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Por Neil Irwin

Durante muchos años, a los partidarios de “la teoría monetaria moderna” les ha encantado llevar la contraria. Si impartieran un curso, podría llamarse Todo lo Que Usted Sabe de Macroeconomía Está Equivocado.

Sostienen que un Gobierno capaz de obtener préstamos en su propia moneda no necesita estar restringido por déficits presupuestarios y deuda —lo que significa que puede actuar de manera más audaz de lo que habían supuesto los economistas, sin consecuencias negativas.

Ahora, los proponentes de la TMM están siendo tomados mucho más en serio. Destacados pensadores de políticas económicas de centro-izquierda están intentando cada vez más explorar sus ideas —aunque con escepticismo.

Sin embargo, pese a todo el debate en semanas recientes sobre el aspecto económico de la teoría, se ha hablado sorprendentemente poco de las implicaciones prácticas de cómo funcionaría esta política económica.

Por ejemplo, una idea medular detrás de la teoría es que el Congreso de EU debería gastar dinero como lo considere conveniente, y que sus únicas restricciones involucrarían los recursos disponibles en el mundo real de mano de obra y materiales para llevar a cabo esas ambiciones de gasto.

Bajo este modelo, la inflación es la señal de que el gasto necesita ser refrenado o que se deben aumentar los impuestos. Pero podría ser demasiado esperar que el Congreso proceda con visión y sabiduría para aplicar los frenos en el momento preciso.

Lo que es más, la capacidad de un país de obtener préstamos en su propia moneda no es una situación permanente. Es una credibilidad que un país puede ganar o perder, como ha sido el caso de un sinfín de naciones durante el curso de los siglos.

El punto de vista convencional es que se obtiene esa capacidad con el tiempo gracias a una baja inflación, un banco central independiente, un sistema legal sólido y un buen ejercicio del poder.

Un país que imprime su propio dinero no tiene necesidad de incumplir el pago de su deuda. Pero la historia ofrece muchos ejemplos del resultado de utilizar la impresión de dinero como una solución para una falta de compradores privados de deuda: un ciclo vicioso de inflación al alza.

Lo que se propone es un reordenamiento fundamental de cómo funcionan las instituciones y las prioridades económicas. Sería bueno tener algún tipo de prueba de concepto antes de ser aplicado en la economía más grande del mundo —y hogar de la moneda de reserva mundial.

Sería auténticamente fascinante ver a un país pequeño —con su propia moneda— regirse a sí mismo de acuerdo con los principios de esta teoría. He aquí algunas posibilidades: Nueva Zelanda, Noruega, Suiza, Suecia, Israel y Singapur.

Si esos países más pequeños pueden limar las asperezas del ejercicio económico en un mundo TMM y alcanzar un mejor nivel de vida, entonces podría ser ampliado a un país mediano como Australia, Canadá, Gran Bretaña y Corea del Sur.

Si los críticos tradicionales de la TMM resultan estar equivocados, seguramente cambiará la sabiduría convencional.

Por ejemplo, realmente es el caso que un país como EU no es vulnerable al tipo de crisis fiscal que padeció Grecia a partir del 2010, contrario a las advertencias de quienes vigilan como águilas el déficit estadounidense.

Sin embargo, el sustento de miles de millones de personas en todo el mundo depende de la idea de que EU no meterá la pata.

 The New York Times