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Por Yasmine El Rashidi

El Cairo, Egipto

Han pasado ocho años desde que nos lanzamos a las calles en las protestas que llevaron a la destitución de nuestro Presidente que duró más tiempo en el poder, Hosni Mubarak, también conocido como “el faraón”, debido a su gobierno de 30 años.

Desde entonces, hemos pasado de ser electores primerizos a veteranos, al dirigirnos a las urnas en nueve ocasiones para votar por Parlamentos, Presidentes o la Constitución. Abdel Fattah el-Sisi, nuestro Presidente actual, fue reelecto en abril para otro mandato de cuatro años —el segundo y, bajo la Constitución del 2014, el último que puede ejercer. O eso pensábamos.

En febrero, el Parlamento de Egipto presentó, debatió y aprobó aceleradamente un paquete de enmiendas a la Constitución. Los poderes del Presidente serían expandidos —con mayor injerencia sobre los principales pilares del Estado, incluyendo la autoridad para nombrar a las cabezas de organismos judiciales— así como extendidos.

El límite a los dos periodos presidenciales continuaría, pero cada mandato duraría seis años. Bajo una exención especial, Sisi tendría permitido volver a postularse bajo las nuevas provisiones. Podría gobernar hasta el 2034.

Una página en Facebook llamada “La Posición Egipcia” aborda la situación en el País de forma asertiva, con videos de ciudadanos comunes y corrientes y el ocasional rostro reconocible (como el politólogo Rabab El Mahdi) que advierten que alterar la Constitución podría significar la creación de otro faraón. Tomas de miembros del Parlamento que se ponen de pie ante una cámara llena y ridiculizan las enmiendas se han vuelto virales.

El 14 de febrero, 16 diputados (algunos conteos dicen que 17) votaron en contra de las revisiones propuestas, en comparación con 485 a favor. Uno de ellos, Ahmed al-Tantawi, ha dicho que los cambios fueron “una regresión a un sistema peor” al que existía antes de la revolución del 2011.

Incluso bajo Mubarak, el Ejército no estaba tan profundamente arraigado en los asuntos diarios del Gobierno. Ni la Oposición tan severamente reprimida.

Las enmiendas todavía necesitan ser revisadas, debatidas y aprobadas por un comité especial, luego ser devueltas al Parlamento y sometidas a un referéndum público. Todo el proceso podría completarse para mediados de abril.

La interrogante no es sólo que ocurrirá en las urnas, sino también, y quizás de forma más significativa, qué podría pasar entre ahora y entonces.

Muchos comentaristas han desestimado al referéndum como un resultado inevitable, un acontecimiento orquestado en el que el voto por el “sí” estará arreglado para que predomine. La interrogante que parece surgir con más frecuencia entre los privilegiados —doctores, profesores, ex legisladores con los que he hablado en El Cairo— es si los egipcios entienden lo que implican los cambios sobre los que se les pedirá votar, o si, como los británicos con Brexit, no miden totalmente las repercusiones.

De hecho, esa pregunta es irrelevante. Lo que los egipcios entienden es que Sisi podría gobernar otros 15 años. Y lo que saben es que, ya apenas pueden mantenerse.

Cuando uno habla con la gente en las calles de El Cairo, en las afueras de la Ciudad o en sus asentamientos informales y pobres, y cuando se viaja a Alejandría, Minya o más al sur, queda claro que es la dura realidad de la vida diaria lo que dicta la mentalidad del público en torno a cambiar la Constitución. La gente sabe que, desde la elección de este Presidente, los precios han subido y la libra egipcia ha caído.

Un boleto para el metro, que costaba una libra egipcia en el 2014, ahora cuesta 7; un cilindro de gas para cocinar, alguna vez de 8 libras egipcias, ahora vale 50. La gente sabe que las medidas de austeridad implementadas por el Gobierno a cambio de un cuantioso préstamo del Fondo Monetario Internacional, cuyos pagos se han incumplido, la ha perjudicado. Sabe que quiere cambio.

La situación actual presenta una nueva oportunidad, sobre todo para la Oposición, para reencauzar la trayectoria política del País. El punto decisivo de la revolución del 2011 llegó el 1 de febrero de ese año, algunos días después de que la policía antidisturbios había abandonado sus puestos y entonces los manifestantes hicieron un llamado para una marcha de un millón de personas.

Fue ahí cuando escuché a amigos y familiares que hasta ese momento habían temido participan en marchas anunciar que ellos también querían salir a las calles. Querían ser parte de ese millón. Ese momento es lo que llevó, a final de cuentas, a la destitución de Mubarak.

Del mismo modo, el próximo referéndum es un momento para movilizarse en torno al descontento generalizado.

Es una oportunidad para que la izquierda, los liberales y aquellos con influencia política o económica hagan una campaña a favor del “no” y se inspiren en el espíritu de organización comunitaria de la revolución, para proteger a la gente de vandalismo o intimidación en las urnas. Es una oportunidad para reclamar parte de la voluntad política que hemos perdido.

También es una oportunidad para Sisi. El parlamentario Talaat Khalil preguntó hace poco, mientras se oponía a las enmiendas: “¿Alguien consultó con sus propios electores o incluso con el mismo Presidente? ¿Sabemos si quiere continuar en el poder?”. Su sugerencia era que las enmiendas fueron redactadas, de forma interesada, por un círculo selecto de legisladores aliados al Presidente.

Independientemente de cómo ocurrieron los cambios propuestos, Sisi puede rechazarlos ahora, o incluso una vez que se finalice su redacción, con base en que violan su contrato con el pueblo de Egipto.

En el 2017, en una entrevista sumamente citada con CNBC, prometió acatar los principios declarados en la Constitución, en particular los límites a los mandatos. El respetar o no esos principios es una decisión que podría ponerse en manos de la gente en los próximos meses. Pero podría ser aprovechada mucho antes por el propio Presidente, y eso sería incluso más significativo para el País en general.

The New York Times