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Por Isabella Kwai

MELBOURNE, Australia — Fue una experiencia desalentadora en una organización corporativa grande lo que motivó a Morgan Coleman a convertirse en emprendedor.

Al principio, le enorgullecía trabajar ahí. Pero como uno de los pocos empleados indígenas, pronto sintió que era tratado con condescendencia y no era bien recibido por algunos, y le preocupaba que su gerente resintiera su presencia debido a sus antecedentes como isleño del Estrecho de Torres.

Ahora, como parte de un creciente número de australianos indígenas que hallan éxito como emprendedores incluso al tiempo que ha caído el índice de propiedad de negocios no indígenas, siente que su futuro depende exclusivamente de su mérito.

“Depende totalmente de mí si tengo éxito o no”, dijo hace poco Coleman, de 28 años, en las oficinas en Melbourne de Vets on Call, la app que fundó. “Al mercado no le importa si eres indígena o no”.

El número de australianos indígenas que dirigen y son dueños de empresas creció en aproximadamente un 30 por ciento del 2011 al 2016, de acuerdo con la Universidad Nacional Australiana.

Y en vista de que la población indígena es más joven que el País en general —con una media de edad de 23 años— los emprendedores indígenas dicen que ser dueños de negocios les resulta atractivo y los hace sentir empoderados.
Eso es particularmente significativo en un País que todavía batalla con las repercusiones de políticas racistas que separaron a niños indígenas de sus padres, les negaron a pueblos indígenas sus derechos a sus tierras y les impedía votar.

Para muchos, el espíritu emprendedor también es un esfuerzo para combatir estereotipos.

“No sólo somos buenos en deportes —somos buenos en ciencia y somos buenos en tecnología”, dijo Marsha Uppill, de 45 años, una adnyamathanha que fundó la compañía Arranyinha.

En el 2015, el Gobierno de Australia introdujo objetivos para otorgar contratos a negocios indígenas, y el año pasado dio a conocer nuevos apoyos financieros, además de un Fondo de Emprendedores Indígenas que ofrece 90 millones de dólares australianos, o alrededor de 65 millones de dólares, en ayuda.

Uppill ganó una subvención del Gobierno que le ayudó a establecer su empresa, pero Coleman no era elegible. Financió Vets on Call, que permite que dueños de mascotas reserven visitas de veterinarios a domicilio, con sus propios activos.

Aunque muchos no tienen activos o una red de seguridad financiera, eso no ha impedido que presenten argumentos de venta, diseñen y hagan lluvias de ideas, dijo Dean Foley, de 30 años, un kamilaroi que fundó Barayamal, una aceleradora para emprendedores indígenas.

Es ese tipo de ética lo que impulsa a Coleman, cuyo padre indígena fue enviado a vivir lejos de su familia durante su infancia, y a Uppill, cuya madre fue sacada de su hogar en la Sierra de Flinders, en el sur de Australia, cuando tenía 7 años.

Uppill dijo que le impresionaba la mentalidad de sus mayores. “Los aborígenes siempre han sido emprendedores”, dijo.

Ser indígena es una ventaja, añadió Coleman. “Somos muy tenaces”.

The New York Times