•  |
  •  |

Por Pam Belluck

Hace un año, Matthew Porteus, investigador de genética en la Universidad de Stanford, en California, recibió un correo electrónico inesperado de un joven científico de China, quien solicitaba reunirse con él.

Unas semanas después, el científico He Jiankui llegó a su oficina y anunció algo increíble. Dijo tener la aprobación de un consejo de ética en China para crear embarazos a partir de embriones humanos que él había modificado genéticamente, un experimento que nunca se había realizado y que es ilegal en muchos países.

“Pasé unos 40 minutos más o menos diciéndole de manera contundente lo indebido y lo insensato que era eso”, dijo Porteus.

Porteus no reportó las intenciones de He, pues creyó que lo había convencido de no seguir adelante con el proyecto, además de desconocer a quién reportar en China sobre los planes. Los otros dos científicos estadounidenses con los que He compartió su idea tampoco lo hicieron.

Ahora, casi tres meses después de que He conmocionó a la comunidad científica con el anuncio de que había creado los primeros bebés modificados genéticamente —gemelas que nacieron en noviembre— las instituciones científicas y médicas más importantes del mundo intentan con urgencia crear salvaguardas internacionales para impedir que este tipo de experimentos malintencionados se vuelva a realizar.

Sin embargo, los científicos discrepan en cómo hacerlo. Incluso los inventores de Crispr, la herramienta de modificación de genes que utilizó He, difieren sobre el mejor enfoque.

Algunos científicos quieren que se imponga una moratoria de varios años a la creación de embarazos con embriones humanos genéticamente modificados. Otros opinan que una moratoria sería demasiado restrictiva, o difícil de implementar. Algunos consideran que las revistas científicas deberían acordar no publicar investigación relacionada con la modificación de embriones. Otros consideran que eso es desacertado o ineficaz.

Pero la mayoría coincide en que las principales instituciones de ciencias y salud deben actuar con rapidez. La Organización Mundial de la Salud está reuniendo un panel para desarrollar normas globales que los gobiernos tengan que seguir.

Los líderes de la Academia Nacional de Medicina y la Academia Nacional de Ciencias en Estados Unidos, junto con la Academia China de las Ciencias, han propuesto una comisión que también incluya a las academias de otros países con el objetivo de desarrollar criterios.

Vigilar el cumplimiento de ello recaería en cada país, muchos de los cuales ya cuentan con regulaciones relevantes.

El temor no es sólo que los bebés podrían desarrollar problemas de salud imprevistos que podrían heredarse, o que pudiera haber intentos por producir bebés alterados genéticamente a favor de rasgos físicos, inteligencia o desempeño físico. A los científicos también les preocupa una reacción negativa contra la modificación de genes que no involucra a embriones y tiene más potencial para tratar o prevenir enfermedades.

No sólo estaban algunos científicos estadounidenses al tanto de las intenciones de He, uno de ellos quizá lo haya apoyado. Michael Deem, que fue su asesor de doctorado en la Universidad Rice, en Texas, dijo a The Associated Press que estuvo presente en China durante el procedimiento de consentimiento informado con las parejas que participaron en el proyecto. Rice está investigando el asunto.

He, de treinta y tantos años, dio a conocer su trabajo en un anuncio vía video en noviembre.

“Estaba horrorizada; me hizo sentir físicamente mal”, declaró Jennifer Doudna, una de las creadoras de Crispr.

He dijo que había inhabilitado un gen en los embriones que permite que la gente se infecte de VIH, algo que es médicamente innecesario ya que existen maneras más sencillas y seguras de prevenir el VIH.

Los datos que presentó sugieren que la modificación tal vez haya causado alteraciones genéticas imprevistas que podrían tener repercusiones desconocidas en la salud. Hay dudas de que He, quien dijo que había creado un segundo embarazo que las autoridades chinas reportaron que se sigue gestando, se haya asegurado de que los padres de las bebés comprendían los riesgos del procedimiento.

Otro de los estadounidenses con los que He habló, William Hurlbut, profesor de Ética en Stanford, comentó que expresó un rechazo rotundo al proyecto en sus conversaciones con He, al advertirle que, entre otras cosas: “’Esto podría afectarte, podría humillarte’”.

Si He hubiera estado trabajando en colaboración con universidades o instituciones de financiamiento estadounidenses, los científicos podrían haberlas alertado, comentó Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud. El sistema de China es tan complejo que puede que los científicos estadounidenses no sepan “exactamente qué tipo de alarma activar o a quién deben dirigirse”, afirmó.

Los esfuerzos para idear una respuesta internacional coordinada cobraron fuerza a fines de enero cuando las autoridades chinas señalaron que una investigación inicial del Gobierno descubrió que He había “violado seriamente” las regulaciones del Estado, de acuerdo con los medios estatales chinos.

Los hallazgos —que falsificó documentos sobre ética, usó métodos peligrosos e ineficaces de modificación genética y evadió deliberadamente la supervisión— sugieren que He podría enfrentar cargos criminales. Su hogar académico, la Universidad de Ciencia y Tecnología del Sur, en Shenzhen, rescindió su contrato.

Inicialmente se desconocía si He enfrentaría consecuencias. En años recientes, China ha invertido millones de dólares con el objetivo de convertirse en una potencia científica, incluyendo dinero para atraer de vuelta a China a científicos como He, quien hizo labor de doctorado y postdoctorado en Estados Unidos.

“Este anuncio confirma una ‘raya roja’ internacional de conducta ética y científica para ayudar a asegurar que esta clase de labor radical, médicamente innecesaria y negligente no vuelva a ocurrir”, dijo Doudna, bioquímica en la Universidad de California, en Berkeley.

Aunque He ha dicho que su motivación era proteger a la gente del VIH, también está claro que buscaba la aprobación de científicos destacados. Varios meses antes del nacimiento de las gemelas, solicitó una reunión con Feng Zhang, otro de los inventores de Crispr.

En el laboratorio de Zhang en el Instituto Broad, en Boston, He mostró datos de su modificación genética de embriones humanos en una placa de Petri, lo cual no asustó a Zhang pues ya lo habían hecho otros científicos.

Sin embargo, sí criticó fuertemente los “grandes problemas” de los resultados de modificación genética de He.

He no mencionó nada sobre implantar los embriones, afirmó Zhang.

Algunos expertos dicen que la mejor manera de bloquear los usos erróneos de la modificación genética es vía la acción coordinada de los actores públicos y privados involucrados en las nuevas tecnologías científicas, incluidas las agencias reguladoras, las oficinas de patentes, las organizaciones de financiamiento y las aseguradoras de responsabilidad.

En un artículo reciente en la revista New England Journal of Medicine, R. Alta Charo, especialista en bioética en la Universidad de Wisconsin, en Madison, recomendó un “ecosistema integral de entidades públicas y privadas que puedan contener a los rebeldes que hay entre nosotros”.

El primer paso quizá sea una comisión internacional, liderada por las academias de ciencia y medicina de Estados Unidos, que muchos países ya han accedido a formar, afirmó Victor Dzau, presidente de la Academia Nacional de Medicina, en Washington. De ser así, este año emitiría un informe estableciendo directrices a detalle.

 The New York Times