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Por Hanna Beech

(Ensayo)

BANGKOK — Los monzones ya no azotan a Bangkok, en esa temporada húmeda cuando mis hijos a veces tienen que vadear inundaciones con el agua hasta la cintura para llegar a su entrenamiento de futbol.

Así que, ¿por qué terminé empapada el mes pasado, mientras caminaba en la Capital tailandesa?

El líquido, que pronto inundó una de las intersecciones más transitadas de Bangkok, provino de cañones de agua dirigidos a mitigar el smog que tiene semanas de cubrir a la Ciudad.

Los peatones soltaron un grito mientras los cañones disparaban chorros de agua al aire. Un vendedor de helado de coco no logró evitar que su carrito rodara hasta caer a una alcantarilla. Una rata corrió apresurada y luego nadó.

Algunas de las mangueras gigantes estaban conectadas a camiones que contribuían al aire sucio que aquejaba a Bangkok. Los mofles de los camiones arrojaban humo. Funcionarios del Departamento de Control de la Contaminación de Tailandia estiman que las emisiones vehiculares representan alrededor del 60 por ciento de la bruma química de la Ciudad.

Hace una década, la Capital tailandesa era una rareza en Asia, un lugar donde el aire se había vuelto más limpio en gran medida debido a la prohibición a la mayoría de los vehículos contaminantes. Esos días han quedado atrás.

El mes pasado, Bangkok figuró en la lista de las 10 ciudades con el aire más sucio del planeta.

La escuela de mis hijos, igual que más de 400 por toda la Capital tailandesa, fue cerrada recientemente a causa del smog.

Al igual que muchas megalópolis asiáticas, Bangkok sufre de una amalgama tóxica: industrialización y urbanización desmedidas, una población loca por los autos y regulación laxa.

Aún al tiempo que los supervisores de monitoreo ambiental afirman que están eliminado los motores a diesel más sucios, una caminata por una calle de Bangkok puede ser una experiencia asfixiante. Autobuses públicos avientan humo. Hay demasiados autos para tan pocos caminos, y muy poco interés en el transporte público.

La Organización Mundial de la Salud reporta que la contaminación del aire provocó 4.2 millones de muertes prematuras en el 2016, cobrando muchas más vidas anualmente que el sida, la tuberculosis y la malaria juntos.

Los científicos coinciden que rociar chorros de agua hará poco por dispersar el smog de Bangkok.

“Hay algunas dependencias gubernamentales que quieren ayudar a disminuir la contaminación, pero esto tal vez no sea la mejor opción”, afirmó Pralong Dumrongthai, director general del Departamento de Control de la Contaminación de Tailandia, en una evaluación del uso de los cañones de agua.

Aún cuando el Primer Ministro tailandés Prayuth Chan-ocha, jefe de la junta militar que tomó control del País en el 2014, minimizó la contaminación de Bangkok, se les dijo a los tenderos que podrían recibir hasta siete años de prisión por acaparar tapabocas.

El aumento abrupto en la contaminación del aire ha sido tema de portada aquí —eclipsando la noticia el mes pasado de los cuerpos de dos disidentes tailandeses exiliados hallados junto al Río Mekong, con el abdomen atiborrado de bloques de concreto. En vez de ello, los artículos de opinión exigían a la junta respuestas sobre la mala calidad del aire.

A pesar de todo lo que atrae a los turistas a Bangkok, ésta no es una ciudad que consiente a sus residentes. Mucha de la fauna que florece, como cucarachas, ratas del tamaño de gatos y la pitón que de vez en cuando sale por un sanitario, es de la variedad alarmante.

Mientras volaba de regreso a Bangkok el mes pasado, se me hundió el corazón al descender el avión entre una bruma ocre. En el taxi a casa, mi chofer llevaba tapabocas. Casi de inmediato, quedamos atorados en el tráfico.

Pero igual que muchos conductores en Bangkok, había colgado una guirnalda de jazmín en el espejo retrovisor. El aroma dulce se mezcló con el humo de mofle. Estaba en casa.

 The New York Times