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Por: Mujib Mashal

TIRIN KOT, Afganistán — Cuando la guerra que envuelve al sur de Afganistán llegó a las puertas de Sayed Mohammed, el hombre resistió el deseo de abandonar su hogar. Aún cuando combatientes del talibán saquearon su granja avícola, se negó a marcharse.

Pero el nacimiento de su quinto hijo, una niña, lo hizo cambiar de opinión. Llamada Halima, la bebé nació en medio de una intensa batalla hace un par de meses, entre explosiones que estremecían las paredes de la granja familiar en las afueras rurales de la ciudad de Tirin Kot.

Las explosiones eran tan intensas que Saber, el hermano de 4 años de Halima, desarrolló fuegos labiales por estrés. Aterrorizado, se acurrucaba adentro de la camisa de su padre en busca de refugio. Poco después, Mohammed tomó a su esposa y sus pequeños hijos y se fueron con sólo lo que podían cargar.

“Nació en unas circunstancias que no le deseo a ningún ser humano”, dijo Mohammed acerca de Halima, ahora envuelta en cobijas en el rincón del oscuro y frío cuarto que rentan. Se ubica a sólo 10 minutos a pie de la granja familiar, pero con el viejo vecindario ahora como frente de batalla, bien podría ser un mundo de distancia.

“Estaba perdido”, dijo sobre la decisión de dejar su casa y la granja, con 4 mil 500 pollos, por la que se endeudó para financiar.”No sabía si quedarme con mi atribulada esposa, o llevar a estos otros hijos a un lugar más seguro”.

Mientras los estadounidenses presionan por un acuerdo con el talibán para poner fin a una guerra de 17 años, una fuerte voz de protesta, principalmente de los centros urbanos, ha advertido contra un trato apresurado que podría poner en peligro los avances de los últimos años, como los derechos de las mujeres a trabajar y a la educación, así como una prensa independiente.

Sin embargo, casi la mitad del País está atrapado entre los dos bandos del conflicto. El combate constante ha privado a estos afganos rurales de la mayoría de las mejoras que están al centro de las preocupaciones por las negociaciones de paz. Y sus voces están escasamente representadas en el debate.

“No tengo prejuicios contra nadie —ni con el talibán ni con el Gobierno”, aclaró Mohammed. “Estaría feliz si hicieran la paz, si declararan su cese al fuego. Todo lo que queremos es que nuestros hogares sean liberados de nuevo para poder regresar”.

Los esfuerzos de paz se despliegan durante una crisis humanitaria, donde el desplazamiento por la guerra es empeorado por una severa sequía. Alrededor de 13.5 millones de personas sobreviven con una comida o menos al día, y el 54 por ciento de la población vive por abajo de la línea de pobreza de 1 dólar diario, de acuerdo con Toby Lanzer, coordinador humanitario de la ONU. Grupos de ayuda quieren usar la participación del talibán en las pláticas de paz para abrir acceso a grandes sectores de la población necesitada.

“Las personas con toda razón se sienten tan marginadas que se enojan, lo que propicia conflicto”, dijo Jan Egeland, secretario general del Consejo Noruego de Refugiados, durante una visita a la Provincia de Uruzgan, de la que Tirin Kot es la capital.

Los sondeos del grupo noruego arrojaron que en el 2012, el 50 por ciento de los afganos desplazados recibió ayuda —y que cinco años más tarde, esa cifra había caído al 25 por ciento.

De los 612 millones de dólares requeridos por agencias de ayuda en Afganistán en el 2019, sólo 14.2 millones de dólares habían sido donados para fines de febrero. “Los países que han estado involucrados en librar la guerra no deben dar la espalda a los civiles que han soportado lo más duro de 40 años de violencia”, dijo Egeland.

Matiullah Wesa, activista que ha viajado por todo Afganistán para estudiar a los niños privados de escuela, dijo que casi 150 de los 400 distritos del País no habían producido una sola graduada femenina en los últimos 18 años. Alrededor de 50 tampoco produjo graduados masculinos. Muchas escuelas construidas en los primeros años de esperanza luego de que el Gobierno del talibán fue derrocado, han sido cerradas o destruidas en el combate.

La ONU reporta que 1.5 millones de afganos están desplazados internamente. Muchas familias han sido forzadas a mudarse una y otra vez.

Mohammed Salem, que llegó al distrito Zhari desde la vecina Provincia de Helmand hace cinco meses, dijo que además de las minas terrestres del talibán, las redadas y bombazos regulares del Gobierno contra los insurgentes también ponen en riesgo las vidas civiles. “En el pasado, era claro dónde sucedería el combate”, dijo. “Ahora, las líneas no son claras. Podría suceder en cualquier parte”.

 The New York Times