•  |
  •  |

Por Thomas Erdbrink

(Ensayo)

En febrero de 1979, Teherán estaba en caos. Mohamed Reza Pahlavi, el autócrata respaldado por Occidente aquejado de cáncer, había partido al exilio en enero, dejando atrás un raquítico consejo regente.

El 1 de febrero, el gran ayatolá Ruhola Jomeini, el padrino de la revolución, regresó de su exilio en París. Manifestantes tomaron las calles hasta que el Gobierno se colapsó el 11 de febrero.

Los iraníes eufóricos bailaban en las calles, evadiendo a los soldados mientras algunos francotiradores restantes pro Gobierno disparaban desde los techos. Las familias se sumaron a las protestas masivas, mientras justicieros saqueaban las licorerías y la gente besaba la frente de los clérigos que encabezaron la revolución.

Hace 40 años, los iraníes desbordaban de orgullo y esperanza de un mejor futuro. Los sueños de libertad y de independencia de Estados Unidos habían avivado a los revolucionarios. Sin embargo, el cambio profundo y veloz puede dejar heridas profundas y duraderas. Hubo azotamientos, ahorcamientos, amputaciones y encarcelamientos masivos. Miles de personas murieron y cientos de miles abandonaron el País, para nunca volver.

Lo que materializó fue verdaderamente revolucionario: una república islámica, una teocracia cimentada en la ideología inspirada en gran medida por el ayatolá Jomeini.

Se pusieron en vigor nuevas reglas que prohibían cualquier cosa que llevara a la perdición de la gente y le impidiera su ascenso a una vida divina después de la muerte: controles estrictos a los medios para aislar a los iraníes de las influencias occidentales; una segregación absoluta de los sexos en lugares públicos; velo obligatorio para las mujeres; prohibiciones al alcohol y a instrumentos musicales en la televisión; reglas prohibiendo a las mujeres andar en bicicleta. Prohibición tras prohibición, celosamente y en ocasiones brutalmente impuestas por la policía moral y la fuerza paramilitar Basij.

Pero con el paso de los años, a medida que el fervor revolucionario daba paso al anhelo de una existencia más normal, las reglas se volvieron negociables. Mientras que el sistema político sigue siendo básicamente igual que en esos primeros años, la sociedad ha cambiado poco a poco, a veces casi imperceptiblemente.

Esos cambios han sido enormes y el Irán que celebra su cuadragésimo aniversario está más cerca que lo que los externos ven de ser ese país “normal” que desean los iraníes.

Tomó tiempo para que los cambios alcanzaran masa crítica. La primera vez que visité Irán como joven reportero, se acababa de cumplir el vigésimo aniversario de la revolución y el País aún estaba viviendo a la altura de su imagen revolucionaria. Los rascacielos estaban decorados con murales antiestadounidenses o retratos de los mártires de la guerra de Irak de 1980 a 1988.

En un parque pequeño, cerca de donde viviría, chicos y chicas se reunían en secreto, lejos de los ojos fisgones de sus familiares, pero también de la policía moral.

En ese entonces, era dentro de los hogares donde vi un Irán diferente. Cruzar una puerta principal con frecuencia significaba entrar a una realidad donde desaparecían todas las reglas aplicadas en las calles.

Se contaban historias —Irán tiene una profunda cultura de narración oral— y las carcajadas eran seguidas por gente bailando al son de canciones pop persas contrabandeadas desde Los Ángeles. A menudo, la música era acompañada por alguien que tocaba un tambor, o un sartén para arroz tomado del estante de la cocina. Todos —contadores, periodistas, doctores, enfermeras— disfrutaban los fines de semana de fiestas, que técnicamente eran ilegales.

Con los años, los cambios comenzaron a filtrarse al exterior.

Hoy, están en todas partes. No es raro ver a una mujer con cabello rosa debajo de su velo. Las mujeres se mueven por el tráfico en bicicletas, incluso en motos.

Mientras que la televisión estatal aún se rehúsa a mostrar instrumentos musicales, en Teherán hay músicos callejeros.

Las conexiones con el mundo exterior —el internet, por supuesto, pero en particular las transmisiones de televisión satelital— fueron motores cruciales del cambio.

Un día, la policía hizo una incursión en nuestro edificio de departamentos y destruyó las antenas de satélite que estaban en el techo. La única que quedó fue la mía —como periodista contaba con permiso especial para tener una. Pero para el día siguiente, mis vecinos tenían antenas nuevas.

La policía también se ha dado por vencida en esa lucha; sencillamente hay demasiadas antenas. Los iraníes hoy pueden ver más de 200 canales en persa que operan desde el extranjero.

Antes si una pareja heterosexual iba caminando de la mano por la calle, atraía las miradas. Las muestras públicas de afecto no eran bien vistas, particularmente entre parejas solteras. Hoy esas parejas abundan en parques, besándose en lo oscurito y abrazándose durante conciertos de rock.

La política es otra historia: en 2009, con la Revolución Verde, la gente protestó contra una elección considerada fraudulenta, pero esas manifestaciones fueron reprimidas con violencia.

Ahora los líderes iraníes enfrentan un dilema sobre traducir los cambios sociales en leyes y costumbres, o intentar aferrarse a los ideales revolucionarios de hace 40 años.

 The New York Times