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Por Kai Schultz

AMRITSAR, India — ¿Cómo se crea un memorial a un holocausto si incluso ahora, siete décadas después de que tuvo lugar, hablar de ello puede no estar completamente libre de peligro?

En 1947, mientras los británicos se preparaban para retirarse de India, colocaron pluma al mapa y, con un último gesto fanfarrón de una potencia colonial en ocaso, partió el País en dos, creando Pakistán.

Lo que sucedió luego mientras la autoridad se venía abajo y más de 10 millones de hindúes, musulmanes y sijs se apresuraban para llegar al lado correcto de las nuevas fronteras está grabado en los relatos de testigos en el Museo de la Partición, en Amritsar.

Sudarshana Kumari vio a una turba empalar a su primo de 1 año con una lanza. El padre de Amol Swani sostuvo una lata de combustible y unos cerillos y le dio instrucciones de inmolarse si los amotinados irrumpían en su hogar. Y A.K. Anand vio a familias aterradas huyendo de aldeas a pie, en carretas de bueyes y a caballo, por caminos regados con cadáveres despedazados por perros e hinchados por la lluvia.

“¿Puede imaginarlo?”, pregunta en un video del museo. “Todos nos quedamos mudos y pensamos, ‘sí, ayúdanos, Dios, sálvanos’”.

El saldo mortal exacto se desconoce, pero los historiadores señalan que entre unos cientos de miles y 2 o 3 millones de personas murieron.

Eso fue hace 70 años, pero los fantasmas de la partición y el descenso al caos que la siguió se ciernen sobre el País, y sobre Amritsar, la ciudad india cerca de la frontera con Pakistán donde abrió el museo en el 2017.

Algunos testigos entrevistados para las exhibiciones pasaron la mayor parte de sus vidas sin contarles a sus propios hijos que habían huido por la nueva frontera. Pocos querían revivir esos meses de caos, secuestros, violaciones y asesinatos, cuando vecino se volvió contra vecino, las turbas prendían fuego a trenes que transportaban a refugiados y muchas manos se mancharon de sangre.

Y se alentaba poco a los sobrevivientes a hablar de lo que pasó, dijo Faisal Devji, catedrático en la Universidad de Oxford.

“En los primeros años de la independencia, los Gobiernos de India y Pakistán desalentaron cualquier recuento de la violencia de la partición, tanto para proteger a las minorías religiosas que podrían ser culpadas de ella como para colocar un halo positivo alrededor del logro de la libertad”, dijo.

Sin embargo, a medida que los testigos oculares mueren, ha habido un esfuerzo en años recientes para grabar sus recuerdos. Grabarlos —pero compartirlos con cautela.

En el 2009, Guneeta Singh Bhalla, investigadora en Estados Unidos, empezó a entrevistar a sobrevivientes. Ese esfuerzo se convirtió en el 1947 Partition Archive, proyecto en que eruditos y voluntarios han realizado más de 7 mil 500 entrevistas en 12 países y 24 idiomas.

“Tras consultar con expertos en los memoriales del Holocausto además de con psicólogos en India y Pakistán, concluimos que sería irresponsable difundir ciertas historias orales abiertamente a través de YouTube”, explicó Bhalla.

Las emociones siguen a flor de piel.

Kartar Singh, un sij de 88 años, recordó las turbas sijs que ahuyentaron a los musulmanes de su pequeña comunidad con navajas y armas de fuego. Cuando un hombre musulmán se negó a salir de India, arrodillándose en lugar de ello en la tierra en dirección hacia La Meca, un amotinado sij lo decapitó, dijo.

“Mi alma quedó destrozada”, afirmó Singh entre sollozos. “Éramos amigos, y luego empezamos a matarnos unos a otros”.

En los enfrentamientos tras la partición, más de una tercera parte de los edificios de Amritsar fue destruida y su población musulmana decayó de casi el 50 por ciento a menos del 1 por ciento.

La mayoría de los visitantes que vivieron la partición tiene la misma reacción al recorrer las exposiciones, dijo el gerente del museo, Rajwinder Kaur: “lloran”.

 The New York Times