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Por Patricia Mazzei y Ken Belson

PALM BEACH, Florida — En este exclusivo retiro consciente de su imagen, donde enormes setos rodean mansiones majestuosas y valets estacionan automóviles en el supermercado, los residentes adinerados pagan inmensas sumas para proteger sus vidas privadas del público, incluso al tiempo que anhelan ser vistos en los eventos benéficos y las galas formales que se ofrecen casi a diario entre noviembre y mayo, un periodo reluciente conocido como “la temporada”.

La realidad más incómoda es que la historia de esta isla barrera de 29 kilómetros, una zona de recreo para los ricos durante más de un siglo, está plagada de historias de aristócratas estadounidenses que no lograron mantenerse lejos de los tabloides locales. Magnates de Wall Street escapaban con empleadas domésticas, parejas conformadas por estrellas se divorciaban escandalosamente y, de forma poco sorprendente, prostitutas caras trabajaban en los bares y hoteles elegantes.

El episodio escandaloso más reciente se derramó a la vista del público el mes pasado cuando Robert K. Kraft, dueño de los Patriotas de Nueva Inglaterra, el equipo campeón del Súper Tazón, y presencia permanente en este paraíso de la riqueza, fue acusado de dos cargos por delito menor en primer grado por solicitar los servicios sexuales de una prostituta en un salón de masajes en el poblado de Jupiter, a 30 minutos en automóvil. Ahí, dijo la Policía, captaron dos veces a Kraft, de 77 años, en video cuando le pagaba a una mujer a cambio de sexo.

Kraft ha negado los cargos. Pero tan sólo la sugerencia de que un prominente empresario y filántropo pudiera haber buscado compañía en un salón de masajes de mala muerte cerca de ahí ha hecho que muchos residentes se pregunten por qué un hombre con un patrimonio calculado en 6.6 mil millones de dólares arriesgaría su reputación de forma tan imprudente por un masaje de 79 dólares la hora.

“Uno simplemente jamás oiría de algo tan sórdido como eso en Palm Beach”, dijo Ronald Kessler, quien hace 20 años escribió un libro sobre el libertinaje de los herederos más adinerados de la isla.

La mayoría de las celebridades suele tener la mayor discreción posible, dijo Jim Ausem, oficial de policía jubilado quien fue parte del personal de seguridad durante 10 años para el actor Burt Reynolds, una presencia habitual en el área de Jupiter hasta su muerte el año pasado.

Los acaudalados magnates del noreste de Estados Unidos que son dueños de mansiones frente a la costa y condominios de lujo en esta ilustre parte de Florida llegan a evitar el clima frío y los impuestos altos en sus lugares de residencia. Aunque vive en Boston y viaja ampliamente, Kraft se ha vuelto una presencia habitual.

Hace poco, Kraft fue visto en una prueba de sonido de un amigo, la estrella de rock Jon Bon Jovi, quien se presentaba en The Breakers, un centro turístico de la edad dorada de EU en Palm Beach, donde Kraft se aloja en un condominio cuando está en la Ciudad.

Uno de los atractivos de la soleada Florida para los ricos no tiene nada que ver con las playas: no hay impuesto sobre la renta estatal y la exención del impuesto a la propiedad en el Estado limita los incrementos fiscales sobre las propiedades.

“Vienen por el sol, la diversión y los impuestos más bajos”, dijo Joel Cohen, quien fue propietario de una galería de arte en Palm Beach. “Es una gran familia de gente rica”.

En cuanto a la razón por la que empresarios adinerados podrían frecuentar un tugurio de masajes barato en un centro comercial al aire libre, ésa es una pregunta que muchos residentes no han podido responder.

“Eso es lo que me deja absolutamente impactado de todo este asunto”, dijo Ausem. “Que Robert Kraft vaya a un lugar así, por 69 o 79 dólares para dejar una propina de 100 —me deja anonadado”. Añadió, “es decir, es tan estúpido”.

 The New York Times