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Por Motoko Rich

Tokio — El papeleo nunca termina para Yoshiko Nishimasa.

Están los diarios que debe llenar todos los días, sin mencionar las páginas de trabajos que revisa y aprueba con cuidado. Incluso lleva registros diarios de conversaciones, actividades y comidas.

Sin embargo, nada de este papeleo es para su empleo. Todo es para sus hijos de preescolar, antes de que incluso ella pueda dirigirse a la oficina.

Al igual que muchas madres que trabajan en Japón, Nishimasa, de 38 años, está abrumada por tareas pesadas y burocráticas que limitan su participación en la fuerza laboral en una época en que el País afirma que necesita desesperadamente más de mujeres como ella.

Shinzo Abe, el Primer Ministro de Japón, tiene el objetivo explícito de vigorizar la rezagante economía de esta Nación al elevar a las mujeres en la fuerza laboral, una iniciativa referida como “womenomics” (algo así como “femeconomía” o economía impulsada por las mujeres).

En el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, en enero, Abe presumió que el 67 por ciento de las mujeres japonesas trabajaba, un récord histórico y “más alto que el de, por ejemplo, Estados Unidos”.

Pero, si bien las mujeres japonesas han entrado a la fuerza laboral a niveles históricos, su avalancha de responsabilidades domésticas no está disminuyendo —y los hombres, como suele ocurrir, no ayudan.

De hecho, los hombres en Japón realizan menos horas de tareas domésticas y cuidado de los hijos que en cualquiera de las naciones más ricas del mundo.

De acuerdo con un análisis hecho por Noriko O. Tsuya en la Universidad Keio, en Tokio, las mujeres que trabajan más de 49 horas a la semana por lo regular realizan casi 25 horas de tareas domésticas a la semana. Sus esposos hacen un promedio de menos de cinco.

Consideren la rutina cotidiana de Nishimasa. El jardín de niños al que asisten sus hijos más pequeños requiere que la familia lleve un diario donde registren su temperatura y lo que comen dos veces al día, junto con descripciones de sus estados de ánimo, horas de sueño y horario de juegos.

Además de eso, la escuela primaria de su hijo de 8 años y las tutorías extracurriculares exigen que uno de los padres apruebe personalmente con una firma todas las tareas.

El papeleo es sólo el principio. Cocinar una cena japonesa típica a menudo implica preparar muchos platillos pequeños. Empacar el lonche puede ser toda una obra de arte. Las lavavajillas no son comunes. La ropa mojada por lo general es colgada en tendederos. Y ella hace la mayoría de todo esto.

Su esposo, un consultor administrativo, con frecuencia se queda hasta muy tarde en la oficina o sale a tomar con clientes, que también son expectativas sumamente arraigadas en Japón, en particular para los hombres.

Sin embargo, la economía de Japón necesita mujeres educadas que trabajen a todo su potencial. Después de la Segunda Guerra Mundial, las mujeres japonesas típicamente renunciaban a su trabajo cuando se casaban o daban a luz, para atender el hogar mientras sus esposos trabajaban largas jornadas para impulsar la expansión industrial de Japón.

A finales de los 70, las mujeres casadas poco a poco empezaron a entrar a la fuerza laboral. Entonces, cuando estallaron las burbujas bursátiles e inmobiliarias niponas a principios de los 90, grandes cantidades de ellas volvieron a trabajar para mantener financieramente a flote a sus familias.

Después de eso, Japón tuvo problemas para levantarse de un prolongado periodo de estancamiento. Fue superado por China como la segunda economía más grande del mundo en el 2011.

Ahora, con una población a la baja y que envejece con rapidez, los patrones japoneses están batallando con una severa escasez laboral, así que Abe ha subrayado la importancia de las mujeres que trabajan para apuntalar la economía a largo plazo.

Pero cerca de la mitad de la mujeres que trabajan tiene empleos de medio tiempo, y más de la mitad tiene contratos temporales.

De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, menos del 1 por ciento de las mujeres empleadas en Japón ocupa puestos administrativos, comparado con un promedio del 4.6 por ciento entre las naciones más desarrolladas.

Al igual que muchas compañías japonesas, el patrón de Nishimasa se adapta a sus responsabilidades domésticas.

Hasta que su hijo menor entre a tercer año de primaria, ella puede trabajar una jornada acortada de siete horas, aunque ganando 30 por ciento menos. Nunca le piden que trabaje horas extras como antes de que nacieran sus hijos. Pero por la misma razón, no ha sido ascendida en ocho años y ha recibido escasos aumentos de sueldo.

