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Por Motoko Rich

TOKIO — Cuando Jiro Oshima quiere ver a sus hermanos, tiene que ir a Corea del Norte.

Oshima, de 79 años, un maestro de escuela jubilado en Japón, toma un vuelo a Beijing, luego otro a Pyongyang, para llevar regalos pequeños como dulces y ropa interior, y artículos que sus hermanos puedan vender: ropa para bebé, medicina, zapatos.

Ha realizado el trayecto más de una docena de veces desde los 60, cuando sus padres y hermanos se mudaron a la nación comunista como parte de un programa de repatriación que el mundo, en gran parte, ha olvidado.

Ahora, hay esperanza entre gente de etnia coreana en Japón, una comunidad que acogió a Corea del Norte al tiempo que el resto del mundo cortaba contacto con el País, de que un deshielo político con EU pueda sacarlo de su largo aislamiento.

Aproximadamente 322 mil personas de etnia coreana en Japón son miembros de familias que llegaron durante la ocupación colonial de Tokio en Corea, que duró 35 años. Conocidas como zainichi, las raíces de la mayoría se remontan a lo que es ahora Corea del Sur.

Aun así, desde hace mucho que gran parte de la población se ha identificado más estrechamente con el Norte, que la atrajo durante la Guerra Fría con propaganda y financiamiento para grupos comunitarios y escuelas.

Al igual que miles de otras familias, los Oshima fueron desarraigados por la Segunda Guerra Mundial, sólo para que la Guerra Fría los dividiera y dejara varados.

Cerca de 2 millones de coreanos llegaron a Japón en busca de trabajo o fueron llevados ahí para realizar trabajos forzados antes de y durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría regresó tras la rendición de Japón. Pero cientos de miles se quedaron al tiempo que la Península de Corea era dividida en dos naciones y, algunos años después, se sumía en la Guerra de Corea.

A fines de los 50, Japón ofreció ayudar a repatriar a los zainichi, muchos de ellos atraídos por las promesas socialistas de Corea del Norte y una economía en ese entonces más grande que la de Corea del Sur. Casi 100 mil personas se mudaron, entre ellos los padres y hermanos de Oshima. Oshima, en ese entonces de 20 años, había tenido intención de unírseles y estaba a la espera de instrucciones de su familia.

Para sortear a los censores, usaban código. Si le escribían verticalmente, significaba que Oshima debería unírseles. Pero si usaban renglones horizontales, esa sería una advertencia de que no fuera. Cuando llegaron las cartas, las palabras avanzaban a través de la página, de izquierda a derecha.

Oshima dijo que no visitó a su familia en Corea del Norte porque Japón no les otorgó a los zainichi permiso para reingresar al País hasta 1974. Realizó su primer viaje en 1975.
Oshima hizo su último viaje hace cinco años. Dijo que jamás podría unírsele a su familia, ni siquiera como jubilado. “No podría hacer una vida ahí”, señaló.

Una nieta, Misa An, de 22 años, recordó que, en una celebración de cumpleaños hace dos años, Oshima habló por fin sobre cómo es que sus padres llegaron a Japón y luego se fueron, y cómo es que él se quedó.

“Decidió quedarse y vivir solo”, dijo. “Y por eso, ahora todos nosotros estamos aquí”.

The New York Times