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Por Ellen Barry

BRIGHTON, Inglaterra — Alex McIntyre creció con recortes presupuestarios.

El centro juvenil al que acudía después de la escuela fue cerrado cuando tenía 10 años. Cuando tenía 11, la prestación de vivienda de su madre fue eliminada, víctima de la Ley de Reforma de Bienestar Social.

Para cuando el poste de alumbrado público cercano empezó a apagarse a la medianoche unos años después, esos sucesos se habían convertido en una sola historia, sobre una política gubernamental que había definido su infancia.

“Austeridad, eso es lo que conozco, ésa es mi vida”, dijo McIntyre. “Nunca he conocido una Inglaterra que fuera de manera diferente”.

Ahora, con 19 años, los suficientes para votar, McIntyre está compensando el tiempo perdido. En los últimos seis meses, fue atraído al centro del movimiento Momentum, una esfera rebosante de socialismo y sindicalismo renovados.

Es posible que sus padres hayan leído las noticias en The Sun and The Daily Mail, pero él escucha reportes sobre la “crisis del capitalismo” en Novara Media, un grupo independiente de medios de tendencia izquierdista.

McIntyre es el primero de su familia en asistir a la universidad, parte de un enorme séquito de jóvenes británicos que se suponía encarnan la movilidad social ascendente. Es una paradoja que muchos en este montón estén renunciando al capitalismo de libre mercado, convencidos de que no puede proporcionar a sus familias una vida decente.

La elección general del 2017 expuso la brecha generacional más marcada en la historia reciente de la política británica. Los electores jóvenes partieron hacia el Partido Laborista, cuyo líder socialista, Jeremy Corbyn, ha prometido reconstruir el estado benefactor y redistribuir la riqueza.

Han llevado al Partido hacia la izquierda, abriendo grietas que ahora fracturan al Partido Laborista.

Los jóvenes también vieron que sus opiniones respecto a abandonar la Unión Europea —tres cuartas partes de ellos votaron por permanecer— fueron atropelladas por personas de la edad de sus abuelos que apoyaron el Brexit. McIntyre aún está enojado de haber sido demasiado joven, por un año, para votar en ese referéndum del 2016. Es pálido y larguirucho, discretamente tatuado, divertido y de tan buenos modales que preferiría perder su tren que meterse en una fila.

No representa a una generación. Pero su agravio es generacional: que el Estado haya eliminado prestaciones que sus padres y abuelos disfrutaron, como vivienda de bajo costo y educación gratuita.

“No estamos ciegos a ello”, dijo McIntyre. “No somos estúpidos, ¿sabes? La razón por la que nos oponemos a lo que está sucediendo es por lo que nos ha tocado vivir”.Los británicos que llegaron a la edad adulta después de la crisis financiera global del 2008 estarán, en muchos casos, peor que sus padres.

Nacidos del lado equivocado de los exorbitantes valores inmobiliarios, los treintañeros tienen sólo la mitad de probabilidades de tener casa propia comparados con los baby boomers a la misma edad.

A diferencia de generaciones anteriores, se espera que paguen la cuenta de una educación costosa. El graduado promedio le debe ahora al Gobierno más de 50 mil 800 libras, o 64 mil dólares, deuda que será pagada poco a poco al asegurar un empleo bien remunerado, de acuerdo con el Instituto para Estudios Fiscales. La porción de británicos que asisten a la universidad ha subido al 49 por ciento, el nivel más alto en la historia, pero se graduarán a un periodo histórico de estancamiento salarial.

Robert Ford, profesor de Política en la Universidad de Manchester, dijo que Margaret Thatcher permitió que los británicos de bajos ingresos compraran la vivienda estatal que rentaban, volviéndolos accionistas en el capitalismo de mercado. Pero ahora, sus estudiantes se dan cuenta que es poco probable de que alguna vez tengan casa propia.

“Todo el riesgo ha sido pasado a ellos”, dijo. “Desde la crisis, tienes una generación con menos movilidad y menos seguridad. Esto hace que estén menos convencidos de que el mercado ofrece buenos desenlaces”.

Fue un gran acontecimiento el que McIntyre llegara a la universidad.

Proviene de un vecindario de clase media baja de Welwyn Garden City, al norte de Londres, donde la expectativa de vida está rezagada respecto al promedio nacional.La movilidad social era un mantra del Partido Conservador durante esos años.

David Cameron prometió esto en el 2010, cuando anunció el aumento al triple de las cuotas de inscripción a universidades. Los costos más altos, argumentó, abrirían nuevos lugares y crearían mejores oportunidades al fomentar la competencia de mercado.

