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Por Andrew Higgins

MTSENSK, Rusia — El Presidente Vladimir V. Putin con frecuencia se ha recreado en la majestuosidad de la cultura rusa, en particular con gigantes literarios como Ivan Turgenev, cuya mansión campirana fue renovada recientemente como un escaparate de orgullo nacional.

Pero Turgenev, un liberal inquieto y cosmopolita que murió en 1883, tenía una visión oscura de su propio País. “Nunca idealizó nada y describió la realidad que veía”, dijo Elena Levina, directora del patrimonio familiar Turgenev. “A veces esto no era bonito”.

Al interior de su mansión propiedad del Estado cerca de Mtsensk, un pueblo provinciano 320 kilómetros al sur de Moscú, la celebración de Rusia como una potencia cultural segura de sí misma se topa con los recuerdos de otro País, menos seguro de sí mismo, que luchaba por ser de Occidente.

Muchos de los libros en la biblioteca de Turgenev están en francés y alemán, dos de los siete idiomas que él conocía además del ruso.
Pinturas y dibujos recuerdan los muchos años que vivió fuera de Rusia —asistiendo a la universidad en Berlín y viviendo en el pueblo termal alemán de Baden-Baden y luego en

Francia, donde tuvo una fracasada aventura amorosa con Pauline Viardot, una cantante de ópera francesa casada.

En su ausencia, Turgenev echaba de menos su tierra natal, pero también la deploraba. “La gente rusa es floja y lenta, y no acostumbra pensar de forma independiente, ni actuar de forma congruente”, escribió en 1857 a una condesa rusa conservadora. “Pero la necesidad —¡esa gran palabra!— sacará hasta a este oso de su guarida”.

Turgenev fue muy duro al describir la vida en las aldeas alrededor de su propiedad cerca de Mtsensk.

El campesino, escribió Turgenev en “Memorias de un Cazador”, “es inclinado en figura, hosco y sospechoso en su aspecto; vive en miserables casuchas de madera de álamo, trabaja como un siervo en los campos, y no se dedica a ningún tipo de comercio, se alimenta de manera miserable y usa zapatos de rafia”.

En el debate entre los occidentalizadores y los eslavófilos que dominó a la Rusia del siglo 19 y que sigue retumbando hoy, Turgenev coincidía con quienes pensaban que Rusia pertenecía a Europa.

Pero cuando la editorial británica Penguin Books citó, sin atribución, a uno de sus personajes en una campaña publicitaria en el metro de Londres, el Ministerio de Relaciones Exteriores se quejó de la “repugnante rusofobia” inglesa.

La cita —“Aristocracia, liberalismo, progreso, principios. ¡Palabras inútiles! Un ruso no las necesita”— provenía de Yevgeny Bazarov, un rebelde nihilista en la novela “Padres e Hijos”, de Turgenev.

Lo que el Ministerio de Relaciones Exteriores llama ahora “rusofobia” fue un término acuñado en 1876 por un diplomático ruso eslavófilo para describir lo que él consideraba las opiniones demasiado críticas de los rusos sobre la patria.

La crítica de Turgenev a la ebria desorganización y dejadez de sus compatriotas exasperó tanto a Fyodor Dostoyevsky, un eslavófilo contemporáneo y dedicado, que exhortó a Turgenev a conseguir un telescopio para que viera a Rusia con más claridad y simpatía.

Turgenev estaba tan desfasado con algunas de las convenciones rusas que “nunca bebió vodka y siempre prefirió el vino”, dijo Levina. Aun así, añadió: “Fue un extraordinario escritor ruso. Eso es lo que realmente importa”.

 The New York Times