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Por Joshua Barone

PARÍS — La Ópera de la Bastilla fue un hazmerreír antes de siquiera ser construida.

Celebrando su trigésimo aniversario este año, el más grande y moderno de los dos teatros de la Ópera de París es ampliamente considerado como uno de los más feos de Europa.

Y la historia de su origen comienza con un error. François Mitterrand, el Presidente de Francia, ordenó que se construyera una nueva casa de la ópera a principios de los 80. Tras recibir propuestas que tenían ocultos los nombres de los arquitectos, Mitterrand y sus asesores eligieron un diseño que pensaron era de Richard Meier, en ese entonces una estrella.

No era así.

El nombre que fue revelado fue Carlos Ott, un arquitecto uruguayo-canadiense relativamente desconocido que no tenía ningún crédito importante en su currículum. Pero Mitterrand se comprometió con la construcción de un coloso que se convirtió en el tercer edificio más grande de la Ciudad.

Planeado originalmente para la zona de Parc de la Villette, a las afueras de París, el teatro fue trasladado a la Plaza de la Bastilla, donde alguna vez se irguió la famosa prisión.

La ubicación tenía sentido para la fecha de apertura, que buscaba coincidir con el aniversario número 200 del inicio de la Revolución Francesa, cuando la prisión fue tomada por los insurgentes. Y para los 80, la Bastilla era una zona de clase obrera; la casa de ópera fue concebida con un público extendido en mente.

En ese menester, la Ópera de la Bastilla ha sido un éxito: la edad promedio de su público es casi 10 años más joven que el de la Ópera Metropolitana en Nueva York, y no es inusual que la Ópera de París tenga localidades agotadas tanto en el Palacio Garnier del siglo 19 (su sede de 2 mil butacas en el Centro de la Ciudad) como en la Bastilla, que tiene 2 mil 700 butacas.

“Creo que a mucha gente no le gusta el edificio”, dijo Stéphane Lissner, director de la compañía. “Pero la gran mayoría cree hoy que valió la pena, porque mucha gente puede ir a la ópera”.

Pero la Bastilla ha sido objeto de burla durante toda su existencia. Si se le pregunta a la gente en París qué aspecto tiene el edificio, probablemente escuchará hospital, alberca, oficina de Gobierno o aeropuerto. Los espacios del vestíbulo son estrechos, aglomerados y brillantemente iluminados.

El teatro está desprovisto de calidez: sus muros de piedra y arbotantes tienen todo el encanto de un hotel o un centro de convenciones.

La Bastilla nunca buscó ser una actualización de la Garnier —su misión populista tenía como objetivo deshacerse de algo de la pomposidad percibida de la Garnier— pero Ott quizás fue demasiado lejos. Manuel Brug, un crítico alemán, dijo que su abundancia de piedra y metal, y ángulos severos, la ha dejado “tan sobria”.

También es víctima de una mala planeación urbana. La Plaza de la Bastilla es una rotonda con un monumento en el centro.

El espacio es un escenario común para manifestaciones; un sábado reciente, fue donde convergieron las protestas de los Gilets Jaunes (“chalecos amarillos”), lo que llevó a la cancelación de un ensayo público de “Rusalka”.

Ha habido algunos esfuerzos de mejora. Para celebrar el aniversario número 350 de la Ópera de París, y el aniversario de la Bastilla, la compañía comisionó esta temporada a Claude Lévêque para que creara instalaciones de arte para sus dos teatros. Barras iluminadas coronan la fachada de la Bastilla cual tiara.

Y Lissner, tras asumir su puesto en el 2015, instaló una enorme pantalla arriba de los escalones. “Cuando estás afuera, no puedes darte cuenta de qué tipo de edificio es este”, dijo. “Así que decidí poner esta pantalla afuera para mostrar el programa e imágenes de la ópera”.

La Ópera de París también planea un nuevo espacio ahí, uno modular con cupo para 800 personas. Tras realizar una competencia, la compañía contrató hace poco a la firma danesa Henning Larsen Architects, conocida por la Ópera de Copenhague y la sala de conciertos Harpa, en Reikiavik, Islandia.

Esta vez, no hubo ninguna equivocación sobre el creador del diseño elegido.

The New York Times