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Por Peter S. Goodman

LONDRES — Una evaluación superficial podría concluir que Estados Unidos dista de ser el candidato ideal para el puesto de administrar a la máxima forma de dinero del planeta.
Tiene una enorme deuda pública —de 22 billones de dólares— y va en aumento.

Su sistema bancario superó apenas hace una década la peor crisis financiera desde la Gran Depresión. Su Presidente, un nacionalista, provoca quejas de aliados y enemigos por igual de que viola las normas de las relaciones internacionales, despertando rumores de que el dólar estadounidense perdió su aura como el refugio seguro por excelencia.

Sin embargo, el dinero cuenta una historia totalmente distinta. En los últimos años, el dólar ha amasado una talla mucho mayor como el depósito preferido de los ahorros globales, el refugio supremo en épocas de crisis y el medio clave para el intercambio de materias básicas como el petróleo.

El vigor perdurable del dólar da fuerza al modo de operación del Presidente Donald J. Trump. Ha permitido que el Tesoro encuentre compradores para los bonos de ahorros del Gobierno a precios envidiablemente baratos.

También ha reforzado la autoridad de Trump para imponer su política exterior a un mundo renuente en general al amplificar el poder de sus sanciones comerciales, particularmente contra Irán y Venezuela.

Como los bancos no pueden poner en riesgo su acceso a la red financiera global basada en el dólar, han hecho hasta lo imposible para mantenerse alejados de las naciones y empresas que Washington califica como parias.

“No existe una alternativa al dólar”, dijo Mark Blyth, economista político internacional en la Universidad Brown, en Rhode Island. “El dólar es lo que hay, y eso le da a Estados Unidos un poder estructural impresionante”.

Esto pese a que muchos predijeron tras la crisis financiera que el dólar quizá por fin cedería parte de su dominio; que era hora de que la moneda de otro país tuviera su oportunidad.
China buscó elevar el papel de su moneda, el renminbi, para reflejar su posición como potencia mundial. Desde hace 10 años, ha forjado convenios de intercambio de divisas con muchos países, entre ellos Canadá, el Reino Unido y Brasil.

El Presidente Xi Jinping ha promovido el conjunto de proyectos globales de infraestructura de un billón de dólares de China, conocidos como la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda, en parte como un medio para extender el uso del renminbi en el mundo. El año pasado, China estableció un sistema de intercambio en Shanghai que permite comprar petróleo en la moneda china.

Por desgracia, la desaceleración económica actual de China, las inquietudes que han generado sus crecientes deudas y el desasosiego de sus vecinos ante la posibilidad de que sus inversiones en realidad sean una nueva forma de colonialismo, se han combinado para moderar sus planes de infraestructura.

Las restricciones impuestas por el Gobierno chino a la salida de dinero del País y las alarmantes detenciones de extranjeros han puesto a prueba el atractivo de conservar renminbi.
“¿Qué tal China?”, preguntó Blyth, enumerando posibles alternativas para el dólar. “Podría ir a ese País y sencillamente desaparecer. Esto no inspira confianza. En cuanto un país aplica ese tipo de políticas, no puedes ser serio como una moneda global”.

El máximo contrincante para el dólar ha sido desde hace tiempo el euro.

El problema es que los bonos soberanos alemanes —el tipo de inversión en euros más confiable— son terriblemente escasos. Alemania tiene una profunda aversión cultural a la deuda, por lo que se ha mostrado renuente a financiar su gasto mediante la venta de bonos.

En consecuencia, los inversionistas que buscan refugios seguros para guardar sus ahorros cuentan con pocas opciones con el euro. Las existencias de bonos de ahorro estadounidenses son casi ilimitadas.

Una serie de crisis dentro de los 19 países que comparten el euro ha provocado más hostilidad que unidad, dejando al descubierto un defecto fundamental: el euro es una moneda común que no cuenta con el respaldo de una estructura política común que pueda garantizar una respuesta firme cuando surjan dificultades.

“Los problemas del euro son de gobernanza”, explicó Catherine Schenk, historiadora económica de la Universidad de Oxford. “Ha tenido defectos profundos desde el principio. No parece un refugio muy seguro para remplazar al dólar estadounidense”.

En contraste, el dólar parece una criatura singularmente inusual en el panorama global —una moneda libre de temores existenciales.

En años recientes, el banco central de EU, la Reserva Federal, ha elevado las tasas de interés al tiempo que ha eliminado gradualmente el dinero barato que soltó para atacar la crisis financiera. Las tasas más altas han incrementado el atractivo del dólar para los inversionistas.

“Aún con Trump en la Casa Blanca y de todo lo que ha hecho para socavar el liderazgo estadounidense en el mundo, el dólar aún es la moneda global dominante y no parece ir en declive”, afirmó Nicola Casarini, investigador del Instituto de Asuntos Internacionales de Roma.

La supremacía del dólar ha incrementado la habilidad de Trump para dictar política exterior.

La decisión de Trump de revocar la participación estadounidenses en un trato antinuclear con Irán y reanudar sanciones ha despertado consternación de los países europeos. Alemania, Francia e Italia habían puesto los ojos en Irán como fuente de comercio nuevo.

Aún así, Europa se atuvo a las sanciones porque sus bancos no podían sobrevivir el cortar su acceso a un sistema financiero global dominado por dólares.

Para un banco global, “la inhabilidad para operar en dólares es, en efecto, una sentencia de muerte”, dijo Brad Setser, ex funcionario del Tesoro de Estados Unidos y hoy miembro titular de economía internacional en el Consejo sobre Relaciones Exteriores, en Nueva York. “Estados Unidos ha podido apalancar ese hecho”, dijo.

The New York Times