Un acto de equilibrio

Después de que Nishimasa se graduó de una prestigiosa universidad en Tokio, trabajó para una editorial de libros de texto.

Se casó cuatro años después. Para sorpresa suya, la compañía automáticamente convirtió el estatus de su empleo a medio tiempo, comentó.

“Mi jefe empezó a decir: ‘no vas a durar mucho en este trabajo porque probablemente te vas a ir y tener hijos, ¿verdad?’”, recordó.

En la editorial donde encontró empleo no le preguntaron su estado civil. Pero los horarios eran intensos, y cuando se embarazó, a los 29 años, no le bajó al ritmo, permaneciendo con frecuencia en la oficina hasta medianoche. Sufrió un abortó al inicio de su embarazo.

Volvió a embarazarse, pero siguió trabajando largas jornadas. Cuando salía a las 22:00 horas, recordó, “era la primera en irme y tenía que pedir perdón a mis colegas”.

Después del parto, Nishimasa nunca pensó en renunciar. Pero debido a que se espera que su esposo cumpla con rigurosas metas para obtener aumentos y promociones, Nishimasa recortó las horas de trabajo.

Igualdad, un sueño lejano

Poco más de la mitad de las madres japonesas regresa a trabajar tras el nacimiento de su primer hijo. Pero a menudo tienen empleos de medio tiempo, mientras que sus esposos siguen laborando horarios brutales, lo que contribuye a un fenómeno conocido como “karoshi”, o “muerte por exceso de trabajo”.

Algunos expertos argumentan que la cultura japonesa de exceso de trabajo es innecesaria, llevando a ineficiencias y baja productividad. Si todos trabajaran menos horas, las mujeres podrían ponerse al día y la sociedad japonesa en general se beneficiaría, afirman.

Las arraigadas expectativas culturales son otro obstáculo.

El año pasado, cuando la constructora Daiwa House realizó un sondeo entre 300 parejas que trabajan, la mayoría de los encuestados dijo que las mujeres realizaban casi el 90 por ciento de las tareas domésticas, muchas de ellas sin reconocimiento de sus esposos.

“La concientización de los hombres aún es muy baja”, dijo Kazuko Yoshida, diseñadora gráfica y madre de dos niños pequeños. “Mi esposo no tiene un concepto de igualdad de género”.

Mamás multitasking

Un viernes por la tarde, Nishimasa salió corriendo de la oficina para recoger a su hija Mei, de 5 años, y a su hijo menor, Haruki, de 2, yendo directo al montón de colchones en el plantel de preescolar.

Quitó las sábanas y cobijas y puso un juego nuevo que había lavado en casa. Luego recogió el calzado para interiores de Mei antes de que una maestra le entregara una cartulina: una tarea de fin de semana para hacer una bandera.

Afuera, Nishimasa subió a ambos niños a una bicicleta y emprendió el recorrido de regreso a casa. Llegaron poco después de las 18:00 horas. Diez minutos después, su hijo mayor, Kazuaki, de 8 años, llegó de un programa extraescolar.

Nishimasa empezó a cortar ingredientes, preparando una variedad de platillos para la cena. Picoteó bocaditos mientras cargaba la lavadora y preparaba la tina de baño. Revisó la tarea de Kazuaki, enjuagó los trastes y guardó las sobras de comida. Uno tras otro, los niños se fueron bañando.

Justo antes de las 22:00 horas, sonó su teléfono. No era su esposo, quien estaba fuera bebiendo con unos clientes. Era otra madre, pidiendo que llevaran a los niños a jugar la mañana siguiente, mientras sus esposos estuvieran durmiendo.

Luego, Nishimasa volvió a sus tareas, revisando los diarios de preescolar. En un último arranque, pasó rápidamente la aspiradora por la sala.

Finalmente, todos se metieron a la recámara principal, con los niños moviéndose con incomodidad.

“¡Estoy cansado!”, se quejó Haruki.

“Yo también”, respondió Nishimasa, de buena gana. “¡Vamos a dormirnos!”.

La casa finalmente quedó en silencio cerca de las 23:00 horas. Su esposo aún no estaba a casa.

“Los que trabajan largas jornadas obtienen los ascensos”, dijo ella.

Hisako Ueno contribuyó con reportes a este artículo.

 The New York Times