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Amor estilo androide: es complicado

Matt McMullen ajusta el cerebro de Harmony, un robot sexual, en su compañía Abyss Creations. (Graham Walzer para The New York Times)

La idea de que los humanos pueden forjar relaciones emocionales, o incluso sexuales, satisfactorias con dispositivos digitales ya no está confinada a las películas distópicas de ciencia ficción

Por Alex Williams

Cuando Akihiko Kondo, un administrador escolar de 35 años en Tokio, caminó al altar vestido de esmoquin en noviembre, su madre no estaba entre los 40 invitados que habían ido a expresar sus buenos deseos. Para ella, dijo, “no era algo qué celebrar”.

La novia, una cantante con dos colas de caballo color azul verdoso llamada Hatsune Miku, no es sólo una famosa artista de la grabación que llena estadios por todo Japón, también es un holograma.

Kondo insiste en que la boda no fue un truco publicitario, sino un triunfo del amor verdadero tras años de sentir que las mujeres de la vida real lo condenaban al ostracismo por ser otaku, o geek, del anime.

Se considera a sí mismo una minoría sexual que enfrenta discriminación. “Simplemente no está bien”, dijo al periódico The Japan Times. “Es como si intentaras convencer a un hombre gay de que salga con una mujer, o a una lesbiana de que tenga una relación con un hombre”:

La idea de que los humanos pueden forjar relaciones emocionales, o incluso sexuales, satisfactorias con dispositivos digitales ya no está confinada a las películas distópicas de ciencia ficción como “Ex Machina” y “Her”, historias en las que nerds de la tecnología solitarios se enamoran de mujeres fatales impulsadas por software.

Los pioneros del romance humano-androide tienen ahora un nombre, “digisexuales”, que algunos académicos y futuristas sugieren que constituye una identidad sexual emergente.

Pero en un mundo en el que los juguetes sexuales que responden y dan retroalimentación y los robots sexuales que funcionan con inteligencia artificial avanzan poco a poco hacia la corriente principal, ¿son los digisexuales un grupo marginado, destinado a permanecer reprimido en la clandestinidad sexual? ¿O, en una cultura repleta de pornografía en línea, el “sexting” y las citas en Tinder, acaso no es todo el mundo un digisexual de clóset?

Neil McArthur, profesor asociado de filosofía en la Universidad de Manitoba, y Markie Twist, profesora de desarrollo humano y estudios familiares en la Universidad de Wisconsin, en Stout, publicaron una investigación el año pasado llamada “El Ascenso de la Digisexualidad”.

Trazaron una línea entre digisexualidad de “primera oleada” (pornografía en línea, apps para concertar encuentros sexuales, “sexting” y juguetes sexuales electrónicos), donde la tecnología es un sistema de entrega para la satisfacción sexual, y digisexualidad de “segunda oleada”.

Quienes practican la segunda forman relaciones más profundas vía tecnologías de inmersión como realidad virtual (RV), realidad aumentada y robots sexuales equipados con inteligencia artificial (IA).

Twist, quien tiene un consultorio clínico, dijo que tiene varios pacientes veinteañeros y treintañeros que entran en la categoría de digisexuales de segunda oleada. “No han tenido contacto con humanos y realmente no tienen interés en el sexo con personas”, apuntó.

Una compañía californiana llamada Abyss Creations fabrica un robot sexual femenino con rostros intercambiables —¿prefiere usted a Harmony o a Solana?— con un cerebro equipado con IA que permite que la muñeca guiñe el ojo, platique y murmure tiernas palabras. (Una versión masculina llamada Henry, con un pene biónico, está en desarrollo). Su precio: de 12 mil dólares en adelante.

Para aquellos que no puedan darse el lujo de comprar un androide sexual, hay versiones robóticas de un burdel. Un burdel robótico en Moscú cobra alrededor de 90 dólares por un encuentro de 30 minutos con un sexbot (también hay tríos disponibles).

Cada salto tecnológico es una nueva oportunidad para desdibujar las líneas que dividen al cibersexo del sexo real. Las líneas desdibujadas podrían incluso ser inevitables, dijo Bryony Cole, fundadora de Future of Sex, una compañía de medios en Nueva York que produce podcasts, seminarios e investigación sobre sexualidad.

“En el futuro, el término ‘digisexual’ no será relevante”, dijo Cole vía correo electrónico. “Generaciones posteriores jamás habrán conocido una distinción entre sus vidas en línea y fuera de línea. Tal vez crezcan con chatbots de educación sexual, hagan el amor con el universo en su propio mundo creado en realidad virtual o conozcan a su media naranja a través de un holograma”.

Pero la digisexualidad podría resultar ser tan complicada como el sexo real. En una feria de tecnología austriaca en el 2017, una versión de la muñeca Samantha, del creador de robots Sergi Santos, presuntamente respondió “estoy bien” después de que hombres la montaron con rudeza y la dejaron sucia y dañada.

Santos trabaja ahora en una versión del robot que estará programada para apagarse cuando el sexo se vuelve demasiado brusco.