•  |
  •  |

Por Devin Gordon

Gaspar Noé hace el tipo de películas que pueden poner fin a una relación.

Digamos que uno invita a ese alguien especial a ver la película con la que Noé lanzó su carrera, “Irréversible”. Causó revuelo en el Festival de Cine Cannes en el 2002 y se difundieron rumores sumamente exagerados de que 250 personas abandonaron la sala. Otras se desmayaron.

Sin embargo, cuando volvieron en sí, muchas la llamaron atrevida y original. Así que usted y su cita se acomodan para ver algo agradable y transgresor y, a los pocos minutos, ven que la cara de un hombre es destrozada con un extinguidor. Para cuando aparecen los créditos, usted ha vuelto a la soltería.

O digamos que usted, un amigo y una bolsa de alucinógenos deciden echarle un vistazo a la psicodélica exploración que hace Noé de la vida después de la muerte, “Enter the Void” (2010), filmada desde la perspectiva de un joven narcotraficante estadounidense antes, durante y después de que muere cuando le disparan en un bar en Tokio. ¡Suena como todo un viaje! Pero después de la segunda o tercera secuencia de alucinaciones, usted y su amigo ya no son amigos.

Lo cual nos lleva a “Climax”, el nuevo filme de Noé. A estas alturas, los críticos reciben una nueva película de Noé con una mezcla de anticipación y turbación, y después de que la ven puede ser difícil saber si les gustó o la odiaron. A Noé le encanta el odio, así que fue visto como una especie de broma que programara el estreno de “Climax” la primavera pasada en Cannes a las 8:30 horas un sábado por la mañana y se negara a brindar algún tipo de sinopsis.

Esta vez, sin embargo, fue Noé quien quedó sorprendido.

“Climax” era una especie de musical de pista de baile. Era corta y simple. Primero hay un estimulante ensayo de danza en un internado abandonado, que presenta música de Daft Punk y Aphex Twin, luego un lento descenso a una pesadilla causada por sangría aderezada con LSD y una fiesta que sale mal —una visión alegórica de belleza y armonía, seguida por un colapso social absoluto.

A casi todos los miembros del público esa mañana les encantó. Básicamente nadie se salió.

Noé estaba abatido. Ahora, sin embargo, con el beneficio del tiempo y la reflexión, Noé, de 55 años, ha aprendido a ver el lado positivo de que la gente disfrute de sus filmes. En este sentido, “Climax” es algo sin precedentes para él.

“Esta es la única película mía que puedo darles”, dijo hace poco vía Skype desde su departamento en París. “Las otras casi no tuvieron partes felices”:

“Climax” inicia con la parte feliz, al tiempo que un grupo de bailarines callejeros se reúne para ensayar una rutina nueva. La escena es un típico espectáculo impresionante de película musical, pero lo que hace que sea tan singular es el acostumbrado temor generado por Noé, la certeza de que se aproxima algo espantoso.

Y entonces llega. Una persona misteriosa adultera la sangría y Noé comienza a encender fusibles por toda la habitación. Comenzamos a ponernos nerviosos. El hijo de una bailarina, de tal vez 8 años, deambula cerca de la ponchera y uno empieza a entrar en pánico.

Tal como lo ve Noé, su papel en este mundo es provocar. Nacido en Buenos Aires e hijo de un célebre pintor argentino, vivió en la zona de Lower Manhattan hasta los 5 años y tiene recuerdos afectuosos de orinar desde su balcón hacia los transeúntes que pasaban debajo.

Incluso antes de que el LSD haga efecto, “Climax” se desarrolla como un sueño febril, sólo que la droga es pura energía cinética generada por los bailarines al hacer lo que aman. Cerca del sombrío final, una cita destella en la pantalla: “La vida es una imposibilidad colectiva”.

Sin embargo, “esta película demuestra lo contrario”, dijo Noé.

 The New York Times