•  |
  •  |

Por Elizabeth Paton y Andrea Zarate

En un valle exuberante rodeado por los Andes peruanos —tras dos rejas de seguridad, alambre de púas y una revisión— 13 mujeres estaban trabajando arduamente. Estaban tejiendo con agujas y en telar suéteres de lana de alpaca, cuellos de tortuga esponjosos y pantalones de ejercicio sedosos, destinados a ser vendidos a compradores adinerados con vidas muy alejadas de las suyas.

Todas eran reclusas en el centro penitenciario femenino en la ciudad de Cusco, purgando sentencias largas predominantemente por crímenes relacionados con drogas, así como asesinato, tráfico de personas y robo. También eran empleadas de Carcel, una marca danesa fundada en 2016 para dar empleo y, posiblemente, un futuro libre de delitos a las mujeres encarceladas.

Más de dos años después de haber iniciado el programa, tanto las fundadoras de Carcel como las autoridades de la prisión peruana dicen que el proyecto ha sido un éxito mensurable.
Perú se está volviendo algo así como un caso de estudio en el tema de la ayuda vs. la explotación. Poco más de 5 mil mujeres están hoy encarceladas ahí y más del 50 por ciento está activamente empleada fabricando productos de cuero, ropa y textiles, de acuerdo con el Instituto Nacional Penitenciario de Perú (INPE).

No obstante, últimamente han ocupado los titulares las interrogantes sobre la ética de la labor en prisión. Ha habido reportes de musulmanes prisioneros en brutales campamentos de reclusión en China que fabrican prendas deportivas, y huelgas contra el trabajo forzado a cambio de salarios miserables en prisiones estadounidenses.

En febrero estallaron las tensiones en las redes sociales cuando Carcel presentó una nueva línea de prendas de seda producidas en cárceles de mujeres en Tailandia.

“Las empresas literalmente están anunciando que usan el trabajo de esclavos como un motivo para que compres sus productos”, escribió un usuario de Twitter, lo cual provocó un coro de indignación de cientos de personas.

Mientras más explicaciones subía Carcel acerca de sus prácticas, más furiosas se volvían las respuestas en línea.

“La labor en prisión es un tema muy opaco y complicado”, dijo Peter McAllister, director ejecutivo de la Iniciativa de Comercio Ético, una alianza de empresas, sindicatos de trabajadores y organizaciones no gubernamentales que respaldan los derechos de los trabajadores.

“Por un lado, definitivamente hay marcas bienintencionadas con programas de rehabilitación que realizan una buena labor en todo el mundo”, comentó. “Por el otro, hay grandes preguntas que deben hacerse acerca de si los prisioneros deben conformar la producción principal de una marca con fines de lucro”.
 

Reos y moda

La moda tiene una larga historia en las prisiones, que data del siglo 18. Tradicionalmente, la mayoría de los programas de manufactura en países como Estados Unidos o el Reino Unido eran operados por organismos gubernamentales para producir en masa artículos de poco valor a gran escala, como uniformes militares. Los reclusos recibían sueldos muy por debajo del salario mínimo, si es que se les pagaba.

En la década de 1990, con un número récord de personas tras las rejas en muchos países, hubo una explosión en las empresas privadas que empleaban a prisioneros para tareas tan variadas como el telemarketing, la fabricación de circuitos impresos y la producción de prendas de vestir.

En el Reino Unido, el prisionero promedio empleado gana alrededor de diez libras a la semana, halló un informe gubernamental de 2016. En Estados Unidos, la Oficina de Prisiones opera un programa que les paga a los reclusos aproximadamente 90 centavos la hora para producir colchones, anteojos, señalizaciones, artículos de protección corporal y otros productos para agencias de Gobierno, que generaron 500 millones de dólares en ventas en el 2016.

Marcas urbanas enfocadas en tendencias están vendiendo ropa hecha por reclusos, como Prison Blues en Estados Unidos, Stripes Clothing en los Países Bajos, y Pietà, otra marca con sede en Perú.

Pietà fue fundada en Lima en 2012 por Thomas Jacob, un francés que alguna vez trabajó para Chanel y actualmente emplea a alrededor de 50 reclusos de algunas de las cárceles más grandes de Perú. Los prisioneros fabrican camisetas, sudaderas, suéteres tejidos a mano, chaquetas y tenis. Los precios van de los 8 dólares por bolsas hasta 120 dólares por joyería.

“Hay muchos hombres y mujeres en la cárcel que están muy alejados de la imagen que quizá se tenga de los prisioneros. Sólo quieren salir adelante, aprender un oficio, trabajar y ganar dinero”, dijo Jacob, que ha abierto cinco tiendas de Pietà en la capital peruana y dice que está considerando expandirse internacionalmente.

