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Por A.O. Scott

En la terminología cinematográfica moderna, “épica” generalmente significa larga, rebosando de gente y ostentosa. “Pájaros de Verano”, la película de Cristina Gallego y Ciro Guerra después de su asombrosa y alucinante y nominada al Oscar “El Abrazo de la Serpiente” se gana la etiqueta de una manera más honesta y rigurosa.

Partes de la historia son narradas por un cantante invidente —una figura literalmente homérica. Trata sobre cómo cambia el mundo y sobre cómo acciones individuales y la fuerza del destino obran para llevar gloria y ruina a un héroe y su familia.

La historia en cuestión involucra el tráfico de drogas colombiano desde finales de los 60 hasta principios de los 80, pero la película desafía los clichés de los dramas de narcos. Se desenvuelve entre el pueblo wayúu del norte de Colombia (una población indígena cuyo idioma y costumbres sobrevivieron a la Conquista española y el surgimiento del Estado-nación moderno).

Los wayúus, en su mayoría rancheros y campesinos, comercian y manejan los conflictos potenciales mediante un sistema basado en la comunicación y el intercambio ritualizado. El honor de una familia está atado a su palabra, y ciertos miembros, designados “mensajeros de la palabra”, son tratados con una deferencia especial. “No me culpes, sólo soy el mensajero”, se acerca a un principio sagrado.

Con el paso de los años, esa y otras reglas igual de venerables serán rotas, un lento desenvolvimiento de las maneras antiguas que escala hasta convertirse en masacre y caos de grandes proporciones.

Todo comienza de manera bastante inocua, con el cortejo de Zaida (Natalia Reyes) por parte de un joven llamado Raphayet (José Acosta).

La madre de Zaida, Úrsula (Carmiña Martínez), matriarca del clan, ve a Raphayet con evidentes sospechas porque ha pasado tiempo con los alijunas (el término de los wayúus para los colombianos que hablan español) y ella se pregunta si ha sido corrompido por su forma de vida.

Ante el apuro por adquirir el ganado y la joyería que Úrsula exige como dote por la mano de su hija, Raphayet y su socio alijuna, Moisés (Jhon Narváez), comienzan a traficar marihuana.

La oportunidad se presenta por accidente. Moisés y Raphayet, que han estado transportando costales de granos de café en un destartalado camión, se topan con algunos voluntarios del Cuerpo de Paz de Estados Unidos que buscan hierba.

Ellos conocen a otro estadounidense con acceso a aviones y a una pista de aterrizaje. Raphayet convence a Aníbal (Juan Martínez), primo de Úrsula, de que destine algunas de sus tierras y fuerza laboral al nuevo cultivo comercial.

¿Qué podría salir mal? Todo, por supuesto. En las manos de Gallego y Guerra, un relato de tratos turbios, traiciones y errores de cálculo se convierte en una tragedia doméstica y en un apocalipsis cultural. Conforme el dinero llega, también lo hacen las armas, y los viejos códigos de honor son corroídos por la codicia y la vanidad.

Raphayet, Zaida y sus dos hijos se mudan a una gran villa que simboliza tanto su éxito y lo grotesco de su absurdo. Las opulentas y estériles habitaciones son visitadas por algunos de los pájaros a los que alude el título de la película, augurios de cambio y catástrofe. “Pájaros de verano”, que claramente es el resultado de una extensa y cuidadosa investigación sobre el pueblo wayúu, no se siente como un documental etnográfico.

Esta empatía sin pretensiones hace que las pérdidas que sufren los personajes sean aún más devastadoras. La naturalidad y el carisma de los actores intensifican el impacto emocional.

Zaida y Raphayet no son del todo los protagonistas de sus propias vidas. La figura verdaderamente trágica aquí, la que afianza la escala épica de la cinta y su gravedad atemporal, es Úrsula.

Regia de porte y firme en su compromiso de estar en lo correcto, se asemeja a una reina en una antigua obra griega, una mujer cuyas acciones están fundamentadas en principios éticos que son catastróficos en sus consecuencias.

Eso no significa que Úrsula sea la única responsable de la violencia que consume a casi todos a su alrededor. Hay muchos errores individuales que aceleran la destrucción.

Detrás de estas acciones están las fuerzas letalmente poderosas y medio invisibles de la oportunidad alijuna y el apetito yanqui. La historia que este poema contiene no es solamente la historia de los wayúus.

 The New York Times