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Donald G. McNeil Jr.

LAGO BUNYONYI, Uganda — Samuel Muriisa cree estar listo para el ébola, pero no lo está.

Muriisa, de 74 años, es el omushaho wekishaka, o curandero tradicional, más respetado en esta zona. Está consciente —pero sólo vagamente— de que el ébola está arrasando en la República Democrática del Congo, cuya frontera está a poco más de 30 kilómetros de distancia.

“Que se quede en el Congo”, dijo. “Casi nunca vemos gente del Congo aquí. Que no venga”.

Jolly Twinomuhwezi, de 60 años, quien es una de sus tres esposas y actúa como su enfermera, dijo que rechazaría atender a cualquier persona con cavidades oculares o lechos de uñas sangrantes, ya que había escuchado que esos eran los principales síntomas del ébola.

Pero la mayoría de las víctimas del ébola nunca sangran, y las que sí, lo hacen cuando la enfermedad está en una etapa avanzada.

A los expertos médicos les preocupa que esas combinaciones de desinformación y optimismo sean comunes entre los curanderos tradicionales.

Estas preocupaciones se intensifican a medida que la epidemia en el Congo se sale de control.

En todo el continente africano hay alrededor de 80 veces más curanderos tradicionales que médicos, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud. Millones de africanos acuden a los curanderos.

En el Congo, los médicos que ahora luchan contra el ébola creen que muchos de sus pacientes se infectan al visitar a estos curanderos. Pueden llegar a la casa de alguien como Muriisa con malaria, o incluso con tos u otro problema menor, pero terminan acostados junto a alguien con ébola sin diagnosticar.

En el brote del 2014 en África Occidental, que infectó a más de 11 mil personas, la muerte de una prominente curandera fue un “caso súper propagador” crucial, ligado a más de 300 casos. Esa curandera, que vivía en una zona rural de Sierra Leona, murió tras contraer el virus de uno de sus pacientes. Cientos de familiares y admiradores vinieron desde muy lejos para su funeral y ayudaron a lavar su cuerpo, que presuntamente estaba repleto del virus.

Luego regresaron a sus hogares en Guinea y Liberia, ayudando a encender la peor epidemia de ébola en la historia.

La oficina de Muriisa es una choza de barro decorada con escudos y cuernos de antílope. Para recibir a los pacientes, corona su vestimenta normal con una capa de lo que parece ser piel de serval y un tocado de pelo de mono blanco y negro.

Los residentes locales dijeron que el curandero tenía razón al decir que pocos congoleños visitan el lago Bunyonyi, que se encuentra a una altitud de 2 mil metros.

Pero las fronteras son permeables, y los africanos que se enferman de gravedad pueden viajar largas distancias para ver a los curanderos en sus pueblos de origen, porque confían en ellos. Los curanderos pasan tiempo con los pacientes y hablan sus dialectos. Además, aceptan el pago en las monedas de los pobres: verduras, alcohol, pollos y cabras.

También se confía en los herbolarios porque algunos de sus tés, ungüentos y polvos realmente alivian males comunes como alergias, hemorragias nasales, dolor de artritis o dolor de muelas.

Muriisa admitió que no puede curar el cáncer, pero sí trata las mordeduras de serpiente. También trata enfermedades mentales, empezando por darle al paciente semillas alucinógenas de un arbusto.

“En ese estado, dicen muchas cosas”, dijo. “Y puedo decir por sus palabras si son demonios o una maldición lo que los enferma y puedo decidir cómo tratarlos”.

The New York Times