McIntyre fue un caso de prueba para este experimento. Fue identificado como dotado e inscrito en un programa de beneficencia, la Fundación de Movilidad Social.

Fue enviado a una estancia en la Universidad de Cambridge, donde comía en un comedor de paneles de madera, atendido por meseros, una experiencia que describió como “hilarante”. Emocionó a su madre al decir que quería ser médico.

Pero una vez que llegó a la Universidad de Brighton, esa confianza se vino abajo. Las rentas en Brighton subieron más rápido que en cualquier otra parte de Inglaterra el año pasado, reporta Hamptons International, una agencia de rentas.

El cuarto que encontró, en lo alto de unas escaleras mohosas y manchadas de agua, costaba más que lo que podía cubrir su préstamo de manutención del Gobierno. Cuando sumó los préstamos de colegiatura y manutención, la cantidad que pagará al Gobierno una vez que tenga un empleo seguro alcanzó las 46 mil 500 libras, o casi 61 mil dólares. Su ansiedad era tan intensa que trató de conseguir una cita para recibir medicación.

“Es ese sentimiento de no tener absolutamente nada al que no quiero ni siquiera acercarme”, dijo.

El pánico se alivió cuando encontró un empleo como asistente de cocina en J.D. Wetherspoon, una ubicua cadena de restaurantes de bajo costo. McIntyre estaba encargado de la freidora.

Cinco días a la semana trabajaba en el turno de la medianoche a las 8:00 horas, lo que lo dejaba tembloroso y enfermo. ¿Esto era la vida adulta, esta precariedad implacable? Sus compañeros de trabajo no ofrecían mucho consuelo: muchos de ellos ya tenían títulos universitarios.

“Estoy a un sueldo de no poder pagar la renta”, dijo. Ése era su estado de ánimo cuando se le acercó un compañero de trabajo, quien le preguntó, un poco misteriosamente, “estamos hartos. ¿Estás harto?”.

Unos meses después, McIntyre caminaba a largos pasos por la Calle Norte en su primera huelga, acompañado por el representante sindical de la Unión de Panaderos, Trabajadores de Alimentos y Afines, exigiendo un salario mínimo de 10 libras la hora.

Después de eso, McIntyre estaba tan entusiasmado que apenas durmió. “Estoy sentado aquí con una taza de café, pensando, ‘¿qué acaba de suceder?’”, dijo más tarde. “Esto no es el fin. Es el primer paso de algo grande”.

Había entrado al mundo de la izquierda juvenil que se ha concentrado en Brighton, una bohemia ciudad universitaria. Es un mundo de talleres anticapitalistas, retiros anarquistas, “gimnasios rojos” y huelgas de inquilinos, y es encarnado por Corbyn, de 69 años.

McIntyre dijo que se topaba con nuevas ideas todos los días. Conoció a Callum Cant, un erudito estudiante de doctorado que organizó un grupo de lectura de Marx para empleados de Wetherspoon.

El joven no estaba seguro de su postura respecto a Marx, pero sí se sentía a gusto con la gente del sindicato. Un futuro adquiría forma en su mente.
Ya no estaba seguro respecto a estudiar Medicina. Llamó a su madre para darle la noticia.

Lo escuchó callada y colgó el teléfono. Madre soltera, había trabajado dos o tres empleos mientras él crecía y aún plancha ropa ajena para obtener dinero extra. El que su hijo hiciera solicitud para entrar a la universidad la había emocionado. “Ella quiere que yo tenga un mejor futuro”, dijo McIntyre. “Para ella, eso es ir a la universidad, obtener un título, ganar mucho dinero”.

Al día siguiente ella le llamó para decirle que siguiera estudiando.

McIntyre ha empezado a contar los meses hasta que se gradúe y se lance al activismo de tiempo completo.

Antes de Navidad, fue invitado por el presidente de la unión de panaderos para hablar con estudiantes en el baluarte izquierdista de Liverpool. Camino a casa se detuvo junto a un paro laboral de constructores de barcos en los muelles del puerto, su primera huelga industrial de vieja escuela.

Luego vio lo que había estado buscando: el casco gris de la planta de Cammell Laird, y trabajadores que se calentaban las manos sobre una fogata en un barril. Protestaban por despidos y se quejaban de que habían sido reemplazados por rumanos.

Tomó una pancarta del sindicato y caminó a la avenida para sostenerla, tratando de hacer contacto visual con los conductores.

Unos cuantos lo vieron. El chofer de una barredora tocó el claxon. Lo mismo hizo un camión de plataforma con tarimas de madera. McIntyre sonrió. Se sentía a gusto. “Me encanta”, afirmó.

 The New York Times