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Por Elizabeth Dias

Gregory Greiten tenía 17 años cuando los sacerdotes organizaron el juego. Era 1982 y se encontraba en un retiro con sus compañeros de clase de St. Lawrence, un seminario católico para adolescentes que se preparaban para ser sacerdotes. Los líderes preguntaron a cada chico qué preferiría: ser quemado en el 90 por ciento de su cuerpo, estar parapléjico o ser gay.

Cada uno eligió ser achicharrado o estar paralizado. Ninguno mencionó la palabra “gay”.

Lección aprendida. Siete años después, se trepó en la ventana de su dormitorio en el seminario con una pierna colgada en la orilla. “Realmente soy gay”, recuerda Greiten, ahora sacerdote cerca de Milwaukee, haberse dicho por primera vez. “Fue como una sentencia de muerte”.

El clóset de la Iglesia católica gira sobre una contradicción imposible. Durante años, los líderes de la Iglesia han ahuyentado en deshonra a los congregantes gay e insistido en que las “tendencias homosexuales” son “un trastorno”. Y, sin embargo, miles de sacerdotes son gays.

Los casos de presbíteros gays están ocultos del mundo exterior, conocidos sólo entre ellos mismos, si acaso.

Menos de 10 de los curas en EU se ha atrevido a revelar su homosexualidad públicamente. Pero es probable que los gays compongan al menos entre el 30 y 40 por ciento del clero católico estadounidense, de acuerdo con estimaciones de sacerdotes gays e investigadores. Algunos sacerdotes dicen que la cifra se acerca más al 75 por ciento.

Dos docenas de seminaristas y curas gays compartieron detalles de sus vidas con The New York Times. Casi todos pidieron confidencialidad. A unos cuantos les habían prohibido expresamente hablar siquiera de la homosexualidad. La Iglesia casi siempre controla la vivienda, seguro médico y pensión de jubilación de un sacerdote. Él podría perder esas tres cosas si su Obispo determina que su sexualidad lo descalifica, aun si es fiel a sus votos de celibato.

El entorno para los curas gays se ha vuelto más peligroso. La caída de Theodore E. McCarrick, el otrora poderoso Cardenal que fue expulsado del sacerdocio el 16 de febrero por abuso sexual de niños y hombres jóvenes, ha exacerbado las acusaciones de que la homosexualidad es la culpable de la renaciente crisis de abusos de la Iglesia.

Una y otra vez, los estudios encuentran que no hay conexión entre ser gay y abusar de menores. Y, sin embargo, Obispos prominentes han señalado a los sacerdotes gays como la raíz del problema, y las organizaciones mediáticas de derecha atacan lo que han llamado la “subcultura homosexual” o “camarilla gay” de la Iglesia.

Incluso el Papa Francisco se ha vuelto más crítico en meses recientes. Ha recomendado que los hombres con “esta tendencia muy arraigada” no sean aceptados para el ministerio.

“Sientes como que todos están ahora en una cacería de brujas por cosas que nunca has hecho”, dijo un párroco del noreste de EU.
Hace unos años, este cambio era casi inimaginable. Cuando el Papa Francisco pronunció su revolucionaria pregunta, “¿quién soy yo para juzgar?” en el 2013, tentó a que se abriera el clóset.

Sin embargo, la crisis de abusos sexuales y el culpar de manera generalizada han llevado a muchos sacerdotes más al fondo del clóset.

“La mayoría de los sacerdotes gays no están seguros”, dijo el Padre Bob Bussen, de Utah, que fue expuesto hace unos 12 años.

“La vida en el clóset es peor que ser chivo expiatorio”, afirmó. “No es un clóset. Es una jaula”.

El protocolo es enseñado en un principio, con frecuencia en el seminario. Numquam duo, semper tres, dice la advertencia. Nunca dos, siempre tres. Muévanse en tríos, nunca en pareja.

“Uno no podía tener una amistad particular con un hombre, porque podrías terminar siendo homosexual”, dijo un sacerdote. “Y no podías tener amistad con una mujer, porque podrías terminar enamorándote, y ambas cosas iban contra el celibato. ¿Con quién tienes una relación que fuera una relación humana saludable?”.

Hoy, la preparación para el sacerdocio en EU por lo regular inicia en o después de la universidad. Pero hasta 1980, la Iglesia a menudo reclutaba chicos para que iniciaran en la adolescencia, quienes están en plena pubertad. Para muchos sacerdotes y Obispos mayores de 50 años, este entorno limitaba el desarrollo sexual saludable. Los curas no pueden casarse, así que la sexualidad desde el principio tenía que ver con abstinencia y obediencia.

Un sacerdote dijo que las reglas le recordaban cómo los estudiantes zurdos eran obligados a escribir con la mano derecha. “Te pueden enseñar a actuar como heterosexual a fin de sobrevivir”, indicó.

Los curas en EU tienden a salir del clóset para sí mismos a una edad mucho mayor que el promedio nacional en EU para los hombres gays: 15 años. Muchos sacerdotes homosexuales hablaron de sentirse divididos entre la negación y la confusión, finalmente reconociéndolo para sí mismos a los 30 o 40 años.

