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Por Anatoly Kurmanaev

MOSCÚ — En una reciente tarde lluviosa, un grupo de funcionarios rusos y ejecutivos petroleros se reunieron para misa en una iglesia católica detrás de la imponente sede del servicio secreto en el Centro de Moscú.

No fueron a orar. En lugar de ello, rendían homenaje al difunto líder venezolano Hugo Chávez, quien desembolsó miles de millones de dólares en armas y maquinaria rusas. Además mostraban su apoyo a Nicolás Maduro, su emproblemado sucesor.

Maduro está luchando por salvar el sistema político que, durante dos décadas, construyó con Chávez y el apoyo de Rusia. Su catastrófica gestión económica ha ocasionado que la Oposición reclame el liderazgo del País con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea y la mayoría de las naciones sudamericanas.

Para Rusia fue el intento más reciente de Occidente por derrocar a un Gobierno adversario y limitar el alcance global del Presidente Vladimir Putin. El Kremlin reaccionó cerrando filas alrededor de Maduro y ofreciéndole apoyo inequívoco, mostrado en la iglesia.

Sin embargo, detrás de la muestra oficial de unidad, las élites de Rusia se están dividiendo sobre cómo preservar sus intereses de la mejor manera.
Mientras Maduro y Juan Guaidó, el líder de la Oposición, se disponen a librar una guerra de desgaste, el Kremlin enfrenta una decisión: apoyar a su aliado o estar entre los que elijan a su sucesor.

El camino que tome Putin ayudará a determinar si Venezuela tendrá una transición gubernamental pacífica, cae en guerra civil o se consolida como un paria represivo bajo Maduro.

“La imagen y la influencia global de Rusia están en juego en Venezuela”, dijo Vladimir Rouvinski, politólogo en la Universidad Icesi, en Cali, Colombia. “El impacto inicial y el temor en Rusia de que perderían todo en Venezuela está siendo reemplazado con la posibilidad de que puedan volverse parte de una transición negociada y asegurar que se respeten sus intereses”.

Esos intereses van desde proyectos petroleros y contratos militares venezolanos en manos de paraestatales rusas, hasta el valor geopolítico de tener un aliado anti estadounidense en el Hemisferio Occidental.

Rosneft, una compañía petrolera rusa, ha surgido como el socio petrolero más grande de Venezuela y un prestamista de último recurso, al adquirir participaciones en cinco proyectos de producción de crudo y prestarle al Gobierno de Maduro alrededor de 7 mil millones de dólares a cambio de petróleo. Venezuela aún debe a Rosneft alrededor de 2.3 mil millones de dólares, de acuerdo con una presentación de la compañía realizada en febrero.

Venezuela también debe 3.1 mil millones de dólares al Ministerio de Finanzas de Rusia por armas, camiones y granos adquiridos a crédito. El exportador paraestatal de armas de Moscú tiene contratos lucrativos para dar mantenimiento a los tanques, jets y sistemas de defensa aérea de fabricación rusa.

Los vínculos cercanos con Venezuela han permitido que Putin desafíe a Estados Unidos en su patio trasero. Tanto Chávez como Maduro han viajado a Rusia, visitado fábricas de ametralladoras y granjas estatales.

Para intentar relajar esos vínculos, la Oposición venezolana ha dicho repetidamente que las inversiones de Rusia en Venezuela se respetarían y las empresas rusas serían bienvenidas en la reconstrucción.

Al seguir del lado de Maduro, Rusia eleva la dependencia de la Oposición en Estados Unidos, que podría cabildear al nuevo Gobierno para que cancelara los contratos de Rosneft y enviar las armas rusas al depósito de chatarra, dijo Ángel Alvarado, legislador de la Oposición.

“Mientras más esperen, más se arriesgan a perderlo todo”, comentó. “Sus inversiones están a salvo aquí, pero deben venir a la mesa de negociaciones antes de que sea demasiado tarde”.

La amenaza de las sanciones estadounidenses ha ahuyentado a la mayoría de las corporaciones rusas que tienen negocios en el País.

 The New York Times