•  |
  •  |

Por Neil MacFarquhar

URDOMA, Rusia — La zona rural y las ciudades más pequeñas de Rusia tienen mucho tiempo de ser terreno fértil para el Presidente Vladimir V. Putin y su mensaje sobre restaurar la grandeza de antaño, pero incluso aquí, hay límites.

Los planes para enviar la basura de Moscú a las provincias —urdidos con hermetismo, engaños y distorsión de la ley— han desatado manifestaciones generalizadas.
Bajo este descontento yacen crecientes problemas económicos y una opinión popular de que el Gobierno invierte dinero en la deslumbrante Capital, mientras que constriñe al emproblemado interior del País.

Fue por mera casualidad que los residentes de Urdoma, mil 100 kilómetros al noreste de Moscú, se enteraron el año pasado del proyecto del relleno sanitario, cuando dos cazadores locales se toparon con trabajadores que talaban árboles para abrirle paso.

La noticia movilizó a Urdoma y a docenas de comunidades más en la Provincia Arkhangelsk.

“Toda la materia prima —petróleo, gas, diamantes y madera— sale de aquí y es vendida en el extranjero, mientras que las ganancias son para Moscú”, afirmó Yuri Dezhin, de 41 años, un cazador quien vive en una pequeña casa rodante que los manifestantes instalaron para monitorear la actividad en el sitio del relleno sanitario.

Varios sondeos muestran que está disminuyendo el apoyo a Putin y, por primera vez en 13 años, la mayoría de los rusos cree que su País va por mal camino. La opinión pública ha cambiado de manera más pronunciada en las zonas provinciales, donde la popularidad de Putin ha surgido tanto de avances económicos como de orgullo nacional.

El Gobierno ha efectuado cambios sumamente impopulares, como elevar la edad de retiro y aumentar el impuesto sobre la renta y las cuotas de servicios públicos. El ingreso ajustado a la inflación ha caído alrededor del 11 por ciento en el curso de cinco años.

En Urdoma, con 4 mil 750 habitantes, y otros pueblos en la región, los residentes señalan que el Gobernador ha vendido su paraíso idílico a los intereses de la basura, y que el Gobierno —hasta la oficina de Putin— ha rechazado su búsqueda de respuestas.

La interrogante es cómo los inconformes van a canalizar sus quejas, y qué hará Putin al respecto.

El costo de unirse a manifestaciones contra el Gobierno puede ser alto, pero protestar por la basura es visto como algo relativamente libre de peligro. Sin embargo, un descontento político más generalizado se percibía en las manifestaciones realizadas por toda Rusia el mes pasado contra el alza en las cuotas de recolección de basura y la falta de reciclaje.

Las sanciones y los precios del petróleo a la baja han causado estragos en la economía rusa. Ha menguado el apoyo a las intervenciones en Siria y Ucrania que alguna vez elevaron la popularidad de Putin.

Algunos miembros de Limpiemos Urdoma, el grupo que encabeza los esfuerzos para prohibir el envío de basura a Arkhangelsk, dicen que a pesar de las inmensas riquezas naturales y las burbujas de riqueza de Rusia, muchos de sus habitantes viven en la pobreza.

“Moscú es la Ciudad más rica y deslumbrante de Rusia”, dijo Sergei Yakimov, el abogado del grupo. “En vez de gastar dinero en reciclaje, lo gastan en nuevos placeres y quieren mandar la basura a las provincias”. 

La región de Arkhangelsk, casi del tamaño de Francia, pero con sólo 1.1 millones de habitantes, parecería tener amplio espacio para un relleno sanitario masivo. Las autoridades optaron por Shiyes, unos 30 kilómetros al norte de Urdoma, una ex aldea a la que sólo le queda una estación de mantenimiento ferroviario.
Igor Orlov, el Gobernador de Arkhangelsk, aclama el proyecto como una inversión muy necesaria que traerá 500 empleos.

Sin embargo, los residentes se quejan de las tácticas herméticas y deshonestas que han acompañado al proyecto. No ha habido un estudio de impacto ambiental y los residentes temen que las aguas freáticas y el cercano Río Vychegda sean contaminados.

Tras quejas de que no se había llevado a cabo una audiencia pública como es requerido, los residentes de Urdoma despertaron un día para descubrir a veintenas de extraños que fueron acarreados en autobuses al pueblo. Los fuereños ingresaron a un auditorio para una “audiencia”, mientras que policías impedían el acceso a los residentes.

En un discurso en agosto, Nikolai Viktorov, el dueño de una ferretería, pronunció una línea que se convirtió en una especie de grito de guerra.
“Tras deshacernos de la basura en Shiyes, vamos a empezar a deshacernos de la basura en Moscú”, advirtió.

 The New York Times