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Por Claire Cain Miller y John Engel Bromwich

El hijo mayor de Nicole Eisenberg ha querido ser estrella del escenario desde que era pequeñito, dijo la madre. Tomó clases de voz, danza y teatro y asistió a reconocidos campamentos de verano de actuación durante varios años, pero ella estaba ansiosa de que no fuera suficiente para que él entrara en los mejores programas de artes escénicas.

Así que Eisenberg y otras personas de Bloomfield Hills, Michigan, el adinerado suburbio de Detroit donde ella vive, le ayudaron a iniciar una beneficencia con amigos que reunió más de 250 mil dólares en cuatro años.

“Las mamás (las cuatro o cinco mamás que lo iniciaron juntas) lo iniciamos, ayudamos, pero no lo hicimos por ellos”, recordó Eisenberg, de 49 años. “¿Pedimos patrocinadores para ellos? Sí. ¿Pedimos dinero para ellos? Sí. Pero ellos tenían que hacer el trabajo”.

Incluso consideró hacer una donación a la universidad que él quería.

“No hay dinero en el mundo que podríamos haber pagado para lograr que entrara”, señaló Eisenberg. “Porque, créanme, mi suegro preguntó”. (Su hijo fue admitido a dos de los mejores programas de teatro musical en Estados Unidos, dijo, junto con nueve más de las 26 escuelas en las que hizo solicitud).

La universidad ha estado en el radar de ellos desde que su hijo estaba en pañales.

“Hemos estado trabajando en esto desde que él tenía 3 años”, dijo. “Yo no era una madre-helicóptero. Era copiloto”.
¿O acaso era, quizá, una... madre barredora de nieve?

Los padres-helicóptero, la práctica de estar ansiosamente encima de los hijos, monitoreando todas sus actividades, existen desde hace décadas. Algunos padres y madres con dinero ahora parecen más barredoras de nieve: máquinas que avanzan, despejando cualquier obstáculo en el camino al éxito de sus hijos, para que no tengan que toparse con el fracaso.

Llevado a su extremo criminal, eso significa sobornar a supervisores de exámenes universitarios y a entrenadores universitarios para que sus hijos entren a instituciones académicas de élite.

Eso figura entre las denuncias en el reciente escándalo de sobornos universitarios en EU, en el que 50 personas fueron acusadas en un fraude de gran alcance para asegurar admisiones de estudiantes a universidades. De acuerdo con la investigación, un padre mintió al decir que su hijo jugaba waterpolo, pero luego le preocupaba que el vástago fuera percibido por sus compañeros como “suplente en la banca”. (Le aseguraron que su hijo, de hecho, no tendría que formar parte del equipo).

Los padres acusados en esta investigación están muy lejos de la norma. Pero actuaron como las barredoras de nieve por excelencia: despejando el camino para que sus hijos entraran a la universidad, al tiempo que los protegían de cualquier dificultad.

El escándalo de los sobornos “simplemente ha puesto de manifiesto un lado increíblemente oscuro de lo que se ha vuelto la norma, que es asegurarte de que tu hijo tenga lo mejor, esté expuesto a lo mejor, tenga todas las ventajas —sin comprender lo incapacitante que eso puede ser”, dijo Madeline Levine, psicóloga y autora de “Teach Your Children Well: Why Values and Coping Skills Matter More Than Grades, Trophies or ‘Fat Envelopes’” (Enseña bien a tus hijos: por qué los valores y las habilidades para lidiar con las cosas importan más que las calificaciones, los trofeos o los ‘sobres gruesos’).

“Han despejado todo del camino de sus hijos”, señaló.

En su consulta, dijo Levine, ve con regularidad a estudiantes universitarios de primer ingreso que regresan a casa de prestigiosas instituciones “porque no tienen las mínimas habilidades adultas que se necesitan para estar en la universidad”.

Uno regresó a casa porque había una rata en su dormitorio. A algunos no les cayeron bien sus compañeros de cuarto. Otros dijeron que era demasiado trabajo. A uno no le gustaba comer comida con salsa.

Si los hijos nunca han enfrentado un obstáculo, ¿qué sucede cuando entran al mundo real?

No saben qué hacer, dijo Julie Lythcott-Haims, ex directora de alumnos de primer ingreso en la Universidad de Stanford, en California, y autora de “How to Raise an Adult: Break Free of the Overparenting Trap and Prepare Your Kid for Success” (Cómo criar a un adulto: libérese de la trampa de la sobreprotección y prepare a su hijo para el éxito).

La raíz del problema, indicó, era los padres que nunca habían permitido que sus hijos cometieran errores.

La paternidad o maternidad helicóptero es un término que entró en boga en los 80 y surgió del miedo en torno a la seguridad de los hijos —que cayeran de una estructura de juegos o fueran secuestrados. En los 90, evolucionó en una paternidad intensiva, que significaba no sólo monitorear a los hijos, sino siempre enseñarles.

El destino al final de todo esto a menudo es la admisión a la universidad.

Para los padres es doloroso ver que su hijo sufra reveses, o que no logre las metas (de él o de los padres). Pero ahora hay mucho más en juego.

La crianza tipo barredora de nieve es un hábito de los padres que es difícil de romper.

“Si lo haces en la preparatoria, no puedes detenerte en la universidad”, dijo Lythcott-Haims. “Si lo haces en la universidad, no puedes detenerte cuando llegue al lugar del empleo. Se vuelve peor porque tu adulto joven no está preparado para manejar las tareas básicas de la vida”.

No son sólo los ricos. Investigaciones recientes sugieren que los padres de todas las clases y razas están acogiendo la crianza intensiva, independientemente de que puedan solventarla o no.

Aprender a resolver problemas, correr riesgos y superar la frustración son habilidades cruciales en la vida, dicen muchos expertos, y si los padres no permiten que sus hijos se topen con el fracaso, los hijos no las adquirirán. Cuando a una niña de 3 años se le cae un plato y se rompe, probablemente va a tratar de no dejarlo caer la próxima vez. Cuando un joven de 20 años no presenta un examen porque se quedó dormido, probablemente no se le va a olvidar de nuevo poner la alarma.

Cathy Tran, de 22 años, estudiante de último año en la Universidad de Pennsylvania, un plantel sumamente selectivo, es la hija de personas que inmigraron de Vietnam sin estudios universitarios. “Sí me dan mucho apoyo emocional, pero realmente no han podido decirme que debería hacer, como los siguientes pasos”, comentó.

“De hecho, creo que tengo un sentido de independencia y confianza en mí misma de una manera que no podrían tener algunos de mis amigos cuyos padres asistieron a la universidad. Tenía algunos amigos que ni siquiera sabían lavar su ropa. En algunas formas siento como que me vi obligada a ser adulta mucho más pronto, supongo”.

 The New York Times