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Por Charles Homans

HONG KONG — Era un martes por la noche en diciembre del 2017 cuando las camionetas tomaron una calle lateral en el distrito suburbano de Tai Po. La calle condujo a una playa de guijarros. En el agua esperaba una lancha. Hombres comenzaron a descargar el contenido de las camionetas en la playa. Cuando llegaron los oficiales del Departamento de Aduanas e Impuestos Especiales de Hong Kong, los botes huyeron por el mar. Sin embargo, los oficiales pudieron recuperar parte del contrabando de las camionetas. Había alrededor de un millón de dólares en electrónicos. Y empacadas en cajas de cartón había más de 300 kilos de escamas lisas color café.

Eran de pangolines: un mamífero en peligro extremo de extinción que parece un oso hormiguero con armadura. La carne de pangolín es un manjar en el sur de China, y sus escamas son un ingrediente en la medicina tradicional china. El embarque tenía un valor de unos 300 mil dólares.

En la geografía del comercio ilegal de fauna, Hong Kong ocupa una posición singular. Ha construido su economía como un conector expedito de países y capital, cerca de la China continental.

El apetito de las clases medias y altas de China —por joyas, obras de arte, remedios tradicionales y alimentos exóticos— ha expandido un mercado negro de vida silvestre que ha diezmado especies en África, el sudeste asiático y otros lugares.

El pangolín es la víctima más reciente: cuatro de las ocho especies están en peligro, y el comercio internacional de productos de pangolín ha estado prohibido desde el 2016. Del 2013 al 2017, Hong Kong decomisó 43 toneladas de escamas y cadáveres de pangolín —representando decenas de miles de estos animales— en embarques procedentes de seis países, principalmente Camerún y Nigeria, de acuerdo con la ADM Capital Foundation, una organización ambiental con sede en Hong Kong.

El Gobierno de Hong Kong se ha mostrado reacio a combatir el tráfico. Los funcionarios niegan la existencia de empresas criminales serias. Menos del 20 por ciento de los decomisos de productos de pangolín que la ADM Capital Foundation identificó resultaron en procesos judiciales. Se persiguieron más los casos relacionados con el marfil —el mayor segmento de las incautaciones de Hong Kong por valor, con 26.3 millones de dólares decomisados entre el 2013 y el 2017. Sin embargo, los arrestos rara vez se hicieron arriba del nivel de los traficantes individuales.

La renuencia oficial a aplicar mano dura se explica en parte por la larga historia del territorio como un centro de primera clase para productos de fauna legales. Por ejemplo, las aletas del tiburón martillo común son casi imposibles de distinguir de las aletas de los tiburones azules capturados legalmente.

Igual de difícil es distinguir las vejigas secas de peces capturados de forma sustentable de las de la totoaba, un pez en peligro de extinción capturado ilegalmente frente a las costas de México.

Los esfuerzos también se ven obstaculizados por la magnitud del comercio. El puerto de Hong Kong es el quinto más grande del mundo, con 21 millones de contenedores pasando anualmente. El aeropuerto internacional es líder mundial en carga aérea.

“Tomamos muy en serio la aplicación de la ley”, dijo Tse Chin-wan, subsecretario ambiental de Hong Kong. “Pero tenemos que aceptar la realidad de que Hong Kong es un puerto libre, y ofrece muchas oportunidades para que ocurra este tipo de actividad”.

Tse sostiene que la mejor esperanza para reducir el papel de Hong Kong en el comercio ilegal es reducir la demanda local de productos legales. Señaló el consumo de aletas de tiburón, cuyas importaciones cayeron 50 por ciento entre el 2007 y el 2017.

“Creo que la comunidad ha empezado a aceptar que, si algo no es bueno para el medio ambiente, debe abandonarse gradualmente”, dijo. “El mundo está cambiando”.

 The New York Times