Los detenidos no solo fabrican la ropa, dijo. A veces también contribuyen a sus diseños, otorgándoles un escape creativo y capacitación. A menudo son modelos para las campañas publicitarias y se les paga un porcentaje del precio de venta por cada prenda que producen, proporcionando ingresos que pueden enviar a sus familiares. Tras ser liberados, pueden seguir trabajando con Pietà o buscar trabajo en otras compañías con la recomendación de Pietà.
 

Fundando una empresa

Louise van Hauen y Veronica D’Souza, fundadoras de Carcel, se conocieron mientras vivían y trabajaban en Kenia. Van Hauen era gerente creativa en una empresa de bolsos de cuero y D’Souza dirigía una empresa de arranque que fabricaba copas menstruales.

D’Souza dijo que una visita a una prisión de mujeres en Kenia en el 2014 cambió su manera de pensar. “Me quedó claro que prácticamente todas las prisioneras eran madres que estaban ahí a causa de delitos relacionados con la pobreza, ya fuera robo o prostitución. Lo mismo sucede en Perú”, dijo.

La cadena de producción de drogas en Latinoamérica requiere que la pasta de cocaína sea transportada desde las zonas de cultivo por “mulas”. Muchas mulas son mujeres y, a menudo, son personas no violentas que cometen ese delito por primera vez. De acuerdo con INPE, el 85 por ciento tiene hijos que mantener en casa.

“A menudo estas mujeres son encarceladas y después liberadas, pero tienen problemas para encontrar una manera de mantener a sus hijos, y el ciclo criminal empieza otra vez”, dijo D’Souza. “Me puse a pensar en cómo podíamos crear un nuevo modelo”.

Van Hauen dijo que quería comenzar en algún lugar que tuviera cerca materiales naturales de alta calidad. “Como uno de los exportadores de lana de alpaca más grandes del mundo, y un país donde el tejido es un pasatiempo nacional, Perú era el lugar ideal”, comentó.
 

Para una nueva vida

Virginia Matamoros, directora del Centro Penitenciario de Mujeres de Cusco, dijo que la prisión ofrecía capacitación básica en costura, tejido, repostería y jardinería a las reclusas.
“Aceptamos a Carcel porque es una compañíía formal y organizada que trabaja con buenos salarios, lo que ha impulsado a otras empresas que operan aquí a mejorar sus salarios y horarios de trabajo”, dijo. “Es extremadamente positivo para su autoestima”, expresó.

Las reclusas que trabajan para Carcel son capacitadas hasta que desarrollen las habilidades para trabajar en turnos de cinco horas, cinco días a la semana. Ganan salarios de 650 a 1100 soles peruanos (de 180 a 329 dólares) al mes, dependiendo de su experiencia. En Perú el salario mínimo es de 930 soles al mes. “Las mujeres que trabajan para nosotros ganan lo mismo que una maestra de primaria”, dijo D’Souza.

La prisión se queda con el 10 por ciento de los salarios de las prisioneras. Las trabajadoras se quedan con un porcentaje para sus gastos diarios, como comida y jabón, y el resto va a las cuentas bancarias de sus familias. Además del salario base, las mujeres también pueden recibir bonos por la calidad de su trabajo, buen comportamiento y tiempo extra.

“Cuando llegué aquí hace ocho años, esta prisión era un lugar muy triste”, dijo Teodomira Quispe Pérez, una viuda de 51 años y madre de seis hijos, que purga una sentencia por tráfico de drogas. Ahora supervisa el control de calidad en el taller. “Anhelo salir y comprar mi propia máquina. Trabajar en este taller textil me distrae de mi encarcelamiento”, dijo, mientras doblaba camisetas de alpaca bebé de 190 dólares para Net-a-Porter.
De acuerdo con Elizabeth von der Goltz, directora global de compras de Net-a-Porter, las marcas de moda con propósitos sociales cada vez son más populares. “Casi todos nuestros estilos de Carcel se vendieron globalmente en las primeras dos semanas de lanzamiento”, comentó.
Carcel ahora busca duplicar su base de personal en Perú. En el segundo centro de producción de la empresa en Tailandia —el país con la mayor cantidad de reclusas del mundo— se están desarrollando cuentas de comercio electrónico para algunas prisioneras y sus familiares con el fin de minimizar desvíos por parte de los carceleros o las empresas. Carcel dijo que espera operar en entre tres y cinco países más en los próximos cinco años.
Aún hay retos considerables. La semana pasada Carcel detuvo las ventas en Estados Unidos cuando se dio cuenta de la existencia de una ley federal que prohíbe la importación de productos hechos por reclusos. La empresa ahora está buscando una exención; señaló que EU es uno de los pocos países que no ratificó una convención de la Organización Internacional del Trabajo en 2014 sobre el trabajo forzado.

 The New York Times