Greiten tenía 24 años cuando se dio cuenta de que era gay y pensó en saltar desde la ventana de su dormitorio. No saltó, pero confió su desesperación a un compañero de clase. Su amigo mismo salió del clóset. Fue una revelación: había otras personas que estudiaban para ser sacerdotes que eran gays, sólo que nadie hablaba de ello.
“Es como un clóset abierto”, dijo Greiten. “Es el hacerlo público y hablar al respecto cuando se vuelve una problemática”.

Un padre recordó una fiesta de hace unos años en la que colegas sacerdotes decían cosas “infames” sobre un Obispo gay. El intervino y reveló su homosexualidad. Perdió tres amigos esa noche. “Rompí el código al anunciarles que era gay”, declaró. “Era una conspiración de silencio”.

Ésa es una razón por la que muchos lo revelan sólo a unos cuantos amigos cercanos.

Todos los sacerdotes deben lidiar con sus votos de celibato, y los pocos curas que salen del clóset aclaran que son castos.

No obstante, muchos sacerdotes dijeron que habían tenido relaciones sexuales con otros hombres para explorar su identidad sexual. Algunos han visto pornografía para ver cómo es que dos hombres tienen relaciones sexuales. Encontraron más angustia que placer.

El clóset significa que durante décadas muchos sacerdotes han guardado entre sí las historias más dolorosas: el seminarista que se suicidó, y los cerillos de un bar gay encontrados después en su cuarto. Los amigos sacerdotes que murieron de sida.

Así que encuentran formas de animarse unos a otros. Comparten libros como el innovador “Building a Bridge”, del Padre James Martin, sobre la relación entre las comunidades católica y LGBT.

Algunos han firmado peticiones contra los programas de terapia de conversión patrocinados por la Iglesia, o se han reunido en retiros privados, luego de encontrar la forma de ocultarlos en sus calendarios de la Iglesia. En ocasiones, un sacerdote podría incluso quitarse su alzacuello y ofrecer bendecir extraoficialmente el matrimonio de una pareja gay.

Algunos llaman a esto rebelión. Pero “no es una camarilla”, dijo un sacerdote. “Es un grupo de apoyo”.

Hace poco más de un año, tras reunirse con un grupo de sacerdotes gays, Greiten decidió que era tiempo de poner fin a su silencio. En una Misa dominical, durante el Adviento, dijo a su feligresía suburbana que era gay y célibe. Todos se pusieron de pie aplaudiendo.

Su caso se volvió viral. Un sacerdote de 90 años le llamó para decirle que él había vivido toda su vida en el clóset y anhelaba que el futuro fuera diferente.

Para algunos líderes de la Iglesia, esa efusión de apoyo puede que haya sido incluso más amenazante que su sexualidad. Su Arzobispo, Jerome E. Listecki, de Milwaukee, emitió un comunicado diciendo que habría deseado que el Padre Greiten no hubiera salido del clóset. Llegaron cartas a raudales que lo llamaban “satánico”, “gay inmundo” y “monstruo” que sodomizaba a niños.

La idea de que los sacerdotes gays son responsables de los abusos sexuales infantiles sigue siendo una creencia persistente, en especial en muchos círculos católicos conservadores.
Los estudios muestran que la homosexualidad no es un indicador del abuso infantil. Esto también es cierto para los sacerdotes, de acuerdo con un estudio del John Jay College of

Criminal Justice en la Ciudad de Nueva York, a raíz de las revelaciones en el 2002 sobre abuso sexual infantil en la Iglesia.

Las estudios encontraron que la experiencia con el mismo sexo no hacía que fuera más probable que los sacerdotes abusaran de menores. Los investigadores no encontraron una causa única para este abuso, pero identificaron que el amplio acceso a niños que tienen los sacerdotes abusivos había sido crítico para su elección de víctimas.

La noción de que cierta identidad sexual conduce a comportamiento abusivo tiene décadas de desmoralizar a los sacerdotes gays.

Los sacerdotes de todo EU se preguntan si su sacrificio vale la pena el costo personal. “¿Acaso voy a dejar el sacerdocio sólo porque estoy harto de esa acusación?”, preguntó Michael

Shanahan, cura de Chicago que salió del clóset hace tres años.

Unos años después del escándalo del 2002, el Vaticano prohibió a homosexuales en seminarios y su ordenación. Cuando la crisis de abusos volvió a surgir el verano pasado, el ex

Embajador del Vaticano en EU, el Arzobispo Carlo Maria Viganò, acusó a “redes homosexuales” de cardenales estadounidenses de trabajar en secreto para proteger a los abusadores.

Y un nuevo libro titulado “Sodoma” en Europa (“In the Closet of the Vatican” en EU) afirma exponer a una enorme subcultura gay en El Vaticano.

Un grupo de sacerdotes gays en Países Bajos se atrevió a escribirle al Papa Francisco, instándolo a permitir que hombres gays y célibes sean ordenados.

Greiten reflexionó sobre todo ello. Quisiera poder hablar con el Papa Francisco.

“No es sólo sobre la crisis de abuso sexual”, dijo. “Están hiriendo y traumando sexualmente a una generación más. Tenemos que alzar la voz y decir no más abusos sexuales, no más traumas sexuales, no más heridas sexuales. Tenemos que hacer las cosas bien cuando se trata de sexualidad”.

The New York Times