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Por Natalie Angier

La mayoría de las moscas hembras toman un enfoque de entorno barato para tener a sus crías, al depositar veintenas de huevecillos del tamaño de una semilla en la basura o sobre las heces de mascotas para que se incuben, dejando a las larvas a valerse por sí mismas.

Sin embargo, la mosca tse-tse gesta a sus crías en su interior, una a la vez, y las da a luz. Cuando cada cría sale de su útero después de nueve días, madre e hijo tienen prácticamente el mismo tamaño.

“Es el equivalente a dar a luz a alguien de 18 años”, dijo Geoffrey Attardo, un entomólogo que estudia a las moscas tse-tse.

La mosca tse-tse recién nacida parece una granada de mano. La larva es sólo una gran bolsa de leche.

Y realmente es leche —un líquido de diseñador nutricional, bioquímico e inmunológico que el cuerpo de la madre ha elaborado de sus consumos de sangre y bombea a su cría en desarrollo. Abotargada así, la larva de una mosca tse-tse puede sin problemas excavar bajo tierra e incubar durante 30 días antes de emerger en estado adulto.

En un reciente análisis químico y genético de la leche de la mosca tse-tse, Attardo y sus colegas quedaron impactados al descubrir lo similar que era al producto de la glándula que nos etiqueta como mamíferos.

“Yo esperaba algo completamente diferente”, dijo Attardo. “Pero hay traslapes fascinantes e impresionantes con la leche mamífera en las clases de proteínas que vemos”.
Las nuevas investigaciones sobre las tse-tse son sólo un ejemplo del hallazgo por parte de los científicos del equivalente a la leche de mamá en una variedad de lugares desprovistos de mamas: en arañas, cucarachas y escarabajos enterradores; en tiburones blancos, pingüinos emperador machos y flamencos de ambos sexos.

Donde sea que se presente, la lactancia es costosa y exige justificación evolutiva. Los flamencos son de las pocas aves que fabrican leche para sus crías, y el esfuerzo les roba todo el color.
El macho y la hembra construyen el nido juntos, incuban un solo huevo grande y, cuando el polluelo sale del cascarón, ambos producen la espesa leche de buche con la cual se

alimentará el polluelo durante nueve meses. Los chillidos suplicantes del polluelo estimulan en el cerebro de los padres la liberación de prolactina —la misma hormona que promueve la lactancia en los humanos— la cual a su vez provoca que las células que recubren el buche, en la base del cuello de los padres, aumenten su tamaño y secreten la fórmula mágica.

Rebosante de proteínas y más grasosa que la leche mamífera, la leche de flamenco “tiene la consistencia del queso cottage”, dijo Paul Rose, investigador de flamencos en la Universidad de Exeter, en el Reino Unido.

También es de un intenso color rosa. Los padres le añaden a la lecha los mismos pigmentos carotenoides que normalmente tiñen las plumas del flamenco y que da la casualidad que son antioxidantes.
Con el paso de los meses, los padres deben consistentemente incrementar la producción de la leche para satisfacer la demanda. Para cuando el joven flamenco está casi de su tamaño adulto, de cuerpo robusto y de tono sonrojado, sus padres lucen flacos y desgastados y sus plumas otrora fucsias ahora son blancas como la nieve.

Se cree que los ancestros de los mamíferos modernos ponían el tipo de huevos porosos de cascarón blando que hoy se ve en las lagartijas, las víboras y un par de extraños mamíferos monotremata, como el ornitorrinco.

Los huevos blandos corren el riesgo crónico de secarse, lo que significa que las víboras y lagartijas modernas a menudo se ven limitadas por la necesidad de poner sus huevos en un lugar relativamente húmedo.

Nuestros antiguos antepasados tropezaron con una solución liberadora: conviértete en una regadera y entonces puedes poner tus huevos donde quieras.

“Es probable que la primera función de la leche fuera hidratar los huevos blandos que se ponían sobre tierra seca”, señaló Amy Skibiel, experta en lactancia mamífera.

Los huevos blandos también están en riesgo de infiltración microbiana y los estudios genéticos indican que las primeras soluciones para la hidratación de huevos estaban enriquecidas con componentes antipatógenos.

Así que, ¿por qué no continuar con el riego después de la salida del cascarón, como alimento para las crías?

Una vez que el linaje de los mamíferos adoptó el método de secreciones, la leche se diversificó rápidamente, con las recetas siendo determinadas por una combinación de necesidad, dieta y qué parientes se tenían.

Por ejemplo, la cantidad y variedad de azúcares en la leche humana superan las de cualquier otro gran simio, comentó Michael Power, investigador de lactancia en el Parque Zoológico Nacional Smithsoniano, en Washington.

Él propone una razón sorprendente de ello: no para formar nuestro gran cerebro, como algunas personas han sostenido, sino porque necesitábamos las propiedades antimicrobianas del azúcar para que nos ayudaran a lidiar con todos los nuevos patógenos con los que nos topamos cuando comenzamos a vivir en cercanía con otros animales.
“Nuestro cerebro creó nuestra leche”, afirmó Power, “no al revés”.

 The New York Times