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Por Melissa Eddy

BERLÍN — A pesar de todas las atracciones que tiene Berlín, el lugar que encabeza las listas de sitios de visita obligatoria para muchos de los turistas que van a la Ciudad es una pequeña caseta de madera.

La otrora caseta de vigilancia se encuentra detrás de una hilera de sacos de arena en una intersección concurrida ubicada en el corazón del Centro de la Ciudad, bajo un anuncio que dice “Puesto de Control del Ejército de Estados Unidos”. Este lugar es mejor conocido por el mundo como Checkpoint Charlie o Puesto de Control Charlie.

Durante la Crisis de Berlín de 1961, los tanques soviéticos y estadounidenses se encontraron en este cruce cañón contra cañón en una confrontación que amenazó con sumergir a la humanidad en otra guerra más. Después de seis tensos días, los dos bandos se retiraron sin disparar un solo tiro. Pero el sitio permaneció como la zona cero de la división de la Guerra Fría que partió al mundo en bloques opuestos.

“No hay equivalente en ninguna parte, donde los tanques hayan estado en un impasse y el mundo se hubiera preocupado por estar al borde de la Tercera Guerra Mundial”, afirmó Hope M. Harrison, profesora de Historia en la Universidad George Washington, en Washington. “Eso es lo que hace tan singular al Puesto de Control Charlie”.

Ahora el Puesto de Control Charlie es el sitio de otra confrontación, una que enfrenta a desarrolladores con historiadores.

La ciudad de Berlín aprobó en 2017 planes para construir edificios comerciales y residenciales, entre ellos un Hard Rock Hotel, en los últimos dos terrenos no desarrollados en el lugar. Se incluyó espacio para un museo, pero estaría integrado en los edificios comerciales, con espacio para exhibiciones en gran parte subterráneo.

Los planes provocaron una intensa respuesta negativa. Trockland, el desarrollador, fue acusado de “proponer la transformación del Puesto de Control Charlie en un parque de diversiones” en una carta abierta escrita por Thomas Flierl, ex Ministro de Cultura de la Ciudad, y otros cinco planeadores citadinos, arquitectos e historiadores.

Las protestas alcanzaron tal nivel que las autoridades berlinesas repentinamente abandonaron el proyecto en diciembre. La oficina de desarrollo de la Ciudad ahora afirma estar trabajando en un plan nuevo, que espera esté listo en un año.

En las tres décadas desde la caída del Muro, la historia del ex punto de cruce fronterizo siempre ha tomado un segundo plano contra el comercio y el turismo.

Arriba del letrero en inglés, ruso, francés y alemán que informa a los visitantes: “Está Saliendo del Sector Estadounidense”, otro letrero indica el camino hacia un KFC. Dos locales más adelante, McDonald’s ofrece otra probadita más de Estados Unidos.

Del lado este de la caseta —réplica de la original, que está en un museo—, hombres jóvenes con lentes de aviador y vestidos con uniformes militares de los 60s aguardan de pie. En una mano sostienen la bandera estadounidense. Con la otra, hacen la seña de pulgar arriba o abrazan a los turistas dispuestos a pagar unos cuantos euros para tomarse una foto.

Dominick Devismes contempló una exposición al aire libre que mostraba imágenes de la Guerra Fría que revivieron recuerdos de su niñez en Francia.
“Deben conservarlo, de otra manera los jóvenes olvidarán”, comentó Devismes. “Al igual que Berlín, el puesto sigue siendo simbólico”.

 The New York Times