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Por Elisabetta Povoledo

SAVONA, Italia — En los viajes de campamento, Francesco Zanardi y otros niños varones de su parroquia siempre temían ser llamados a dormir en la tienda de campaña de su sacerdote.

“Todos sabíamos qué le pasaría al niño en la tienda de campaña”, señaló Zanardi, que dijo que fue abusado por primera vez por su sacerdote a los 11 años.

Zanardi, de 48 años, dijo que la victimización duró años, traumatizándolo y llevando a un problema de abuso de sustancias.

También lo llevó a ayudar a fundar Rete L’Abuso, el primer grupo de apoyo para los sobrevivientes del abuso clerical en Italia —un país al que, como indignidad adicional, a menudo no

parece importarle.
Los expertos dicen que esa indiferencia se debe en gran parte a lo estrechamente entrelazada que está la Iglesia católica con la cultura y la historia italianas. Incluso hoy, las iglesias y los sacerdotes parroquiales muchas veces juegan un papel central en la vida de una comunidad.

En febrero, el Comité de los Derechos del Niño de la ONU dio a Italia una calificación reprobatoria en materia de proteger a los menores de la explotación sexual.

El comité expresó preocupación “sobre los numerosos casos de niños que han sido sexualmente abusados por personal religioso de la Iglesia católica” y el “bajo número de investigaciones y procesos penales” de esos crímenes.

Aunque las bancas vacías de muchas parroquias sugieren que gran parte de la población de Italia es católica sólo de nombre, los vínculos culturales con la Iglesia siguen siendo fuertes.

Las festividades para el santo patrono de una Ciudad entusiasman a los ciudadanos, sean feligreses o no, y unos 8 mil oratorios operados por la Iglesia en toda Italia ofrecen programas extracurriculares y otras actividades para niños.

“Los italianos tienden a conocer a su párroco, así que si oyen de un caso de abuso en algún lugar dicen, ‘sí, es horrendo, pero nuestro cura no es así’”, dijo Monseñor Lorenzo Ghizzoni, el funcionario de la Iglesia italiana responsable de proteger a los menores.

No hay cifras confiables sobre el número de víctimas del abuso clerical en Italia. Pero al monitorear los casos vía pistas confidenciales y reportes noticiosos, por lo regular en periódicos locales, el grupo de Zanardi, Rete L’Abuso —cuyo nombre significa Red de Abuso— ha creado un mapa de presuntos delitos.

En un caso notable, en el 2010, investigadores del Vaticano examinaron reportes de abusos en el Instituto Antonio Provolo, escuela católica para sordos en Verona.
Alessandro Vantini tenía 6 años cuando llegó al Provolo en los años 50. Ahora de 68 años, dice que fue abusado en repetidas ocasiones por sacerdotes allí. Recuerda haber gritado por ayuda una vez, en vano: “éramos sordos, nadie podía oirnos.

“Lloré”, dijo. “Me sentía muerto”.

Algunos analistas que dicen que el Papa Francisco ha sido lento en responder a la crisis del abuso apuntan al hecho de que está rodeado de asesores italianos en una burocracia esencialmente italiana, en el corazón de Italia.

Gianni Bisoli dice que fue abusado durante siete años en el Provolo, empezando cuando tenía 9 años.

Eso fue hace más de medio siglo. Algunos de sus abusadores están muertos, pero otros siguen vivos, afirmó.
“El Papa habla y habla, pero no hace nada”, expresó Bisoli.

 The New York Times