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Por Gina Colata

No era la señal más inquietante de problemas de salud, sólo una hemorragia nasal que no paraba. Así que en febrero del 2017, Michael Schaffer, que tiene 60 años y vive en Pennsylvania, acudió primero a una sala de urgencias de la localidad y luego a un hospital donde un médico por fin logró cauterizar una diminuta cortada en su fosa nasal.

Entonces el médico le dijo a Schaffer que necesitaba un trasplante de hígado.

Schaffer no tenía idea de que le funcionara mal el hígado. Nunca había oído hablar del diagnóstico: esteatohepatitis no alcohólica, una enfermedad de hígado graso no vinculada con el alcoholismo ni con infecciones.

La enfermedad puede no presentar síntomas obvios aún mientras destruye el órgano. Esa hemorragia era una señal de que el hígado de Schaffer no estaba produciendo las proteínas necesarias para que coagulara la sangre.

Los galenos pidieron a Schaffer que se convirtiera en el primer paciente en un experimento que intentaría algo con lo que los cirujanos de trasplantes han soñado durante más de 65 años.

Si funcionaba, recibiría un hígado donado sin necesidad de tomar potentes medicamentos para evitar que el sistema inmune lo rechazara.

Antes del descubrimiento de los medicamentos anti-rechazo o inmunosupresores, los trasplantes eran imposibles.

La única manera de lograr que el cuerpo acepte un órgano donado es suprimir su respuesta inmune. Pero los fármacos son peligrosos, al elevar los riesgos de infección, cáncer, altos niveles de colesterol, enfermedad cardiaca acelerada, diabetes e insuficiencia renal.

A los cinco años de un trasplante de hígado, en promedio el 25 por ciento de los pacientes ha muerto. A los 10 años, entre el 35 y 40 por ciento ha muerto.

“Aun cuando el hígado pudiera estar funcionando, los pacientes pueden morir de un paro cardiaco, un derrame cerebral o insuficiencia renal”, dijo Abhinav Humar, cirujano en el Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh, quien dirige el estudio. “Tal vez no se deba completamente a los medicamentos inmunosupresores, pero estos fármacos sí contribuyen”.

Por lo regular, los pacientes conocen los riesgos de los medicamentos, pero la alternativa es peor: la muerte para quienes necesitan un hígado, corazón o pulmón; o, para pacientes renales, una vida con diálisis, que conlleva una expectativa y calidad de vida incluso peores que un trasplante.

En 1953, Peter Medawar y sus colegas en Gran Bretaña realizaron un experimento con un resultado tan asombroso que compartió un Premio Nobel por ello. Demostró que era posible “entrenar” al sistema inmunológico de ratones para que no rechazaran tejido trasplantado de otros ratones.

El estudio llevó a una búsqueda científica para encontrar una forma de entrenar al sistema inmune de adultos que necesitaran órganos nuevos.

La mayoría de la investigación científica hasta ahora se ha enfocado en pacientes con trasplante de hígado y riñón, dijo James Markmann, especialista en trasplantes en el Hospital General de Massachusetts.

Esos órganos pueden ser trasplantados de donadores vivos, de manera que las células del donador están disponibles para usarlas en un intento para entrenar al sistema inmune del paciente de trasplante.

Muchos tipos de células sanguíneas blancas (glóbulos blancos o leucocitos) trabajan juntos para crear y controlar las respuestas inmunes. Varios investigadores eligieron enfocarse en los leucocitos llamados linfocitos T reguladores.

Éstos son leucocitos poco comunes que ayudan al cuerpo a identificar sus propias células como no extrañas. Si estas células faltan o están dañadas, la gente puede desarrollar enfermedades en las que el sistema inmune del cuerpo ataca a sus propios órganos o tejidos.

La idea es aislar los linfocitos T reguladores de un paciente que está por recibir un trasplante de hígado o riñón. Luego los científicos intentan cultivarlos en el laboratorio junto con las células del donador.

Las células T son luego introducidas de nuevo en el paciente. Los científicos esperan que el proceso enseñe al sistema inmune a aceptar el órgano donado como parte del cuerpo del paciente.

Otro plan es modificar unas células diferentes del sistema inmune, llamadas células dendríticas reguladoras. Al igual que los linfocitos T reguladores, son poco comunes y permiten que el resto del sistema inmune distinga entre sí mismo y el que no lo es.

Cuando le dijeron a Schaffer que necesitaba un hígado y que podría ser el primer paciente en el ensayo clínico del grupo, se encogió de hombros. “Alguien tiene que ser el primero”, dijo.

Lo operaron en septiembre del 2017. Después de eso, Schaffer tomaba 40 pastillas diarias para prevenir infecciones y calmar a su sistema inmune mientras el cuerpo aprendía a aceptar al nuevo órgano. Ahora toma sólo una pastilla y los médicos confían en quitarle incluso ésa.

Para Schaffer, todo ha valido la pena.

“Mi objetivo es vivir hasta los 100 y que un marido celoso me dé un balazo en la cama”, comentó.

The New York Times