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Por Vanessa Barbara

SÃO PAULO, Brasil — “Es una nueva era en Brasil: los niños visten de azul y las niñas visten de rosa”, dijo Damares Alves, nuestra nueva Ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, en un video el mes pasado. Y no paró ahí: bajo el nuevo Gobierno del Presidente Jair Bolsonaro, declaró Alves en su discurso inaugural, “una niña será princesa y un niño será príncipe”.

El mensaje de Alves buscaba ser un ataque a la “ideología de género”, un concepto creado por los conservadores para denigrar la retórica de igualdad de derechos para las mujeres y las personas LGBT.

La lucha por la igualdad de género y por los derechos sexuales y de reproducción llevará al colapso de la familia tradicional, dicen Alves y otros como ella. Fomentará la homosexualidad y amenazará los valores cristianos. Así que la respuesta correcta es el pánico moral: “Nadie impedirá que llamemos a nuestras niñas princesas y a nuestros niños príncipes”, proclama Alves con vehemencia.

Excepto que los conservadores lo entienden todo al revés: no sólo nadie impide que conviertan a sus hijos en realeza asignada por género, sino que, de hecho, su opinión sobre niños y género ya es efectivamente una obsesión nacional —si no es que global.

Experimenté esto por primera vez muy al inicio de mi embarazo, cuando fui a comprar herramientas para cortar las uñas del bebé.

“¿Es niño o niña?”, preguntó la vendedora.

No lograba entender qué tenían que ver las uñas con genitales, pero decidí ser cortés y dije que no sabía todavía.

La vendedora pareció desconcertada. Buscó entre una serie de estuches azules y rosas, pero finalmente anunció que no tenía nada en color neutro. Cuando decidí seguir adelante y comprar de cualquier modo un par de cortaúñas azules, me lanzó una mirada de reproche silencioso. “Anarquista”, prácticamente susurró.

Sin embargo, en los meses siguientes me enteraría de lo importante que era el sexo biológico de mi bebé para el mundo en general.

La primera ginecóloga obstetra con la que fui se opuso seriamente a mi decisión de no descubrir el sexo de mi bebé por adelantado.

Es difícil encontrar artículos para bebé en colores neutros, protestó —¿qué usaría el bebé una vez que naciera? Muchos parecían coincidir con ella.

“Pero, ¿qué tal si es niña?”, preguntó una vendedora en una tienda de segunda mano cuando compré unos overoles de dinosaurio. (¿Entonces quizás sería una futura paleontóloga?).

Cuando por fin me venció la curiosidad y me enteré de que el bebé era niña, tuve que seguir respondiendo “no importa” una y otra vez en las tiendas.

Ningún artículo estaba libre de la interrogante “niño o niña”: surgió cuando compraba calcetines, gorritas, pantalones, libros, repetidores, dispositivos para la dentición, pañaleras, tazones de plástico. Incluso los aspiradores nasales a menudo venían en rosa y azul.

Ahora que le corto las uñas a mi hija con el cortaúñas azul y la visto en overoles de dinosaurio, me pregunto si esto terminará pronto.

La comediante australiana Hannah Gadsby, en su espectáculo “Nanette”, bromeó una vez diciendo que una de las formas en que uno se puede dar cuenta de que hay demasiada histeria en torno al género por parte de los “género-normales” del mundo es el hábito de ponerles banditas rosas a bebés sin cabello.

“Eso es raro”, dijo la comediante. “Digo, en serio, ¿le pondrían un brazalete a una papa?”.

Sería suficientemente malo si la histeria de género se limitara al color de carriolas y rodilleras. Pero el sexismo a menudo está impreso en la ropa misma y es ahí donde se vuelve excepcionalmente insidioso —debido a los mensajes que comunica.

Los bebés varones tal vez sean vestidos con un mameluco que dice, “Chegou o terror da mulherada” (“Llegó el terror de las mujeres”).

Otras opciones: “Escondan a sus hijas”; “No se preocupen, chicas, sigo soltero”; “Futuro doctor guapo”; “Futuro piloto de Ferrari”. Uno de los favoritos de Brasil es un mameluco que dice, “Chicas: ahora soy calvo y chimuelo, pero algún día seré rico”.

Si los bebés de género masculino de Brasil son arrogantes y mujeriegos, nuestras bebés de género femenino son frívolas y bonitas.

“Desde la cuna sé lo que quiero: zapatos hermosos como los de mamá”, dice un mameluco (quisiera que fuera broma). Otros: “Futura Miss Brasil”, “Futura Novia” y “Princesa en Entrenamiento”.

Y si estos estereotipos no fueran suficiente, hay opciones que involucran precoz avergonzamiento corporal: “¿Hace este pañal que luzca grande mi trasero?”.

Pero este problema no es específico de Brasil. En el 2015, el minorista de ropa español Zara sacó mamelucos para niña con la leyenda “Pretty and Perfect: It’s what daddy said” (Bonita y perfecta: es lo que dijo papi), mientras que la contraparte masculina decía “Cool and Clever: It’s what mummy said” (Genial y listo: es lo que dijo mami).

Un año antes, una cadena de supermercados en España tuvo que disculparse y dejar de vender ropa para bebé con las leyendas “Inteligente como papá” (para los niños) y “Bonita como mamá” (para niñas).

En caso de que Norteamérica comience a sentirse superior, Target se metió en problemas ese mismo año por vender en sus tiendas canadienses un conjunto de pijamas para niños con las palabras “Futuro hombre de acero”. La versión para niñas decía, “Yo sólo salgo con héroes”.

Como puede ser, Sra. Alves, ya estamos profundamente sumergidos en un mundo de bebitas que de grandes deben ser princesas y esposas bonitas y los bebés vestidos de azul de grandes deben salir con la mayor cantidad de estas princesas como sea posible.

Esos príncipes y princesas podrán disfrutar un futuro de desigualdad salarial, violencia doméstica, agresión sexual, violación, feminicidio, homofobia y transfobia.

Así que no se detenga: dígale princesa a su hija. De verdad, nadie lo detiene.

Sin embargo, es triste que mientras están ocupados diciendo a los pequeños quiénes y qué deberían ser, tantas fuerzas muy reales estén conspirando dentro de nuestro País para evitar que sanos y salvos sean de grandes quienes verdaderamente son, y que ustedes parezcan tan desinteresados en hacer algo al respecto.

The New York Times