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Por Jim Farber

NEWARK, Nueva Jersey — “Despejen la pista”, dijo Nile Ahmid, un DJ en el patinadero Branch Brook Roller Skating Center. Era alrededor de la medianoche, y había estado operando la tornamesa con música house y hip-hop durante las últimas tres horas. “El siguiente patinaje es sólo para trenes”, añadió.

Se encendieron las luces y 400 patinadores detuvieron sus ruedas. A la señal, unieron los brazos en grupos predefinidos de 3 a 10 patinadores para formar los llamados trenes, una característica del estilo de patinaje específico de Nueva York y Nueva Jersey.

La edad de los patinadores oscilaba entre finales de la adolescencia y más de 60 años, y había tanto homosexuales como heterosexuales. Pero en términos de raza, el 95 por ciento era afroamericano, un grupo demográfico que ha definido y dado contexto histórico a eventos similares de patinaje en ciudades de todo Estados Unidos.

“El patinaje está muy arraigado en nosotros”, dijo Brandon Young, de 27 años, intendente en el sistema de escuelas públicas de Newark, quien patina en Branch Brook. “Es toda una cultura”.

El vínculo entre afroamericanos y noches de patinaje de adultos está profundamente ligada a la dolorosa historia de segregación de EU. Esa relación, que incluye políticas racistas y la rica cultura que surgió en reacción, es el tema de “United Skates”, un documental que está siendo transmitido por HBO este mes.

Bajo el mando de Tina Brown y Dyana Winkler, que debutan como directoras, el filme detalla las insidiosas maquinaciones que han mantenido separados a patinadores blancos y de color, y celebra la escena del patinaje nocturno de raza negra.

Ni Brown ni Winkler patinan, pero hace varios años quedaron fascinadas por un grupo de patinadores de día en el Central Park de Nueva York, suponiendo que eran el último vestigio de la tendencia roller disco de fines de los 70 y principios de los 80.

“Nos dijeron, ‘el patinaje no está muerto. Simplemente se volvió clandestino’”, recordó Brown. “Necesitan venir con nosotros a una fiesta nacional de patinaje nocturno”.

Así que esa noche a las 3:00 horas, tomaron un autobús con destino a Richmond, Virginia. Al llegar al patinadero, vieron a miles de patinadores de todo el País.

“En la iglesia, dejas tus problemas en el altar”, dijo Phelicia Wright, gerente inmobiliaria en Los Ángeles que patina en muchos estilos. “En el patinadero, dejamos todos nuestros problemas en la pista”.

Los patinaderos también jugaron un papel fundamental en la promoción temprana del hip-hop. En los 80, cuando artistas como Salt-N-Pepa, Naughty by Nature y N.W.A., así como sus fans, eran vistos con recelo por muchas salas de concierto establecidas, lo que los privaba de contrataciones normales, los patinaderos los aceptaban gustosamente.

Sin embargo, el sentido de comunidad del mundo del patinaje contradice la historia de violencia y prejuicios que se le impone. Durante la segregación, los patinaderos mantenían separados a los clientes blancos de los de raza negra.

Aun después de la integración, muchos patinaderos mantenían separados a negros y blancos.

Y hoy, muchos tienen letreros que dicen “se prohíben pantalones holgados y caídos” o “se prohíbe el hip-hop”, lo que algunos consideran que es para disuadir a clientes afroamericanos. Es posible que las tácticas repugnantes que mantienen separados a los patinadores blancos y los de color hayan ayudado a solidificar una cultura distintiva.

“Una de las ironías de la segregación es que creó libertad para que los afroamericanos crearan magia en sus propios espacios”, dijo Winkler.

Al mismo tiempo, el patinaje nocturno se ha visto amenazado por los precios al alza de los bienes raíces. En la última década, veintenas de patinaderos clave han cerrado.

Antwan Vines, de 25 años, un repartidor en Newark y estrella de la escena local, dijo que prefiere patinar a casi cualquier actividad de ocio.

“Si vas a jugar basquetbol, no puedes tener la gran música hip-hop que nosotros tenemos”, dijo Vines. “Si vas a un antro, siempre estás viendo a todos lados para ver quién está ahí. Pero el patinaje ofrece una especie de diversión que llega al alma”.

 The New York Times