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Por Nicholas Casey y Jenny Carolina González

PAMPLONA, Colombia — La caminata empezó antes del amanecer, antes de que alguien en el pueblo despertara y revisara el lote baldío donde decenas de refugiados venezolanos habían pasado la noche.

Niños, abuelas, enfermeras, trabajadores petroleros y desempleados habían pernoctado ahí juntos, unidos por una voluntad colectiva de poner la mayor distancia posible entre ellos y el País del que habían huido.

Todos, salvo Yoxalida Pimentel. Ella ya no podía dar un paso más.

“Después de tantas horas de caminar, tantos días, noches, con sol, frío y lluvia, perdí a mi bebé”, dijo en llanto la mañana después de su aborto espontáneo.
La crisis económica en la que está sumida Venezuela con el Presidente Nicolás Maduro ha desatado un éxodo impresionante, con más de 3 millones de personas abandonando el País en los últimos años —la gran mayoría a pie.

Huyen de peligrosos desabastos de comida, agua, electricidad y medicinas, así como de la represión política por parte del Gobierno.

Arrastrando sus maletas, algunos caminan por las autopistas, pues sus salarios han quedado tan diezmados por la hiperinflación que son incapaces de costear pasajes de autobús. Otros intentan viajar de “raid” miles de kilómetros hasta Ecuador o Perú.

Pero independientemente del destino, la gran mayoría pasa por estos caminos peligrosos de Colombia: un viaje de 200 kilómetros a través de un paso por los Andes a 3 mil 600 metros de altura.

La disposición para recorrer estos serpenteantes caminos montañosos habla de la desesperación en Venezuela. El País pasa por la peor zozobra política en décadas, con dos hombres reclamando la Presidencia al mismo tiempo.

Los refugiados venezolanos ahora murmuran respecto a Juan Guaidó, el líder de Oposición que se declaró el líder legítimo de Venezuela en enero. La Oposición y Maduro ahora están enfrentados por la entrega de la ayuda humanitaria que el Gobierno de Maduro ha bloqueado en la frontera con Colombia, cerca de donde muchos emigrantes inician su trayecto.

“Todos tenemos miedo de que se ponga feo entre Maduro y Guaidó”, dijo Norma López, quien hizo la caminata con sus seis hijos, el menor de seis días de nacido.

El éxito primero lleva a la mayoría de los venezolanos a Cúcuta, ciudad fronteriza colombiana a donde llegan a diario miles de venezolanos por un puente peatonal.

A las afueras de Cúcuta hay un estacionamiento donde voluntarios ofrecen a los migrantes un lugar dónde bañarse, un plato de avena y abrigos para los niños.

A unos 2 mil 300 metros sobre el nivel del mar, Martha Socorro Duque lleva meses observando a los migrantes que pasan frente a su sala en Pamplona, Colombia. Buscan comida y refugio en un pueblo donde hay poco que ofrecer.

La mujer decidió establecer un albergue improvisado. Abrió el terreno frente a su casa para que las personas pudieran reposar ahí y consiguió donaciones de los vecinos para ofrecerles comida. En una noche promedio 60 personas acampan ahí.

El camino parecía no tener fin. Pero cerca de la cumbre, un camión gigante y vacío se detuvo.

“Cuando no hay carga, tienes que llevarlos”, dijo el chofer, quien pidió mantenerse anónimo. “Pero la verdad es que tú también arriesgas tu sustento, si la empresa se entera o si la policía te para”.

Dentro del camión, la gente se acurrucaba para guardar calor. Ahí estaban Marian Jiménez, quien se había torcido el pie, y Jeremy Hidalgo, que llevaba cuatro días caminando.
Roberto Javier Tovar, cuya esposa e hijo seguían en Venezuela, agradeció a todo volumen al conductor, aunque nadie sabía a dónde los llevaría.

Daniel Bermúdez había dejado a su familia y llevaba cinco días caminando.

“Mi hijo de 6 años me vio con la maleta y dijo: ‘No vas a regresar’”, contó Bermúdez, quien empezó a llorar.

“Sí regresaré. Pero mírame, estoy tan lejos de casa”, añadió.

The New York Times