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Por Andrew Higgins

ORIOL, Rusia — Luego de 19 meses en una cárcel rusa a la espera de ser enjuiciado por “extremismo”, Dennis O. Christensen, un testigo de Jehová de Dinamarca detenido por su fe, recibió un aliento del Presidente Vladimir V. Putin a finales del año pasado.

El Presidente, hablando en el Kremlin en diciembre, declaró que procesar a gente por sus creencias religiosas era “una absoluta tontería” y tenía que acabar. Pero en vez de frenar una campaña por toda Rusia contra los testigos de Jehová, su comentario ha sido seguido por más arrestos; una condena y una sentencia de seis años de prisión para Christensen, y reportes de la tortura de creyentes detenidos en Siberia.

El abismo entre lo que dice Putin y lo que sucede en Rusia plantea una pregunta fundamental sobre la naturaleza de su mandato tras más de 18 años: ¿es realmente el líder omnipotente a quien sus críticos atacan y sus propagandistas promueven? ¿O acaso está sentado sobre un Estado que se desmorona, un sistema impulsado más por los cálculos caprichosos y a menudo sobornables de burocracias rivales y grupos de interés que por los dictados del Kremlin?

Ekaterina Schulmann, politóloga en Moscú y miembro del Consejo para la Sociedad Civil y Derechos Humanos, de Putin, dijo que se había exagerado mucho el control del Mandatario.

“Éste no es un imperio operado personalmente, sino una enorme máquina burocrática difícil de manejar con sus propias reglas y principios internos”, dijo. “Sucede una y otra vez que el Presidente dice algo, y luego sucede nada o lo contrario”.

Las fuerzas burocráticas y políticas al mismo tiempo refuerzan y debilitan su poder: los servicios de seguridad, la Iglesia Ortodoxa rusa, oligarcas multimillonarios, autoridades locales y otros.

“El sistema es disfuncional”, dijo Andrew Wood, ex Embajador británico en Moscú. “Ningún solo hombre podría controlar todo”.

Para los occidentales, acostumbrados a ver a Putin pavoneándose frente a la cámara y proyectando un aura de mando, estas declaraciones pueden sonar increíbles.

Después de que Putin llegó al poder el día último de 1999, frenó el evidente desorden y las escandalosas luchas internas que dejaron a Rusia en un estado que apenas funcionaba bajo el Gobierno de Boris Yeltsin, su frecuentemente borracho predecesor.

Pero muchos proyectos que él ha respaldado, como un crucial puente sobre el Río Amur entre Rusia y China y la construcción de una carretera entre Moscú y San Petersburgo, se han estancado.

La construcción de un centro de lanzamiento de cohetes en el Lejano Oriente ruso, impulsado por Putin como “uno de los proyectos más grandes y más ambiciosos de Rusia”, está tomando más años de los planeados, retrasado por la corrupción, huelgas de trabajadores no pagados y otros reveses.

La Fiscalía General de Moscú informa que más de 150 millones de dólares han sido robados del proyecto, que se dice ha sido afectado por 17 mil violaciones legales cometidas por más de mil personas.

Esta disparidad entre las palabras de Putin y las acciones del sistema quedó de manifiesto de nuevo en febrero cuando la Policía en Moscú arrestó bajo cargos de fraude a Michael Calvey, el fundador estadounidense de uno de los fondos de inversión más antiguos y más grandes enfocados en Rusia. Su arresto se contrapone con las repetidas declaraciones de Putin de que Rusia debe atraer a inversionistas extranjeros y evitar que las agencias de imposición de la ley se inmiscuyan en disputas de negocios.

Rusia hoy se no parece tanto al país rígidamente reglamentado gobernando por Stalin, sino más a la deteriorada autocracia de Rusia de principios del siglo 19, dijo Schulmann. El gobernante en ese entonces, el Zar Nicolás I, presidía sobre burocracias corruptas que expandieron el territorio ruso, llevaron al País a una desastrosa guerra en Crimea y llevaron a la economía hacia un estancamiento.

Nicolás sabía los límites de su poder: “No soy yo quien gobierna Rusia”, se quejó. “Son los 30 mil oficinistas”. La diferencia ahora, dijo Schulmann, es que hay más de 1.5 millones de “oficinistas” o burócratas.

“El culto a Putin en la cima de una ‘vertical de poder’ todopoderosa es un mito. No existe”, dijo Mark Galeotti, experto británico en asuntos rusos. Más bien, Putin es una “mancha gris que nos permite crear a nuestro propio Putin”, ya sea todopoderoso y maquiavélico o luchando simplemente para mantener unido a un sistema decrépito.

 The New York Times