada a cierto look que necesito conservar como mujer en el escenario”.

 The New York Times