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Por Mujib Mashal

KABUL, Afganistán — Alberto Cairo, un joven abogado italiano convertido en fisioterapeuta, llegó a Kabul en 1990 al tiempo que las guerrillas apoyadas por Estados Unidos asediaron la capital del Gobierno apoyado por los comunistas.
Él se quedó, arreglando extremidades y brindando esperanza durante una guerra que nunca cesó por completo, y que sigue matando y mutilando en números récord.

El 23 de enero, el programa de rehabilitación física del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), que Cairo ha dirigido a través de varios gobiernos, conmemoró su 30avo aniversario. El programa ha atendido a casi 180 mil pacientes y ha construido alrededor de 200 mil extremidades artificiales.

Pero para Cairo, ahora de 66 años, no sólo se trata de prótesis de piernas y sillas de ruedas.

“Cuando pierdes una pierna, no sólo pierdes una pierna —pierdes un pedazo de corazón, pierdes un pedazo de mente, pierdes un pedazo de confianza en ti mismo”, dijo Cairo. “Todo esto tiene que restaurarse, y todos juntos conforman la dignidad”.

Cairo había estudiado Derecho. Pero atraído por el trabajo de ayuda, se volvió a capacitar en terapia física. Una de sus primeras misiones con el CICR lo llevó a Kabul. Lo que lo ha mantenido allí es la recompensa diaria de empoderar a personas condenadas al ostracismo por sus discapacidades.

Cuando Cairo llegó por primera vez a Afganistán, el programa atendía exclusivamente a víctimas de la guerra. En un País donde entre el 3 y el 5 por ciento de la población sufre de alguna discapacidad, Cairo rápidamente se dio cuenta de que eso no era justo. El programa se amplió a mediados de la década de los 90 para incluir a cualquier persona con una discapacidad que afecte su movilidad.

En el 2018, el número de pacientes nuevos alcanzó un récord, con más de 12 mil buscando ayuda.

Cairo dijo que casi todos los 750 miembros del personal en los siete centros de rehabilitación que dirige en todo el País son ex pacientes con discapacidades. “Esto es para discapacitados, dirigido y administrado por discapacitados”, dijo.

Mohammed Saber, de 28 años, tenía 3 cuando perdió las piernas tras la explosión de un artefacto en su aldea cerca de Kabul.

Saber recuerda vagamente que Cairo le colocó sus primeras prótesis de piernas cuando tenía unos 5 años. No recibió un segundo par de prótesis hasta que era un adolescente en Afganistán, después de una década viviendo como refugiado en Pakistán.

Saber ahora forma parte del equipo nacional de basquetbol en silla de ruedas de Afganistán y trabaja en el centro de rehabilitación, donde se capacitó por dos años para trabajar con víctimas de poliomielitis.

A veces, dice Saber, le pregunta a Cairo si recuerda su primera visita cuando era niño.

Cairo ha atendido a miles de amputados en el curso de tres décadas y, según lo narró Saber, sólo pudo decir: “’Tal vez, eras muy pequeño’”.

Cairo dijo que la gente preguntaba si 30 años era mucho tiempo.

“Les digo que espero quedarme 30 años más”, dijo. La recompensa de ayudar a las personas discapacitadas a ver que pueden hacer cosas, que pueden ir de gatear a caminar, nunca pierde su encanto, dijo. “Esa recompensa se acumula”, dijo. “Al comparar lo que doy y lo que recibo —recibo mucho más”.

The New York Times