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Por Raphael Minder

BILBAO — Cuando el soldado vasco José Moreno fue capturado en 1937 durante la Guerra Civil española, uno de los comandantes del Ejército de Francisco Franco, quien resultó ganador del conflicto, lo sentenció a muerte.

Por razones que Moreno nunca comprendió, fue librado de esa suerte. Y en noviembre del 2018 celebró su centésimo cumpleaños.

“Debí haber muerto entonces, pero aquí estoy, sintiéndome lo suficientemente bien para recordar con claridad todo lo que he pasado”, dijo Moreno, con una gran sonrisa. “Todavía no sé por qué no me mataron y en lugar de ello me mandaron a prisión, así que es muy difícil creer que he logrado vivir tanto tiempo”.

Moreno ahora se autodenomina con orgullo “el último gudari”, la palabra vasca para soldado.

Es una referencia a quienes se unieron en 1936 al Ejército vasco autónomo para ayudar a defender al Gobierno de España contra el levantamiento militar de Franco. Un año más tarde, las tropas de Franco tomaron Bilbao, la ciudad vasca más grande, con ayuda de sus aliados fascistas italianos y alemanes.

Moreno se rindió al Ejército italiano, que a su vez lo entregó a las fuerzas de Franco.

Un comandante español le dijo que lo fusilarían, recordó Moreno, pero la sentencia de muerte fue conmutada y estuvo tres años en prisión. Después de que terminó la guerra, en abril de 1939, Moreno estuvo un tiempo en un campo de trabajos forzados, repavimentando caminos junto a otros prisioneros de su derrotado batallón vasco.

Cuando Moreno fue liberado del campo de trabajos forzados, intentó reincorporarse a la marina mercante en la que se había enlistado a los 14 años, antes de la guerra. Fue entonces, dijo, mientras su carguero de carbón anclaba en los puertos italianos, que descubrió “la fealdad del fascismo”. “Vi a muchas personas luciendo temerosas, en la miseria e incluso sufriendo hambre”, añadió.

Tachado de “separatista rojo” por el régimen de Franco, se le negó a Moreno la posibilidad de regresar al mar y tuvo que conformarse con un trabajo en los astilleros de Bilbao. Se retiró de ese oficio hace más de 30 años, después de ayudar a dirigir uno de los sindicatos locales.

“Franco no perdonó, así que no nos pidan ahora ni perdonar ni olvidar”, manifestó.

Cada año en junio, Moreno habla durante el evento conmemorativo en un monumento en el monte de Artxanda, que domina Bilbao. Él fue una de las personas que hicieron campaña por erigir el monumento, que honra a los soldados vascos que lucharon contra Franco y en parte tiene una escultura de una huella digital gigante.

Esa huella sirve como recordatorio de que “nunca debemos olvidarnos de quienes lucharon por la democracia”, dijo Moreno en una entrevista.

Hoy Moreno vive con su hija, Manuela, en un departamento en el suburbio de Portugalete, cerca de los astilleros donde alguna vez trabajó.

Al preguntarle a su hija qué mantenía saludable a su padre, dijo, en tono de broma: “Su obstinación y mal genio”. Añadió que “también disfruta de comer y divertirse”.

Hasta hace poco, Moreno era parte de una asociación de bailarines tradicionales vascos. Asocia su pasión por el baile con la Guerra Civil; cuando escuchó las noticias de la revuelta franquista, en julio de 1936, estaba en un baile. “Tenía 17 años y pensaba en qué chica sacar a bailar, pero supe que esto era demasiado importante y que me ofrecería como voluntario”, recordó.

Su hija comentó que esperaba que su padre pudiera asistir a la ceremonia en el monumento de Artxanda en junio, razón por la cual se estaba guardando en casa por ahora. “No queremos comprometer su salud llevándolo afuera en invierno”, comentó.

 The New York Times