•  |
  •  |

Por Ivan Krastev

Los periodos de transformación política importante nunca han sido particularmente fáciles para los judíos, y el momento actual no es la excepción.

El antisemitismo va en ascenso en Europa y muchos temen que el resurgimiento del nacionalismo lo empeore.

Pero he aquí un giro: el repunte del antisemitismo en Europa va acompañado de una creciente fascinación entre la derecha dura de Europa con Israel y, en particular, con su Primer Ministro, Benjamin Netanyahu.

El embelesamiento es agudo sobre todo entre los partidos populistas nacionales que gobiernan en Europa Central, una región donde, históricamente, el antisemitismo ha encontrado terreno fértil.

Los líderes centroeuropeos consideran a Netanyahu un aliado cercano. El año pasado, el Grupo de Visegrado, una organización para la cooperación entre los países de Europa Central, anunció planes para sostener un encuentro en Israel —el primero fuera de Europa.

Ese plan a la larga se vio frustrado por una disputa entre Polonia e Israel en torno al Holocausto, pero el simbolismo, no obstante, fue significativo y los líderes de los tres países restantes del Grupo de Visegrado —Hungría, República Checa y Eslovaquia— fueron a Israel.

Por su parte, Netanyahu ha cultivado relaciones con los líderes populistas centroeuropeos. Llamó a Viktor Orban un “verdadero amigo de Israel” al mismo tiempo que miembros prominentes de la comunidad judía en Budapest criticaban al líder húngaro por los tonos antisemitas de su campaña contra George Soros.

¿Por qué se sienten atraídos los populistas centroeuropeos por el Israel de Netanyahu de la forma en que los izquierdistas de Europa Occidental en los 60 y 70 estuvieron alguna vez cautivados con la Cuba de Fidel Castro?

Netanyahu ve en los gobiernos de Europa Central a defensores potenciales dentro de la Unión Europea que podrían ayudar a reducir la presión de Bruselas por el inconsistente historial de Israel en materia de derechos humanos.

Con ese fin, ha visitado la región con frecuencia. Sus esfuerzos han rendido frutos: República Checa, Hungría y Rumania obstaculizaron hace poco una declaración de la Unión Europea que criticaba a Estados Unidos por su plan de trasladar su embajada en Israel a Jerusalén.

Para los Gobiernos de Europa Central, una relación especial con Israel es una forma de beneficiarse con la dinámica economía de Israel y de acercarse al Presidente Donald J. Trump y a su Administración pro-Israel.

Mas la alianza populista con Israel es más que un matrimonio de conveniencia y cálculo estratégico.

En muchos sentidos, el sionismo fue la imagen invertida de la política nacionalista —y a menudo antisemita— que dominó Europa Central y Oriental entre las dos guerras mundiales. Lo que atrae a los populistas de Europa Oriental a Israel hoy es ver su viejo sueño cumplido: Israel es una democracia, pero una democracia étnica; se define a sí mismo como el Estado para los judíos del mismo modo en que los Europeos Orientales imaginan a sus países como un Estado para polacos, húngaros o eslovacos.

Luego está el aspecto demográfico. En un momento en que Europa Oriental es la región con la mayor disminución poblacional en el mundo, el éxito de Israel para persuadir a judíos de la diáspora a que regresen, y su eficacia para convencer a israelíes de que tengan más hijos, parece un milagro.

Los populistas de Europa Oriental también comparten la desconfianza de Netanyahu hacia cualquier cosa que parezca posnacionalista o insinúe cosmopolitismo. Coinciden con Yoram Hazony, un filósofo político israelí conservador y partidario de Netanyahu que es autor del influyente libro “The Virtue of Nationalism” (La virtud del nacionalismo), quien dice que el principal choque político en la historia mundial no es ni entre clases ni entre naciones, sino entre nacionalistas que creen que el Estado nación es la mejor forma de organización política y los imperialistas que abogan por un imperio universal.

Para Hazony y sus seguidores, el Imperio Romano, el de los Habsburgo, la Unión Soviética, la Unión Europea e incluso EU después de la Guerra Fría son sólo personificaciones diferentes de la idea del imperio universal. Y la responsabilidad de los nacionalistas genuinos es luchar por su destrucción.

Netanyahu pelea en las elecciones como si fueran guerras implacables, y sus electores están dispuestos a perdonar acusaciones de corrupción en su contra. Orban ve mucho qué admirar en eso. Mientras tanto, está dispuesto a sortear las críticas del resto del mundo, al tiempo que conserva simultáneamente el derecho a sentirse víctima —una estrategia emulada por el partido Ley y Justicia en Polonia. Israel es un país pequeño, pero gracias a su poder económico y militar juega en la liga de las grandes naciones y hace gala de una capacidad para desafiar incluso a EU.

Entender la fascinación de los nacionalistas centroeuropeos con Israel ayuda a comprender sus sueños políticos, pero también revela sus límites. Una clave para la política nacionalista de Israel y su resistencia a la presión internacional es el argumento israelí de que el País enfrenta amenazas existenciales. No se puede decir lo mismo de Europa Central, que ahora, como parte de la Unión Europea, disfruta del periodo más pacífico en la historia de la región.

Los líderes populistas en Europa Central ven a Israel como modelo de cómo es que un Estado pequeño podría ser soberano y heroico. Pero es el sueño de una vida normal, más que una fantasía de sacrificio heroico que a final de cuentas motiva a la mayoría de los europeos orientales.

 The New York Times